En resumidas cuentas: Homenaje a Clío y Melpóneme


  • Mario R. Cancel-Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

A Héctor R. Feliciano Ramos, que es historiador.

Este es un tiempo extraño que hemos tratado de derivar de otro tiempo extraño. Estar aquí varado es como escudriñar los secretos de los otros a través de un minúsculo hueco, desde la secretividad que nos da el hecho de que nadie sabe que allí estamos: armando el inusual rompecabezas, atizando la fogata del yo soy, riendo sin desparpajo, elaborando al descuido la noche que se cierne sobre nosotros como un anti-héroe de novela vieja.

Hemos cruzado el umbral tantas veces sin darnos cuenta;

Hemos torcido ese mundillo barato de las agonías con tanta premura sobre la mesa;

Hemos resuelto el punto y la coma que faltaba para completar la página que se escapaba;

Hemos especulado en torno al viento y sus manías pedantes al subir las escaleras que conducen al pasillo de los archivos;

Hemos resuelto el pasado a la luz de una pobre página desvencijada y sucia;

Hemos molestado el descanso de tanta arpía, de tanto comodín, de tanto mandarín, de tantos silencios acordados tiempo ha;

Clío, Virgilio, Melpóneme

Clío, Virgilio, Melpóneme

Hemos sonreído ante el hallazgo como quien se topa con el oasis después de una larga carrera en el desierto;

Hemos reñido con el pasado como quien disputa con su sombra exaltada en una tarde tropical;

Hemos involucrado al sol con los motivos fatuos de los peces multicolores que sobrevuelan siempre la libre fruición de las conciencias;

Hemos desenredado el lío que construyen los hombres para enredar el lío que hacemos otros hombres;

Hemos pensado el cómo del cuándo dislocado que pende de las cosas;

Hemos desmadejado el hilo que tejieron las Parcas para montar el Hades bajo el hombre infinito;

Hemos visto a las Parcas armando nuestras vidas para alegrar su intenso tiempo de desvaríos;

Hemos desdicho el coño de la verdad voraz que asesina pasiones en las noches redondas que inventan los recuerdos;

Hemos sido los dioses de este pequeño sura que soslaya batallas porque teme encontrarse;

Hemos borrado páginas enteras del pasado;

Hemos moldeado el barro sutil de los pasados para hacer una historia lúcida, insulsa y muerta;

Hemos peleado los unos con los otros por comprar la versión correcta y acabada;

Hemos dicho el yo soy, yo supe, yo sabía;

Hemos dicho el sermón reiterativo, inocuo, desvencijado, sucio, que cantaron los próceres;

Hemos visto a los próceres traficando esperanzas de cartón y de olivo tras los desvelos nítidos de un mañana inconcluso;

Hemos visto el mañana fraccionado, facsímil, volar con las palomas que parten de las torres;

Hemos reptado duros tras de la abreviatura, la rúbrica torcida, la nota marginal y el garabato ignoto tantas veces, aguardando a la luz que se ha desvanecido por el cuerpo del papel como se van las tardes de verano;

Hemos corrido detrás del libro intonso, del colofón vidente, del sello del canal, de la nervura inquieta que te sorprende, del hallazgo escondido en un rincón del libro porque sabemos, que allí, dentro del cuerpo inquieto de los libros todos guardan secretos pero siempre se olvidan;

Hemos soñado con la letra historiada, con el detalle persa de la grafía florida, con la grotesca, con la letra de mano del viejo manuscrito que dice y canta y cuenta la vida de aquél que la escribió;

Hemos querido ver el alma de aquél y aquél y el otro dibujada en el templo fatal de las palabras;

Y ahora, atados a las armas, volvemos a mirar. Y todo esto es tan poco. Este es un tiempo extraño que hemos tratado de mirar al través del crisol de otro tiempo extraño. Y nos hemos mentido.

Tomado de la colección inédita Relatos y otras ignominias. Corresponde a la última ignominia.

Narradores 2010: Correr tras el viento, una metáfora de la decadencia


  • Mario R. Cancel
  • Escritor e historiador

Una introducción al thriller

Correr tras el viento es una novela que termina en el mismo lugar en que comienza o viceversa. La mejor alegoría del efecto que me deja la lectura de un texto de esta naturaleza es la del nudo que se ata y se desata infinitamente mientras observo los vericuetos de la cuerda. Quien la lea reconocerá de inmediato que el encuentro de Brad Molloy y Dolo Morales con Sven Zubriggen en Berna, escena que abre la vorágine narrativa, es una excusa para acotar la memoria y relatar el “cuento largo” o la novela…aunque sea de amor”. El hecho de que la disyuntiva del género narrativo se reitere al final del texto, ratifica el interés del autor en  un aspecto de la discusión metaliteraria que ya se ha propuesto lo mismo en sus cuentos y novelas que en su poesía. Es como si me dijera ¿y qué significa eso de lo literario hoy, después del derrumbe de la Modernidad?

La cuestión central de que los personajes se encuentran tratando de negociar con Sven un Stradivarius legendario que fue posesión de Brindis de Salas, el Paganini Negro, resulta a la larga cosmética u ornamental. En ello me parece que radica su eficacia: en la trivialidad de la reliquia ante las tormentas que azotan a los personajes. Correr tras el viento vincula esferas que algunos podrían considerar dispares: el arte y el coleccionismo que tanto apasiona lo mismo a conocedores que a diletantes, el tráfico ya no internacional sino global de drogas y armas, y el mundo refinado y atractivo del afrodisíaco ilegal Chan Su inyectado en un oneroso chocolate, asunto muy apropiado en tiempos de la viagralización de la sexualidad.

El San Juan Sour, especialidad de la empresa Chocolates, caprichos y algo más, se ha convertido en un objeto apetecible entre la elite consumidora de la ciudad. Una confusión entre el nombre del dulce gourmet y el código de una operación clandestina de tráfico de armas por drogas,  coloca al exconvicto  Brad y a su inseguro amigo Dolo, en medio de una disputa entre diversas corporaciones de postmafias que pululan por el globo en la Era Postindustrial. Por esta vía, Paco Juárez, Rico Salgado, Frank Manso, Sergei Petrov y el mencionado Sven Zubriggen, se unen a Vasco Quintana, un agente corrupto que busca pescar en río revuelto, y terminan por involucrar al nada inocente Brad y al tonto Dolo en una acción tragicómica. El macho alpha domina esta relación en la que Dolo vive, no faltaba más, el amor-odio del gatillero Hammer Muñiz. Se trata de un constante juego de engaños, falsías y traiciones parecido, por demás, lo mismo al mundo denominado real que al culebrón de la semana proyectado en hora pico. El lector se encuentra en un escenario social en que los valores que animan la vida social han sido trocados de un modo radical.

¿En dónde está la novela de amor?

El telón de fondo se urde sobre el recuerdo de varios amores frustrados: el de Brad y Aura, el de Dolo y Chicolina. Lo más patético de todo es la construcción de las amantes. Me recuerda “La muerte de la Virgen” de Caravaggio, quien usó una prostituta muerta como modelo de la Madonna. Aura y Chicolina están acostumbradas a traficar  con sus cuerpos y actúan como preseas o trofeos de los poderosos capos Paco y Frank. Incluso  esos amoríos económicamente ventajosos resultan frustrados e incómodos. Se trata de pasiones que sujetan a estas mujeres a los apetitos y los desvaríos de unos machos que las tratan como otro más de sus objetos de colección. El otro amor trágico es el de Dolo y Hammer, dos homosexuales desiguales que, entre arrumacos y agresiones, nunca completan una relación que prometía vincular al cantante de reguetón y al guardaespaldas de Paco mediante el eslabón del dinero sucio. En todos los casos se trata de una atracción animal. El amor romántico solo queda como un resabio de la memoria que todo lo altera o lo inventa. Al final, cerrado el círculo de la narración, lo que queda es la universalidad de la muerte, la igualadora. Con esta novela, La Torre Lagares cuestiona, una vez más algunos de los signos agonizantes que todavía sobreviven de la Modernidad: la Identidad, el Amor y la Estética como Salvación.

 

Unas conexiones hipotéticas

No niego que, en ocasiones, me he visto tentado a apropiar esta novela como parte de una trilogía hipotética. Ante  Historia de un dios pequeño (2000) y Gracia (2004), Correr tras el viento (2011)  parece cerrar un ciclo. Pero esa es una impresión que no me arriesgaría a defender. También puede ser la parte de una tetralogía, quien sabe. Lo cierto es que la narrativa de La Torre Lagares va en un crescendo notable cuyo modelo todavía no parece en vías de agotarse. Lo que denominé en algún momento la escritura de la violencia, todavía tiene muchos frutos que ofrecer en una sociedad que ha aprendido a vivir con ese fenómeno por necesidad mientras la celebra ritualmente en los Medios Masivos de Comunicación como un objeto de consumo exquisito. Es cierto que nacemos para consumir lo que sea al costo que sea. Pero la violencia se ha convertido en un aperitivo común en la forma de video juegos, series televisivas y los filmes que la celebran.

No se trata solo de cómo se enseñorea la violencia en estos textos. Correr tras el viento reitera ese interés en el bajo mundo, el mercado de los paraísos artificiales, el poder que ello genera, la forma en que sus tentáculos penetran las estructuras de poder  y los organismos llamados a ejecutar la justicia. Matones, gatilleros, prostitutas, esclavas sexuales pueblan está picaresca postmoderna y le dan esa riqueza peculiar que tiene el sabor de la decadencia. El efecto se consigue mediante una escritura brillante, áspera y rugosa, un tanto dura en ocasiones. Esa rudeza es la que hace que lo arrebatos poéticos del  beckettiano Brad resulten tan chocantes para sus contertulios: el contraste es casi maniqueo.

Por eso leer Correr tras el viento me produce la sensación de que estoy ante una novela gráfica o por entregas, con el sabor de un thriller bien articulado capaz de mantenerme al borde de la silla mientras miro/leo la pantalla/página.  Las transiciones de capítulo a capítulo son bien visibles y están muy bien engranados, tanto como si se tratara de una pintura. Elidio es uno de los escritores más visuales que conozco, su capacidad de sugerir una escena es obvia y, en un mercado lector acostumbrado a la imagen en movimiento, ello me parece una virtud técnica loable.

Esta, como sus otras dos novelas, ejecuta un trabajo intenso con el tema del derrumbe del mundo urbano a fines del siglo 20 y principios de 21. Como se sabe, la  presunta Identidad Puertorriqueña se apoyó desde tiempos ancestrales sobre el culto a la vida urbana. Se trató de un culato dual comprensible. Po un lado, estaba la Vieja Ciudad Murada constreñida a una Isleta. Su protagonismo es bien conocido.  Por otro lado, la  Nueva Metrópoli Inorgánica propia de la Era del Desparrame producto del Proyecto Modernizador que en Puerto Rico se asocia al Populismo y al Progresismo, dos rostros del mismo Jano, de las décadas de 1950 al 1970. La discusión se inserta casualmente en los comentarios y observaciones de ciertos personajes, sin que ello conduzca a una acusación o a una moraleja antiprogresista superficial. La Torre Lagares es un escritor social, en el mejor sentido de la palabra.

Primera parte del comentario en torno a Elidio La Torre Lagares. Correr tras el viento. San Juan: Terranova, 2011. 268págs.

Contramundos: Narración y reflexión en un libro


  • Mario R. Cancel
  • Escritor
“Cuando el sujeto y el objeto se encontraron, decidieron cambiar de identidad el uno con el otro. Así fue como salieron a sembrar  la confusión entre nosotros, una vez que cruzaron el umbral de los absolutismos”
“el signo oculto” de  Alberto Martínez Márquez

Uno de los objetivos que me propongo cada vez que Alberto publica un libro, es tratar de determinar como el autor se ha ubicado ante la materia literaria. Supongo que ello me ayudará a gustar mejor una escritura que posee muchas complejidades. El proyecto de comprenderla me ha resultado siempre ilusorio. Comprender implica justificar como naturales los actos del otro, en este caso, actos furtivos de lenguaje. Esa tarea, me parece, no tiene sentido alguno con la obra de este poeta y la de numerosos escritores de su generación.

Además, como conozco la pasión de Alberto por las poéticas y la metaliteratura, tendencia que acredito a su condición de excelente lector y crítico, hallo en su escritura una propuesta sobre la escritura que siempre representa un reto. Con Alberto es difícil hacer crítica formal: su anarquismo es imperioso y apabullante, casi un reto épico.  Cuando he comentado su poesía me he colocado en la posición del lector común. Privilegiado, eso sí, pero siempre lector. He suprimido hace mucho el afán totalitario de ubicarlo en una jerarquía o una tradición, o de clasificar el producto que ha llegado a mis manos.

 

Alberto Martínez Márquez

Historia de una lectura

Cuando abrí Contramundos (2010) me di cuenta de inmediato de una de las claves de su propuesta: la idea que traducimos campechanamente en el principio de que la realidad es cuestionable. El texto “La mujer aquí a mi lado se llama Thérèse”  (15) confirma lo que digo. El breve tbre la selección “Sierpe tomada” que se ubica en el 1990. Apropia la bizarra duplicidad imaginaria de la sensual Thérèse  / Teresa y deja al lector con la duda respecto a quién se llama en realidad de ese modo. La incertidumbre hace su aparición.

Claro que se trata de un planteamiento gnoseológico que se ha hecho común en occidente desde fines del siglo 19. Esa desconfianza con el saber, que es desconfianza respecto a la realidad y su constitución, ha sido la nota dominante de la filosofía, el pensamiento social, la historiografía y la estética occidental de los últimos 130 años. Su longevidad no la ha hecho menos impresionante. Los nudos autoritarios de la Razón y la Ciencia -en la Literatura se trata de la Tradición Moderna– todavía hacen acto de presencia cada vez que se plantea la incertidumbre como una opción para articular una visión de mundo.

Si a ello se añade la emoción con que Alberto enfrenta su propia mirada y lo mirado, se completa el cuadro de una poética compleja. Su ironía imperiosa, desemboca a veces en la sátira pura: el motivo de la revolución gnoseológica el relato aludido, es una lectora de novela rosa. Me da la impresión de que el lema de Raymond Carver (9) es un pretexto útil para comprender la proposición: Alberto mira la materia narrativa que otros ignoran y dejan fuera. En “Después de la lluvia” (2006-2009), el texto “los poetas no escriben buenos cuentos” (59)  marca la irónica venganza del autor contra aquella postura pero también contra sí mismo. Alguna vez Alberto me contó esa anécdota libre de la poeticidad que tiene ahora: entonces tenía la  poeticidad que el vino ofrece a la oralidad. Olvidé el nombre del escritor autoritario. En aquel entonces, como ahora,  ni a Alberto ni a mí,  nos importaba un rábano el poder de la tradición.

Toda la magia de esta colección radica en la forma en que Alberto apropia el problema de la realidad y su frontera con la irrealidad. Contramundos es algo así como una carcajada que intercambia la una por la otra y que ya no ve en el Realismo un opuesto porque lo ha diluido en el Irrealismo.

Como se escribe un libro de este tipo

Imagino a Alberto, aureolado, brillante, levitando ante el panel del mundo, de la realidad. Bueno, esa es una exageración, pero el efecto es el mismo: desde su elevación  lo domina todo como un dios pecaminoso e intransigente. Entonces mira la realidad, eso que está en el canvas de la Naturaleza en donde se juegan  la existencia los Seres organizados en Sociedad. Se trata de un caos impresionante. El rostro de satisfacción de Alberto con lo que ve, me parece otra clave.

Contramundos (Isla Negra, 2010)

Un escritor racional adoptaría la actitud kantiana ante el Caos: se reconocería como Sujeto Cognoscente y entraría en relación con todo aquello, confiado en que se trata de un Objeto Cognoscible. Inmanuel Kant decía que el Sujeto Cognoscente no puede conocer la cosa en sí o en su esencialidad. El conocimiento nunca dejaba de ser una percepción de las cosas en su fluencia, un pretexto o un borrador. Por eso hablaba de que todo conocimiento era para sí o relativo al Sujeto Cognoscente,  con lo que a la vez que abría paso al Relativismo Gnoseológico. Como David Hume, reconocía que Saber no podía confundirse con la apropiación de algo que está allí esperando ser descubierto. El Saber no es más que una construcción de la mente. La fina ironía detrás de ese relato es que una vez se ordena el Caos y se le da Estructura con el fin de hacerlo Comprensible, a ese acto se denomina Ciencia o Filosofía. Al arribar a ese nivel, se concluye por creer que el Orden atribuido es la realidad.

Alberto llega a un lugar diferente. No ve en la Naturaleza y la Sociedad un Objeto Cognoscible. Eso sería simplificarlo. Acepta el Caos y se fija en una serie de locaciones que nadie, sino él, miraría pero no las Ordena ni las Estructura, las deja tal cual y se acomoda ante su canvas para mirar, cito a Carver, “las cosas que dejamos fuera” de la narración y que son “sustrato de todas las cosas” ya sea una pelirroja que muerde (48) o un argentino jaiba (62). La causalidad y el determinismo quedan exiliados del juego: la muerte del poeta de “poética” (23) es una casualidad genial, una ironía grácil de la inestable Fortuna.

Por último, y como para culminar su juego, Alberto comete un acto subversivo. Él mismo lo acredita en la cita apócrifa de Schumann a un texto de Kant (40). El “objeto” (Cognoscible) tiene en este libro la palabra. Su discapacidad para mirar y su condena a ser mirado ha sido quebrada. El Caos tiene la palabra. Creo que el objetivo que me propuse al comenzar esta reflexión está cumplido. Ahora puedo leer Contramundos con calma.

Disquisiciones de año nuevo para escritores noveles II


  • Mario R. Cancel
  • Escritor

III: Atardecer

Entonces te gustaría que te mencionaran con reverencia por todas partes. Que tu nombre resonara como un eco sugerente del momento en que la tertulia  de La Bombonera descorcha una botella, y otra botella y otra botella…Que te trataran como a un García Márquez, un Vargas Llosa, o una Isabel Allende. Acaso como a un López  Nieves, un Laguerre, o una Esmeralda Santiago. Podría ser, pero no sucede con regularidad. Incluso, estarías dispuesto a transar porque te tratarán como a un Rodríguez Juliá o un Luis Rafael Sánchez aunque resultará mucho  más incómodo porque se trata de dos duros, dos duros de verdad: te lo han asegurado, no es fácil ser un duro. La Cultura Postmoderna es una máscara blanda, fluida y desechable, desechable.

Entonces soñarás con la difusión internacional de la obra, hecho que  se confunde con la propaganda obstinada. Piensas que si envías una nota digital sobre la magnitud de tu obra diez veces al mismo destinatario,  terminará fijándose en ti y se rendirá a tus pies. Imaginas que si  un panita cliquea  Me gusta en Facebook,  otra gente hará lo mismo y le gustará: la gente de la Era Global es mimética. Si muchos cliquean  Me gusta, otros lo cliquearán para equipararse al primero: confías en el efecto dominó, en el absurdo de la moda. Quizá nunca leerán tu libro pero al menos habrán testimoniado que les gustó.

Entonces recurrirás al turismo cultural. Nadie te invitará a hablar de tu libro fuera de los amigos más íntimos en tu país. La Gira de Prensa de tu editor incluirá un viajecito a una república vecina cuyos gastos de tercera clase pagarás tú mismo. Te pesará en la tarjeta de crédito, pero el ego vale la pena, se siente levísimo.  Nadie te reconocerá cuando vayas por una calle de la Capital o la Ciudad extranjera que visites, pero la anonimia y la fama se confunden en esta Era Global en que todo se vale. Podrás pagar para te incluyan en una antología internacional de encargo y te darán veinte ejemplares del volumen a vuelta de correo. E incluso podrás leer poemas en Machu Picchu muy cerca del cielo andino, o en las Islas Galápagos, tras la cola de Darwin y mirando las primitivas tortugas.

Escribir

IV: Nocturno

Al final de tu día / vida, si no te erigen un monumento por lo menos podrás alardear de poseer  un gravatar en Facebook… o un avatar en Yahoo o en Wii. Acabarás pensando que te representa y que, en efecto, hasta se parecerá a ti. Lo verás como un homenaje inmerecido y merecido a la vez: estos son tiempos de incertidumbre, lo sabes Mario. Entonces podrás hacer lo que quieras: la Postmodernidad es un chance para la Libertad. Ya lo sabes todo: lo importante es el Mercado. Si el Mercado decide qué es un buen libro por la estadística de ventas, ya no tienes que hacer un libro bueno sino uno que se venda. Cuando se venda será bueno. Ya los sabes, vivimos tiempos de incertidumbre. La Mano Secreta de Adam Smith se ha develado: el viejo tenía razón. No, no se trata de Dios, ni de la Razón, ni de la Naturaleza: es el Mercado.

Bostezarás y te sentirás viejo. Tu avatar no, nunca envejecerá. Te tomarás un trago tranquilizador: tu avatar acabará la botella. Alguna ventaja representa. Al fin podrás conversar con tu doppelganger y no lo verás como una ser oscuro u otro, sino como si fueras tú mismo fuera de ti, desdoblado. Lo/te buscarás entre tus/sus posesiones sin poder encontrarlo. Dudarás de su/tu existencia. Incluso dudarás de que tú seas tú. El impostor te habrá tomado. Te sustituirá donde tengas que ir a la Gira de Prensa cuando publiques tu próximo libro. Mientras, el que se quedó atrás descansará o leerá algún texto inútil en su/tu Reader.

Mario, tú que eres un académico. Oye, lo que te voy a decir: todos los lugares son aptos para hablar de literatura y de libros: la universidad tal vez no. Resígnate: lo único que te hace escritor es escribir. Espera otra vez tu turno al bate.

Este escrito ha terminado…

Disquisiciones de año nuevo para escritores noveles I


  • Mario R. Cancel
  • Escritor

I: Temprano en la mañana

Claro que te lo dije Mario. Hace tiempo ingresamos a la Era Global. La Cultura Postmoderna es una máscara inmensa, inmensa. Los Medios Masivos de Comunicación  controlan la balanza del bien y del mal. La dirección hacia donde tiende la  misma es indistinta: son tiempos de Incertidumbre. Resulta paradójico: un analista político se ha convertido en una autoridad respetable, casi sacerdotal. Vale tanto como la de un Astrólogo en la época de la Nueva Era.

Para los escritores la situación resulta inédita. Cada vez resulta más fácil publicar un libro. Estamos en la Era del Libro a la Carta: lo quieres de este tamaño, con tantas páginas y en esta cantidad: se puede. Lo deseas producir hard o soft,  en este medio o en aquel otro o tal vez artesanal: se puede. Si lo deseas será en Combo y Agrandado, también.  El editor te preparará una Gira de Prensa que siempre llegará a las puertas de La Revista de El Nuevo Día y en perfecto rebote golpeará las de Cultura Viva. Allí deberás elaborar tus ruegos y aguardar que la Dama de las Dolencias  te mencione o a que te inviten de buen grado a conversar ante las cámaras de un programa que casi nadie ve en la televisora del gobierno. La regla es aceptar todo lo que digan de tu libro aunque no hablen de tu libro. Hay que tener babilla, resistencia o el cuero duro.

Mario es increíble. Cambian los partidos de gobierno, los administradores de la cultura, los ejecutivos del corifeo de las academias pero eso no cambia.  A veces, si te gusta, te animarás a un segundo esfuerzo. Todo ello, bien articulado, te abre las puertas de la inmortalidad…

Diálogo imposible

II: Mediodía

Pero la Inmortalidad también ha sido inseminada por la Era Global. La Cultura Postmoderna es una máscara fugaz, muy fugaz. La inmortalidad dura más o menos cuatro semanas: lo dicen las letras pequeñas de la marca manufacturada ahora en China. Ese periodo de tiempo será suficiente para que termine la Gira de Prensa que planeó tu editor. No habrá sido fácil: la misma se realizará  tras de múltiples súplicas incoherentes y llamadas de atención. Recuerda que no eres Calle 13 ni Tito Kajak .  Tampoco eres el Chuchin ni la Gárgola de Guánica. Siempre te quedarás con hambre de más.

Pero también es el tiempo suficiente para que todos los pocos, poquísimos, que estén dispuestos a reconocer tu obra, celebren la misma como la mayor proeza jamás leída. Incluso tal vez decidan, dadas las condiciones mistéricas envidiables de la no-lectura, archivarlo en un rincón inhóspito del anaquel de la biblioteca sin haberlo leído. La lógica de la Era Global es atroz: un libro no-leído siempre será perfecto, lo crucial es comprarlo. Como ya no hay libros intonsos, nadie sospechará jamás que los que vociferan las virtudes de la Opera Prima, celebran lo que ignoran  cuando hablan de ti. Puede parece patético pero a nadie extrañaría el episodio. La escritura y la lectura son un acto de fe seamos Modernos o Postmodernos. Pero es que lo mismo han hecho con dios y el big ban, a quién le importa. En el mejor de los casos acabará tu obra en  una caja innominada depositada en el closet más oscuro. Las Bibliotecas son demasiado Modernas para ser Postmodernas.  Estos son tiempos de incertidumbre.

Esas cuatro semanas más o menos será el tiempo suficiente para que tú evoluciones de autor satisfecho y genio envidiado por todos los pares, a ser preterido por la ralea literaria que tú presumes te envidia la originalidad. Incluso te sentirás en condiciones de pelear con tu editor. Pero pronto regresarás a la banca y aguardarás por un nuevo turno al bate cuando alguien te haga la más mínima seña.

Este escrito continuará…

Narradoras 2010 : Marta Aponte Alsina, una defensa de El fantasma de las cosas


  • Marta Aponte Alsina
  • Escritora

¿Será posible defender un libro? Los ejemplos históricos abundan, desde el “donoso y grande escrutinio” del cura y el barbero en el Quijote, hasta la disección en los tribunales de los efectos excitantes del Ulises de Joyce. A juzgar por estas pruebas del santo oficio de los canonizadores, un texto era culpable mientras no se probara su inocencia. Más que posible, la defensa era asunto de  vida o muerte. Hoy son otras las circunstancias, para bien y para mal. Por lo general los libros no despiertan grandes pasiones legales. Sin embargo, es común que un autor se vea llamado a hablar sobre lo que escribe, y que su opinión se tome como evidencia de su derecho a la palabra o de la invalidez de ese derecho.

Propongo que de todas las maneras de hablar sobre un escrito propio la más parecida a la escritura de ficciones, en la tradición de aquellos juicios memorables que alteraron a fuego y baba las fronteras del canon, es la defensa de tesis, en particular la defensa de una tesis en el campo de la “escritura creativa”. Para mí que la defensa es un género literario. Al igual que las ficciones, miente, porque corrobora un grado  de aprovechamiento a la luz de un punto de partida dudoso: que escribir se reduce a la aplicación eficaz de unas reglas. Quien escribe sabe que esa es otra ficción, tan poderosa que se ha constituido en guía de algunos lectores y de no pocos críticos.

El fantasma de las cosas (Terranova, 2010)

Ya, empecé mal, esto es una defensa, no la crítica de cierta crítica. Así que a defender se ha dicho. Podría decir, para empezar, que de un tiempo a esta parte he sentido unas ganas insanas de defender un libro, seguramente por mezquina envidia a tantos queridos amigos y amigas que he visto desempeñarse con gracia en esas lides. A ellos les dedico este simulacro de defensa.

Podría seguir diciendo que El fantasma es un divertimento, una obrita caprichosa, y así disimular las debilidades del texto e invocar la piedad de los jueces, si no fuera porque toda ficción es, en cierto sentido, un divertimento, un desvío. En la literatura hay un grado de malignidad, porque a diferencia de la vida misma,  con sus habituales estupideces y escasas iluminaciones, pretende dar forma y fijeza a la experiencia. Es un desvío ilusorio de la verdad atroz de que nada permanece, de que nada trasciende ante la muerte y la corrosión del tiempo. Si cobrar conciencia del presente es condición de la sabiduría, quien escribe está condenado a la ceguera, porque siempre estará atrasado, desconectado del presente.

Mientras pensaba en la preparación de esta defensa leí unas líneas sobre el vacío que existe entre la experiencia y la palabra.  Uy, todo esto es tan hermético, recuerda que la defensa es un género transparente. Además eso lo saben ya los lectores. Alguno quizás no lo sepa y dice que lee para matar el tiempo, lo que no deja de dar gracia, porque el tiempo es el único asesino infalible. Saben también que hay otro abismo: el que separa el tiempo de la escritura del tiempo de la lectura. Es chocante que la palabra escrita sobre una superficie inerte sea capaz de desencadenar sensaciones en el lector, pero más desconcertante es el hecho de que esas sensaciones no las experimentará la persona ausente, la que figura como autora de las palabras. El corolario de tamaño descubrimiento me lo regaló una amiga de lujo, Ana Lydia Vega. La citaré con su permiso, y exonerándola de los disparates que seguramente pronunciaré en el transcurso de esta defensa: “Escribir es lo contrario de explicar… Entre la intención del autor y la recepción del lector hay un abismo infranqueable. Tal vez resultaría mejor hablar de las circunstancias que rodean la creación de la obra…”.

Lo sano, entonces, es que en la defensa de una tesis, o de un libro, la autora se desdoble en cronista del proceso que concluyó en el libro sin ofender a los lectores con interpretaciones que de todos modos son imposibles para ella, habida cuenta del abismo -mortal, como los precipicios andinos que describe otra amiga de lujo, Beatriz Navia- que separa a la escritura de la lectura. En todo caso, digamos que la autora sí está autorizada a hablar de las circunstancias atenuantes, sin que le pase por la mente justificarse. A eso voy.

Henry James llamaba dato positivo, cuando no pepita de oro y germen, al registro más antiguo del origen de un texto en la memoria del autor. El dato más antiguo de El fantasma es un personaje que un padre le regala a su hija. Muerto el padre, la mujer trata de escribir un cuento a la medida de ese personaje. Logra juntar materiales pero no puede cerrar una trama. El personaje es un músico que busca una nota, en sentido literal y también estupefaciente, pues esa nota trae las posibilidades de destruir su arte mezquino. Para que el arte sea verdadero tiene que vibrar, no puede ser frío, mármol, piedra. La mujer cree que ese es el móvil de su personaje, pero no sabe transferir su certeza a una historia que transcurra y muera en el tiempo. La mujer ha estado loca, pero ante las nuevas definiciones del Diagnostic and Statistical Manual of Mental Health su locura es bastante mediocre. Aparte de una temporada en MEPSI, ha pasado la vida dedicándose a muchos oficios menores. Su casa es su continente. Acumula. Remienda. Es una escritora remendona, cree que todo le sirve para contar, pero cuando intenta dar forma al cuento del padre, tropieza. Su virtud, que igualmente puede ser una patología, remite a la obsesión, a la insistencia en contar algo que no se deja contar.

Hasta ahí la pepita de James, el primer impulso, el reconocimiento de algo que puede dar  pie a una historia. A partir de ese momento exuberante se agua la fiesta, por una inclinación personal que jamás revelaría yo en una defensa de tesis: la imposibilidad de cerrar la puerta. Para contar la historia de esa mujer que cuenta la búsqueda del músico no bastaba contarlos ni a ella ni a él. Sus historias atraían otras historias. Formaban parte de una constelación de historias. No se dejaban contar solas.

Así, que además de la cuentista inédita, en esta novela hay un cineasta hindú del cine global y una actriz australiana que se siente seducida por todo lo que ella no es, porque a pesar de su calibre de estrella está cansada de representar siempre los mismos tipos.

¿Te atreverías a hablar del mito si esta fuera una defensa de tesis? ¿Te atreverías a hablar de estructuras arcaicas cuando estamos en el umbral de una mutación de la especie, dictada por las prótesis y extensiones con que los humanos hemos sustituido a los cuerpos naturales? No hay nada más actual que el mito, dirías si esta fuera una defensa de tesis, y no te costara más remedio. El mito es la forma que asume la realidad cuando se pierden los sistemas muy estrechos, muy racionalistas. ¿Dónde leí esto? Ni idea, pero el cineasta de esta novelita quiere filmar una escena cosmogónica, el nacimiento de la luna, y para eso se vale de varios elementos: la mitología de los nómadas australianos y la improvisación de sus actores en el marco de un performance con fondo musical. Esos elementos, el nomadismo y la improvisación musical, también forman parte de los materiales de la mujer que cuenta la historia del músico.

Leíste que en las formas de vida de ciertos grupos nómadas existe la práctica de recrear el universo con los pies. Se dice que la superficie del desierto australiano está cruzada por pentagramas imaginarios. En la superficie monótona e interminable del desierto no son evidentes las diferencias que sí reconoce el cantor nómada cuando va de un lugar a otro relatando las historias del clan, y de paso se detiene en las formaciones que marcan hitos en el desierto. Cada cantor posee una línea del pentagrama, es decir, un fragmento del territorio. Es el dueño pasajero de ese paraje; posee una escritura sin papel. Los fragmentos se conectan y entre esas líneas encadenadas hay intercambios. Para moverse, el caminante necesita la línea de otro cantor. En principio las líneas abarcan todo el planeta, y como se confían a la memoria y a un deambular que es siempre un proceso aleatorio, las rutas no tienen fin, ni son jamás iguales. Cada vez que se cantan el mundo vuelve a sus orígenes y también cambia. Se ha llamado a esas rutas songlines, o líneas cantadas.

Me fascina la imagen del canto y del cuento como mensuras de la tierra. La idea de un pensamiento que entre por los pies y se escriba en líneas cantadas cautiva más cuando se descubre que el reconocimiento de la capacidad humana para percibir la musicalidad de las cosas se produce tanto en las investigaciones de los estudiosos del cerebro y la conciencia como en la teoría propuesta por algunos físicos en el sentido de que el universo se compone de cuerdas vibrantes, sonoras.

En una defensa, volvería a valerme de otro concepto inventado por Henry James: el móvil o principio organizador del relato. Ni interpreto ni me justifico. Pero si se me permite, diría que este libro representa la intención de conectar líneas o historias distantes. Hasta cierto punto, has definido lo que es una novela, salta el director de tesis que no tuve. Una historia siempre evoca otras historias. Eso se llama  intertextualidad. Las historias escritas o contadas hacen referencia a otras historias. Las historias están hechas de historias. Hay afinidades y resistencias entre esas historias, como puede haber afinidades y resistencias en una serie de sonidos, entre colores, o entre palabras. En esas afinidades y resistencias se basaba la magia. De esas afinidades se nutrieron los románticos y los simbolistas. Pero cuando las historias no están hechas, sino que se van haciendo sobre la marcha, el reto está en juntar los objetos que se van encontrando y en relacionarlos o remendarlos. Crees que eso quisiste hacer en esta novelita, ver hasta dónde llegaba la máxima extensión posible sin perder la forma del relato. La confluencia de opuestos empeñados en desafiar al destino. Espacios históricos: Harlem, espacios anti-históricos: una isla secreta. Espacios desiguales y homólogos. Una casa. Un continente. Una caja de cereal. El ir y venir sobre las fronteras que separan las historias.

Hay riesgos en pensar que para contar una historia es necesario asociarla con el caudal de historias que han sido siempre. Es un riesgo porque parece una locura, y en una defensa de tesis jamás mencionaría la palabra riesgo. Todo tiene que estar bien peinadito, premeditado, cada jota con su punto. Sin embargo, insistes en que no hay principios ni finales en el flujo de las historias, pero no lo digas.

En El fantasma está el deseo de contar historias y también la imposibilidad de contarlas, porque en el fondo hay una obsesión contra los finales, contra la forma en que los finales imponen un cierre, por más abiertos que pretendan ser. Y sin finales y comienzos son imposibles las historias.

Hacia dónde fluyen esas líneas. Pueden fluir de izquierda a derecha, pero también en otras direcciones. La ficción puede fluir sin coordenadas espaciales empíricas, hacia arriba, hacia abajo, con otra noción  del tiempo.

Siento que este sube y baja pone en peligro mi defensa. A quién carajo le interesan estas historias sobre el montaje de una historia, que acaso ya vieron agotados sus modelos literarios y cinematográficos. Si intuyes cómo se arma una trama ¿por qué no lo haces, no estás leyendo novelas hace medio siglo? ¿Te atreverás a decir que sólo un aliento apabullante y una sensibilidad de mil ojos serían capaces no ya de igualar las grandes novelas densas, con sus capas de personajes, ambientes, tramas y subtramas y sobre todo esa sabiduría que no pueden replicar sus herederas? Sabes que ese aliento no figura en tu limitado repertorio de talentos. Uy, qué negativa, no digas eso, porque imposibles, lo que se dice imposibles, no hay en una defensa.

Recapitula.  ¿No es una novela precisamente una constelación de historias, un contrapunto de líneas? ¿No se construye una novela con desvíos, paralelismos, repeticiones y omisiones? Para prolongar las metáforas mortuorias, El fantasma podría ser el zas de una novela. En la novela corta, aparecen las esencias que tanto le deben a las estructuras musicales; los patrones y el ritmo; el tema con variaciones. Eso sí, falta la carne, las jerarquías causales, los tejidos conectivos. ¿Valdrá la pena decir que esta novelita fue producto de un taller sobre el género de la novela corta? No se te ocurra, todo lo anterior suena a justificación.

¿Te atreverás a decir que la escala de las grandes novelas es por lo general la de la historia de una familia, o de varias familias, felices o infelices, y de las relaciones de estas familias con una comunidad? ¿Te atreverás a insinuar que la trama de esta novelita quiso visitar otras comunidades, vistas en otra escala? Podrías decir que esta trama se teje en una escala de 1 en 1000. Lo que se ve a cierta distancia es pequeño, difuso, variable. Esas ciertas o inciertas distancias son ya las nuestras, las de la frecuencia y la velocidad de nuestro mundo. Esas distancias se parecen a los mundos posibles intergalácticos donde habitaban los fantasmas del espiritismo ilustrado. Entre una infinidad de cosas, un fantasma es algo que se mueve tan rápido que apenas deja ver el celaje. ¿Cómo escribir de otro modo en la época de las comunidades cibernéticas? Ya, pobrecita, frena, compórtate, te acercas, de nuevo, al terreno patético de la justificación.

Bueno, allá tú con tus fantasmas neo-ancestrales, pero ¿por qué escribir sobre actrices australianas y australianos argentinos y sobre Adolfito y Borges habiendo tanto que contar aquí, ahora? me dispara aburrida la benévola tía lectora que no tengo. Ante eso el silencioso decoro de la defensa académica. Creo que su pregunta no es precisa, o que quiere decir otra cosa. No puedo contestar su pregunta si no la entiendo. Quizás lo que quiere decir es: ¿por qué escribes sobre lo que no conoces? ¿Me atreveré a decirle que precisamente porque no lo conozco? ¿Me atreveré a decir que para divertirme, es decir, para desviarme de mí? La literatura es inútil y engañosa. Pero la literatura tiene que ver con el éxtasis. ¿Me atreveré a decir que por deseo de no ser yo? ¿Me atreveré a decir, remedando y remendando a Edward Said, que esa escritura se empeña en estar donde no la llaman, en escribir en contrapunto con lo que no entiende, porque ella es así; porque las historias propias sólo se le descubren a la luz de las historias ajenas? ¿Me atreveré a decir que no sé?

Durante los preparativos de la defensa encontré una cita cuyo origen ya se desvaneció en mi memoria inmediata. Hablaba del siguiente contraste. A medida que el autor escribe y publica, olvida. Escribir es cicatrizar. Apenas queda ese minúsculo dato positivo. Si escribir sirviera para algo sería para ilustrar ese proceso de la cura que tiene que ver con transformar la herida en algo distinto de la herida. Se escribe no tanto para exhibir heridas como para mostrar qué se hizo con ellas. Un don inútil en sí, pero ejemplar en la demostración de una búsqueda.

Volviendo al plan de la defensa, ¿no te han dicho siempre que hay que pensar en los lectores? Como si publicar no fuera pensar en los lectores. Como si los lectores no supieran más que tú. Este piropo sí puedes incluirlo en tu defensa. Son los lectores quienes deciden si ese proceso les dice algo, si tu tanteo les provoca. Cuántas cosas se publican que no debieron publicarse nunca, sin pensar si merecían el interés del otro. Demasiadas, siempre, pero equiparables en número, estás segura, a las que permanecieron inéditas.

Una palabra más sobre los fantasmas. Un amigo joven, que es matemático y hare krishna -oscura esa relación, algo patológica pues reconoce el dogmatismo y los haberes infames de la secta- quería ser monje, pero no le llegaba la gracia. Su frustración lo llevó a un paso del suicidio. No se suicidó porque tuvo la ocurrencia de consultar a sus maestros. Según ellos los fantasmas de los suicidas tienen una existencia inquieta. No se dan cuenta de lo que son y sufren por la incapacidad de comunicarse y hacerse sentir. Hay suicidas conscientes y de esos no hablaba mi amigo, pero un suicida irreflexivo sufre más allá de la muerte el enorme deseo insatisfecho de comunicación que lo llevó al suicidio. Los libros también son fantasmas: hijos de la esperanza, amigables o amargados, reflejos de un zas entre la consciencia y el olvido, anhelantes.

Ya, termina ya. Has dicho lo que puedes decir y hasta te has excedido en tus prerrogativas de escritora. Aunque pensándolo bien, una observación adicional podría acumularte unos puntitos.

El ritual de las líneas cantadas es también un performance. Quizás sólo las artes performeras tienen en sí todas las claves: el tiempo del artista y el tiempo del espectador coinciden. Me contaba Marithelma Costa, otra amiga de lujo, acerca de la presentación de  Marina Abramovic en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Miles de personas se enfrentaron cara a cara con esa mujer impasible. En esa cara se reflejaron miles de caras humanas en toda su conmovedora y horrenda repetición. ¿Será posible desear encuentros semejantes entre las caras lectoras y la cara del libro?  ¿Y si la cara impasible del libro estuviera condenada al moho, a la polilla, al desamor?

¿Te atreverás a decir eso en tu defensa? ¿Insistirás en la inutilidad de la escritura? ¿Mutarás la defensa en ese otro género mendaz, la despedida de duelo? No, porque la muerte de este libro es la posibilidad de otros. Una palabra lleva a otra, siempre hay otra, siempre hay más. Entonces debes hacer lo inevitable: agradecer a los presentes y rendirte. Eso.

Tomado de Angélica furiosa con permiso de la autora.

Escribir en Puerto Rico: Reflexión sobre la(s) literatura(s) presente(s) (IV-V)


  • Mario R. Cancel
  • Escritor y profesor universitario

IV. Toda escritura es la evaluación que hace un autor concreto de su situación en un contexto dado. Foucault decía que “el autor es quien da al inquietante lenguaje de la ficción, sus nudos de coherencia, su inserción en lo real” (Foucault, 2002, 31). Cuando la escritura se hace pública, corresponde a lector completar el sentido de la misma. El autor articula su discurso sobre la base de su vida personal siempre. Ello sirve para comprender la fragilidad de la imagen producida por la escritura. También explica la diversidad de las interpretaciones tanto entre los productores, como entre los consumidores de productos culturales. El reconocimiento del carácter individual de la escritura / lectura me parece crucial.

La escritura literaria del 1960 y el 1970 negó numerosas versiones del pasado que consideró caducas. También elaboró propuestas alternas para el futuro que soñó. En el fondo, lo que sucedió fue que una visión unitaria del pasado y del futuro fue sustituida por otra. Se trataba de tiempos dominados por un radicalismo político que confió en la rebelión del 1968 contra el autoritarismo. La escritura de 1990 ha ido a un más allá que molesta a muchos. Ha abolido la posibilidad de cualquier visión unitaria del pasado y del futuro. La abolición se confirma al considerar esas imágenes como meros discursos. La idea de que la historia no tiene un centro “alrededor del cual se reunieran y ordenaran los acontecimientos” (Vattimo, 1998, 74) es hoy considerada válida. La actitud ante la escritura y la actitud ante el mundo son distintas. El atractivo que tenía presumir un “orden” se ha transformado ahora en el placer que reporta asumir el “caos”. Pero el “caos” no tiene estructura posible y nunca se parece a sí mismo. Por ello la heterogeneidad se ha convertido en el sello distintivo de estos escritores.

V. Los escritores inventan una metáfora del mundo, su propia mentira, y asumen la condición de autor a sabiendas del choque que generarán con los que les antecedieron. La escritura literaria es el espacio en que organizan una imagen individual del mundo. Escribir literatura es una forma de teorizar. Lo que sucede es que el concepto teorizar está lleno de equívocos. Conozco escritores que rechazan la teoría porque no identifican la escritura creativa con ese concepto tan fácil de asociar a la filosofía.

Rosario_FerreTeorizar significa producir un conocimiento especulativo al margen de una aplicación concreta. La literatura, como la teoría, presume sistemas de relaciones entre diversos componentes, a la vez que acepta el carácter casual o azaroso de las mismas. La confiabilidad de las explicaciones teóricas, como la literatura, depende de la coherencia que muestran. Esa coherencia es producto del buen manejo del lenguaje y del atractivo de su contenido. Pero la coherencia es tan relativa como el espacio y el tiempo en la física de Einstein. En ello radica la riqueza de la teoría y la riqueza de la literatura: en su contingencia.

Escribir literatura significa reflexionar y teorizar sobre el acto literario. El autor es, como ha dicho Foucault, quien le da ese orden inseguro a lo que escribe. En ese sentido, la literatura siempre tiene un componente metaliterario que testimonia la idea que tiene el autor de la literatura. La praxis literaria, escribir, es el medio idóneo para reflexionar sobre la escritura. La premisa de que se han demolido las fronteras entre una serie de géneros antes considerados distantes está sobre el tapete. Las teorías de discurso han conducido a muchos a apropiar la literatura como un discurso teórico sin más, al igual que la historia o la filosofía.

La reflexión metaliteraria fue uno de los mayores aportes de los escritores del 1960 y el 1970. Sobre esa base produjeron una nueva literatura de proyección hispanoamericana. La colección Papeles de Pandora (1976) de Rosario Ferré, incluyó narrativa y poesía vanguardista y, de pasó, su publicación en México habló bien de la literatura puertorriqueña en el plano internacional. En aquel libro había un cuestionamiento a la escritura tal y como se había practicado hasta aquel momento. La impresión que ello dejó es ampliamente conocida.

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