Narradores 2010: Simone de Eduardo Lalo, apuntes para una lectura


Eduardo Lalo. Simone (2013). Buenos  Aires: Corregidor. Colección Archipiélago Caribe. 202 págs.

 

La historia

Una primera lectura de Simone de Eduardo Lalo, novela reconocida con el Premio Rómulo Gallegos recientemente, deja al lector con una poco común y elusiva historia de amor. Un escritor puertorriqueño, habitante anónimo de una ciudad desparramada que no lo ve, comienza a recibir mensajes anónimos sugerentes. El autor(a) de los recados es toda una incógnita: el escritor no está seguro de que se trate de un hombre o una mujer pero la escritura por sí sola conduce a quien se enfrenta a la narración, a aceptar que el escritor se está “enamorando” de esa palabra/voz asexuada.

Cuando la cuestión del género se aclara, la palabra/voz se identifica primero con la pensadora francesa Simone Weil (1909-1943). Esto no es más que un preámbulo para que, al cabo, la palabra/voz sufra otra metamorfosis y se materialice en la figura de Li Chao. El proceso de aclaración del misterio representa una curiosa manifestación de lo que veo como un acto de licantropía postmoderna. Li Chao no es sino una ignorada dependienta de otro de los numerosos restaurantes chinos de comida rápida comunes en la zona metropolitana y en el resto del país.

Eduardo Lalo

Eduardo Lalo

La imagen de Weil, la histórica y trágica intelectual, traduce una serie de valores colapsados desde hace tiempo. La época del Imperialismo Europeo y su secuela más significativa, la Gran Guerra, estimularon un sueño de la redención histórico-social a principios del siglo 20 de la mano del socialismo. Sin embargo la conflictividad que produjo la Revolución Bolchevique de 1917 entre los socialistas de todo el mundo, el subsecuente deslinde de campos entre socialistas y comunistas, que era casi como decir entre europeos y eslavos,  y sobre todo las luchas de fidelidades que promovió el reclamo de fidelidad al sovietismo que trataba de imponerse a los ideólogos comprometidos de todo el mundo, fueron la marca distintiva del periodo entre guerras.

La conexión china de Weil, un tema que me parece crucial para esta novela, se remonta a un comentario de Simone de Beauvoir sobre la pensadora franco judía y la sorpresa que le produjo un acto de solidaridad emocional de Weil ante la noticia de los estragos de una hambruna en China. Al cabo de su vida, Weil se ocupaba más de los problemas filosóficos que derivaban de la diferencia entre el trabajo intelectual y el trabajo manual, de la relación entre religión y socialismo que de otros asuntos políticos que podrían parecer más de acuerdo con la lucha de clases. Weil había sido contertulia de Lev Trotsky, uno de los primeros críticos serios del  marxismo leninismo desde el interior de la teoría marxista leninista.  Es curioso que eso mismos temas habían llamado la atención de los teóricos rusos de Revolución de 1917, en especial Anatoly Lunacharsky, sin que pudiese encontrar una solución plausible para los mismos. La relaciones entre la estética y el comunismo fueron tan agrias como las de la estética y el capital que la novela delata con tanta precisión.

La selección de pretextos de Lalo representa un reto de lectura por el hecho de que se apoya y toma posesión de una serie de debates olvidados y que hoy se imaginan ubicados en unos márgenes inaprensibles.  En Li Chao se concreta la contradicción entre trabajo intelectual y trabajo manual con diafanidad. El segundo, el que deriva de la transformación de Weil en una mística más cercana al anarquismo cristiano o al gnosticismo que al comunismo, se suprimen del todo.

La narración de Lalo ocurre en un escenario lleno de incertidumbres y paradojas: nada de lo que el escritor personaje asume es seguro. Pero en esa incertidumbre o fluidez de lo que se presume real  radica la riqueza de la existencia. La fluidez es el entramado que convierte al escritor en un ser invisible. El país que el escritor describe, el Puerto Rico metropolitano, en uno que no ve a su escritores a pesar de que estos son probablemente quienes mejor lo apropian desde su marginalidad. Esa, me parece es, la tesis central de esta narración.

 

El sabor de una historia de amor

Lo original de esta historia de amor es que Li Chao, apasionada de la literatura y del arte como el autor, es lesbiana. Ama al escritor y desea hacer el amor con él pero sin ser penetrada. Li Chao se niega a la posesión que implica la penetración porque fue víctima de la violación consistente, una violación que ya constituía un uso sexual o un acto de costumbre. El agresor había sido un pariente, Bai Bo, en una sociedad que favorece convertir a la víctima en victimario con suma facilidad. Ese señalamiento es válido, lo mismo para la sociedad tradicional china que para la puertorriqueña, pero en este caso se refiere con exclusividad a la primera.

SimoneLa situación tiene un potencial extraordinario. Es como si  Li Chao quisiera hacerse amar por el escritor como si este fuera otra mujer y este aceptara el papel a pesar de la ansiedad que le corroe por penetrar a la amante china. La relación que sobre ello se levanta no es anómala sino un ínterin. En algún momento ese acto se convertirá en la frontera de la relación: Li Chao hará su mayor sacrificio y se dejará “poseer” de la forma en que el escritor desea hacerlo, pero la situación desembocará en una sensación de “invasión” y estupro insostenible. La incertidumbre que colma el largo episodio de los mensajes se reproduce en otro nivel en la bien urdida relación entre estos amantes extraños.

El otro elemento que quiebra la estabilidad de la relación es el regreso de Carmen Lindo, antigua amante de Li Chao la cual representa valores por completo contrarios a los del escritor. Carmen es una intelectual trepadora, rayana en la torpeza, que se dibuja en este texto como una diletante.  Su vacuidad, en lugar de invisibilizar su imagen, la hace más visible. Su relación con  Li Chao es la de una dominatrix que va más allá de lo esperado y quien ve en la chica una posesión o un trofeo. Por eso quiere llevarla consigo cuando consigue un trabajo en una universidad extranjera, como si se tratase de una coolie o una esclava laboral más. El escritor es un intelectual reflexivo que apropia a Li Chao como un igual, como un otro que se acomoda a sus apetitos y lo completa salvo cuando se trata de la frontera de la penetración. Después de ese linde ya no quedará nada por hacer.

Esta es una historia de amor llena de imposibilidades en la cual la sexualidad se expresará dentro del marco de unas “limitaciones” que, en lugar de emascular al escritor, lo enriquecerán. Ambos podrán salir de la cama para pintar la ciudad con dibujos sugerentes que sugerirán una poética revolucionaria. Dos artistas clandestinos, como tantos otros que medran en nuestro mundo a la espera de una entrevista del periódico de más circulación del país.

La historia de amor sintetiza una condición que desborda el texto. La relación de Li Chao con el escritor simboliza la condición de la escritura literaria, el arte o la estética hoy. Un escritor invisible haya una plenitud sexual que nunca lo es (lo que algunos denominarían con algún cinismo el “amor”) en un ser socialmente invisible de origen chino que vive y se balancea en una  cuerda floja sobre la cual el escritor no tiene control. Se trata de una metáfora de la marginalidad que agobia a la escritura y que crece geométricamente. El único apoyo solidario que haya el escritor es el otro escritor marginado Máximo Noreña, el dulcemente amargo literato que rabia desde su propia invisibilidad.

Narradoras 2010: Dalia Stella González y En el umbral de tu voz


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

Dalia Stella González. En el umbral de tu voz. Carolina: Terranova, 2013. 162 págs.

Una primera lectura de la novela En el umbral de tu voz, Dalia Stella González, me dice que la escritora relata la historia de una familia de clase media común cuya “normalidad” se ve alterada  por el hecho de que su hijo es diagnosticado con autismo. La autora inicia su relato in media res. El lector tendrá que imaginar el pasado del chico con las pocas pistas que ofrece la narración. es pasado sin embargo importa poco a los fines de este libro. Isaí y Lara reaccionan de manera dispar, pero predecible, ante la situación de Sergio. El padre vivirá una vida de trabajo intenso para compensar su “fracaso” con una vida socialmente exitosa. Se niega a aceptar los hechos y evade a su hijo. Isaí parece incapaz de aceptar aquellos hechos por los costos que podría tener para su carrera profesional como arquitecto. La madre, una profesora de literatura, sacrificaría su vida profesional para estar cerca de su hijo. Lara, una artífice de la palabra, tiene ante sí un opuesto en Sergio al cual se le “caen” las mismas. Un fuerte sentimiento de tragedia ahoga a la pareja que se encuentra en el borde una ruptura total y la incomunicación. Todos estos hechos ocurren dentro de las más predecibles convenciones.

Dalia Stella González

Dalia Stella González

Ahora bien, la tabla de salvación de Sergio y a la vez, punto donde se establece la frontera entre lo convencional y lo mágico, es el momento en que Cintia, su maestra, lo pone en contacto con la música. Sergio se convierte es un violista prodigioso que, dado que se le “caen las palabras”, habla con la matemática del sonido, el ritmo y la melodía. Al final, apoyado en su viola, Sergio prorrumpirá  con la palabra y causará una revolución que nadie podía imaginar. El contagio de la comunicación natural y primitiva se reimpondrá cuando las autoridades pongan en peligro el “atentado” que implica la recuperación de la solidaridad cuando se trate de impedir que el niño toque la viola en el andén del tren. Esa es la sinopsis de la historia llena de humanidad que está detrás de esta novela.

Una segunda lectura me dice otras cosas. Otra novela dentro de este volumen tiene que ver con una sociedad en crisis en donde el autismo de Sergio se convierte en la metáfora precisa para diagnosticar  un mal colectivo. Numerosos aspectos del presente “postmoderno” que yo resiento cada día, están magistralmente retratados en el escenario urbano que construye la autora. Ciudad Lear/Real, es pura contradicció. Los mecanismos que articulan la vida en Lear/Real recuerdan lo mismo la Utopia insular de Tomás Moro, que la Ciudad del Sol de Tomasso de Campanella. En ambas civitas la garantía de paz lo constituía el orden, pero el orden era la negación de la libertad por el fuerte olor a anarquía que ese concepto siempre produce.

El poder en Lear/Real, significado en Hugo Roncayolo, recurre a las mismas fantasmagorías que sedujeron a los pensadores ilustrados del siglo 18. Detrás de ello lo que se manifiesta es esa enfermiza ansiedad por la “armonía” que soñaron los sociólogos positivistas del siglo 19. Esos mismos paradigmas animan a Hugo, hombre fuerte de Lear/Real, en su administración de aquella ciudad funcional pero vacía. El hecho de que Monyeau, corazón y zona de los artistas, sea un campo de concentración para las peligrosas emociones, me parece emblemático.

Lo que pasa es que la “armonía” y el “orden” que se manifiestan en el Lear/Real postmoderno, se apoyan en índices incomprensibles para los siglos 14 o 19. Me refiero a la enajenación y el solipsismo que produce el consumo conspicuo de tecnologías que separan al ser humano del mundo, lo desconectan y lo insensibilizan con respecto a lo que ocurre a su alrededor. El mercado de una comunidad nacida para consumir, como diría Zygmunt Bauman, desune y aísla, hace innecesario el contacto visual sea físico, auditivo u olfativo. Muerta la capacidad animal o instintiva de acercarse y apropiar al otro, la posibilidad y la necesidad de entender perece. Lo que la autora sugiere es que la sociedad padece una forma autismo estructural colectivo.

Gonzalez_UmbralDesde este punto de vista, En el umbral de tu voz es también una narración que posee un fuerte discurso social contestatario. La imagen de Lear/Real me sumerge desde la ficción de González en el presente neoliberal. Lear/Real es como un complejo de megatiendas en donde  numerosos especímenes humanos, meros seres zombificados armados de dinero plástico, viven dispuestos al flagelo del consumo mientras pululan en busca de un sueño material que tiende a convertirse en pesadilla. El individualismo radical, uno de las entelequias más persistentes de la filosofía de David Hume, mina su humanidad.

La otra crítica del presente de crisis se afirma en la figura del alcalde Hugo Roncayolo. Hugo es el genial signo del utilitarismo dominante, un personaje cargado de fortalezas y debilidades, como cualquiera otra que disfrute de algún poder en el presente. Hugo ve en el Sergio autista que toca magistralmente la viola en la ruta del tren Metaphoris/Metáfora camino al corazón de Lear/Real, un acto de intimidación y un sabotaje a su megaproyecto: la construcción de la Torre de Lebab/Babel. La paradoja es que lo que Hugo pretendía hacer con Babel/Lebab -reinstituir la unidad social-, lo conseguirá Sergio mediante el arte que lo libera. Por eso el chico especial constituye una amenaza al presentar la posibilidad de rehumanizar a la ciudadanía por medio de la emocionalidad y la matemática sonora. Hugo, presionado por los grandes intereses materiales que están detrás del megaproyecto, prohíbe la expresión del chico y cierra el tren.

A partir de aquel acto, ocurre un 14 de julio o un 25 de octubre, sin Bastilla o Palacio de Invierno, tan extraordinario como aquellos. La represión de Sergio es el motor de la conciencia ciudadana. Hugo tendrá que reconocer que ya era demasiado tarde para subsanar el efecto de Sergio y su viola o, como quien dice, el camino de la liberación ya estaba allanado. El lector sabe que se encuentra en el borde una promisoria revolución. Lo político de esta parte de la trama va más allá de la actitud autoritaria de un alcalde más. Detrás de las movidas de Hugo se encuentra El Grupo Locus, un signo del establishment, que ve en el tren Metaphoris/Metáfora, un peligro para su ansiedad corporativa.

Hay otras novelas dentro de esta novela. Este texto merece muchas lecturas en la medida en que consigue reproducir la complejidad de lo simple. González parece hablar desde una postura crítica que se ubica a una distancia considerable de la crítica social dominante. La nominación de su personajes, ofrece pistas sobre una discursividad más preocupada por “sanar” una humanidad espiritualmente “enferma”, que por completar una “revolución” que ayude a fundar un “mundo nuevo” sobre las cenizas  del anterior. Sergio es el protector; Lara es el femenino de casa y la habladora que contrasta con el niño al cual se le “caen las palabras”; Isaí es la obscura esperanza de salvación de un viejo mito judío. El trío constituye una “sagrada familia” que de la disfuncionalidad y la tragedia camina, gracias al milagro de Sergio, la ruta de su recuperación. Lucio, el gran Lucio paralítico que abre las puertas de la música al Sergio, es esa luz inequívoca que el lector espera descubrir en algún lugar de la narración. Me parece percibir una gran cuota de esperanza en la voz de la autora, una esperanza propia de humanistas cristianos que no es muy común en esta sociedad en crisis. Para pensadores pesimistas como yo, eso no deja de plantear un reto y una incógnita.

Cuando Sergio toca por primera vez la viola ante Cintia y su madre, se arriba a un lugar simbólico crucial. De allí en adelante no hay vuelta atrás. Se trata de un nudo de emociones extraordinario, convincente. Cuando Sergio articula las primeras palabras a su madre Lara, la sensación va in crescendo. Cuando habla a su padre Isaí al borde de la tragedia, en el último tramo de la narración, el círculo se ha completado. La palabra, poética o no, se ha instituido como mecanismo de liberación con toda su fuerza.

Esas son tres de mis lecturas. Guardo las demás para el futuro. Una taza de café me espera. Las otras son responsabilidad de quien acepte el reto de leer  En el umbral de tu voz.

Narradores 2010: José Muratti, La víbora del desierto de Kavir y otros cuentos


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

 

José Muratti. La víbora del desierto de Kavir y otros cuentos. San Juan / Santo Domingo: Isla Negra, 2012. 92 págs. Premio del Instituto de Literatura.
José Muratti

José Muratti

La víbora del desierto de Kavir y otros cuentos es el primer libro de narrativa de José Muratti. No lo parece. A pesar de su condición de primerizo, el lector se encuentra ante un escritor maduro que carga mucha vida a cuestas y se expresa con una calma y una seguridad que sorprende. Me parece que su amplia formación intelectual tiene que ver con ello. Los estudios en educación, sociología e historia, suelen moldear la mirada del narrador en una diversidad de direcciones enigmáticas.

El título llama la atención sobre uno de los relatos que incluye el volumen: aquel que recibió un premio en el certamen de un periódico de circulación general en 2012. El conjunto bien podría haberse llamado, en un falso plagio a un distinguido narrador de la vieja escuela realista, Novísimos cuentos de amor, de locura y de muerte. “La víbora…” hubiese venido a culminar esa cuidadosa tendencia al morbo que domina las narraciones de Muratti. Lo cierto es que la morbosidad de la que hace gala el autor se mueve entre dos extremos.

Por un lado, se mueve por los márgenes de la imagen de la devastación física que produce la violencia.  El tajo en la cara de Elena, la Elena rediviva de la plena popular en “Se llamaba Elena”, es el mejor modelo de ello. Pero también participa de una penetración sicológica extraordinaria. En “Un cielo oscurecido de mariposas”, Alina encuentra seis imaginarias cabezas cercenadas que la conducen al suicidio. Lo gráfico y lo sugerente se combinan en un balance que me parece idóneo. Este es una de las marcas de distinción de una narrativa extraordinaria, bien difundida pero poco comentada por la crítica, que ha estado circulando en el país desde 1990 al presente.

Muratti por su formación y su cronología, nació en Mayagüez en 1950, se mueve entre diversas conformidades filosóficas con mucha seguridad. Su discurso manifiesta un poderoso entronque con la literatura social del 1970, tendencia  que se reanima en el presente en la nueva narrativa social pero con un conjunto de propuestas mucho más amplias y abiertas que en aquel entonces. La impresión que tengo es que el autor busca un punto de apoyo aceptable entre aquella tradición que carga, y un presente que juega al postmodernismo cultural mal interpretado y en el cual mucha gente celebra lo light y el chilling. Soy historiador por formación y todavía me parece aceptable argumentar que las crisis económico-sociales y sistémicas, son un hervidero de posibilidades para escritores inteligentes y sensitivos como Muratti que no están dispuestos a lanzarse al campo abierto del cinismo. Este escritor tiene memoria de la debacle del 1970, mejor que la mía, que conste. Por ello se trata de un testigo de primera para la del presente que es el momento en el cual reflexiona y escribe.

La construcción del personaje de Elena en el cuento que inicia la colección, es un buen ejemplo procesal de cómo se redactaría un relato social desde la (con)textualidad del 1970. Elena vive una odisea que empieza en Adjuntas, transita a la Isleta y culmina en Nueva York. Se trata de  una tripleta ganadora en cualquier narrativa social puertorriqueña. El fervor social del narrador  se afirma en “Un fuerte olor a agua maravilla” donde la nostalgia por el pasado nacionalista se significa en la protesta de una niña ante la posible ofensa del cadáver de su abuelo. En Puerto Rico tenemos el problema de que la “nostalgia” se ha convertido en una acusación fácil cuando alguien reflexiona sobre asuntos que presumiblemente “se han dejado atrás”. En  historiografía y en narrativa nunca se deja nada atrás, por el contrario, siempre se traen las cosas al presente y eso nada tiene que ver con la “nostalgia” llorona que muchos adjudican a los románticos.

La viboraLa (con)textualidad del siglo 21 que destilan estos cuentos es patente en “El primero es gratis” y el “Contrición”. La relación homoerótica de los militares veteranos de la guerra del Golfo Pérsico (1991) Daniel y David, dos nombres con un fuerte pasado judío, y la flagelación del Padre Anselmo, llaman la atención sobre dos ardientes debate del presente. Si a ello se añade el asesino serial de “Un bar llamado La Biblioteca”, se completa el cuadro que sugiero. El serial killer es la mejor matáfora del consumo conspicuo del acto de matar que conozco y otra de las marcas de distinción de la novísima narrativa puertorriqueña que tampoco se ha trabajado mucho críticamente.

El trasfondo de todas estas narraciones es esa tonalidad, acorde con el Muratti que conozco, que me recuerda la narrativa fenomenológica y existencialista en la que yo me formé hace 30 años. Se trata de un recurso que permite observar con alguna frialdad o control una realidad inyectada de fisuras. Pero Muratti no llega al cinismo que caracteriza a otros, no, mantiene la mesura.

Por último, en “Nunca, jamás” y en “La víbora…”, el gran tema parecen ser los equívocos a los que conducen las ideologías una vez se enmohecen y el reuma del fanatismo destruye las posibilidades de la crítica. En “Nunca, jamás” lo delata para los socialistas, y en “La víbora…” lo hace para las convicciones religiosas fundamentalistas. Es como si el autor intentara decir que corremos el peligro de convertirnos en títeres de unos sistemas moribundos que nos ponen al servicio de entelequias. El costo de ese proceso es nuestra humanidad concreta.  Si eso es lo que intenta sostener, lo acepto. El estudiante y el francotirador de estos textos, verían sus vidas desde la frontera de la muerte inútil como meros tránsitos del ridículo y el engaño. Allí se encuentra un extraordinario llamado a la (re)humanización, mientras al fondo alguien nos susurra “la lucha continúa”.

En resumidas cuentas: Homenaje a Clío y Melpóneme


  • Mario R. Cancel-Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

A Héctor R. Feliciano Ramos, que es historiador.

Este es un tiempo extraño que hemos tratado de derivar de otro tiempo extraño. Estar aquí varado es como escudriñar los secretos de los otros a través de un minúsculo hueco, desde la secretividad que nos da el hecho de que nadie sabe que allí estamos: armando el inusual rompecabezas, atizando la fogata del yo soy, riendo sin desparpajo, elaborando al descuido la noche que se cierne sobre nosotros como un anti-héroe de novela vieja.

Hemos cruzado el umbral tantas veces sin darnos cuenta;

Hemos torcido ese mundillo barato de las agonías con tanta premura sobre la mesa;

Hemos resuelto el punto y la coma que faltaba para completar la página que se escapaba;

Hemos especulado en torno al viento y sus manías pedantes al subir las escaleras que conducen al pasillo de los archivos;

Hemos resuelto el pasado a la luz de una pobre página desvencijada y sucia;

Hemos molestado el descanso de tanta arpía, de tanto comodín, de tanto mandarín, de tantos silencios acordados tiempo ha;

Clío, Virgilio, Melpóneme

Clío, Virgilio, Melpóneme

Hemos sonreído ante el hallazgo como quien se topa con el oasis después de una larga carrera en el desierto;

Hemos reñido con el pasado como quien disputa con su sombra exaltada en una tarde tropical;

Hemos involucrado al sol con los motivos fatuos de los peces multicolores que sobrevuelan siempre la libre fruición de las conciencias;

Hemos desenredado el lío que construyen los hombres para enredar el lío que hacemos otros hombres;

Hemos pensado el cómo del cuándo dislocado que pende de las cosas;

Hemos desmadejado el hilo que tejieron las Parcas para montar el Hades bajo el hombre infinito;

Hemos visto a las Parcas armando nuestras vidas para alegrar su intenso tiempo de desvaríos;

Hemos desdicho el coño de la verdad voraz que asesina pasiones en las noches redondas que inventan los recuerdos;

Hemos sido los dioses de este pequeño sura que soslaya batallas porque teme encontrarse;

Hemos borrado páginas enteras del pasado;

Hemos moldeado el barro sutil de los pasados para hacer una historia lúcida, insulsa y muerta;

Hemos peleado los unos con los otros por comprar la versión correcta y acabada;

Hemos dicho el yo soy, yo supe, yo sabía;

Hemos dicho el sermón reiterativo, inocuo, desvencijado, sucio, que cantaron los próceres;

Hemos visto a los próceres traficando esperanzas de cartón y de olivo tras los desvelos nítidos de un mañana inconcluso;

Hemos visto el mañana fraccionado, facsímil, volar con las palomas que parten de las torres;

Hemos reptado duros tras de la abreviatura, la rúbrica torcida, la nota marginal y el garabato ignoto tantas veces, aguardando a la luz que se ha desvanecido por el cuerpo del papel como se van las tardes de verano;

Hemos corrido detrás del libro intonso, del colofón vidente, del sello del canal, de la nervura inquieta que te sorprende, del hallazgo escondido en un rincón del libro porque sabemos, que allí, dentro del cuerpo inquieto de los libros todos guardan secretos pero siempre se olvidan;

Hemos soñado con la letra historiada, con el detalle persa de la grafía florida, con la grotesca, con la letra de mano del viejo manuscrito que dice y canta y cuenta la vida de aquél que la escribió;

Hemos querido ver el alma de aquél y aquél y el otro dibujada en el templo fatal de las palabras;

Y ahora, atados a las armas, volvemos a mirar. Y todo esto es tan poco. Este es un tiempo extraño que hemos tratado de mirar al través del crisol de otro tiempo extraño. Y nos hemos mentido.

Tomado de la colección inédita Relatos y otras ignominias. Corresponde a la última ignominia.

Rosario Ferré y nosotros


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

 

(Des) memoria y nostalgia

No es casual que recuerde la Rosario Ferré de los extremos. Para los que la miramos desde un afuera singular, la voz de inicios de la década de 1970 y la de fines de 1990 no es fácil de olvidar. Los remates de los extremos de ese espacio hipotético han tenido un gran impacto en la conciencia de mi generación.

Esa evocación nebulosa extiende sus raíces hasta Zona de carga y descarga, revista publicada entre 1972 y 1975. Una percepción del tránsito se impuso como un carimbo a partir de aquella experiencia. Muchos de los jóvenes que cortejamos la literatura y la historia a comienzos de la década de 1980, tenemos a Rosario atada a la memoria de la lectura de sus Papeles de Pandora de 1976. Maldito amor, que apareció en México en 1986, complementa y da sentido a aquel sector de los recuerdos. Ese es uno de los cabos de la imaginaria línea de continuidad que me une con la escritora.

El otro cabo es la Rosario Ferré de “Puerto Rico-USA” que apareció en el New York Times del 19 de marzo de 1998. Jacques Derrida decía que la expresión el otro cabo sugería ocasionalmente un cambio de rumbo. En el caso de Rosario Ferré 1972 y 1998 representan los otros cabos. Ambos sugieren una circularidad similar a la que cantaba Zaratustra cuando alegaba que “todo se rompe, todo se une nuevamente, eternamente se reconstruye a sí mismo el edificio de la existencia.” 1972 y 1998 me dejan el sabor del desacato y yo celebro la trasgresión donde quiera que se manifieste.

Rosario_FerreEl (mono) diálogo insurgente

El diálogo con la obra de Rosario del cabo de 1972 se caracteriza por el genio de la hibridez. Aquella era una escritura rota por medio de la cual, desde una feminidad provocadora, “Eva María” se disponía a entrar a “La casa invisible.” La Eva María de Papeles de Pandora representa un hallazgo en el cual la inocencia y la lubricidad conviven dialécticamente. La transición entre la poesía y la narrativa nunca erró el compás a lo largo de los papeles. En esos escritos se expresa una narratividad agresiva que resiste los criterios externos y puristas de la forma.

El uso insistente de la primera persona ofrecía una fuerza inusitada a la palabra de Rosario como en el caso de “Maquinolandera.” En ese escrito el lúdico lenguaje plebeyo alcanzó  el rigor de la caricatura como en el caso de las “orbes planetarias” de las fosas nasales de Ruth Fernández, o la “hermenéutica de (las) nalgas” de Iris Chacón. En los escritos del primer cabo, la convergencia de la historia y la literatura se ofrecía más allá de la ficcionalización pura y simple de un motivo positivo. Papeles de Pandora representó una singular apropiación y reflexión sobre la historicidad por medio de la cultura pop y la afirmación de una etnicidad que no se poseía. En el proceso, la Hidra de la feminidad tomaba posesión del presente de una manera radical. Aquella actitud representó una revolución en las letras puertorriqueñas.

El valor de Maldito amor fue su capacidad para establecer un puente de comunicación entre una vanguardia sociohistórica, el discurso de la nueva historia social, y la narrativa. Buena parte de la tradición escritural de la era del “giro lingüístico” tiene en aquel fenómeno uno de sus genomas. El texto fue una audaz contravención del relato de la “gran familia” y de la sociedad señorial que la nueva historia social había comenzado a demoler. La parodia del patriciado se cimentó sobre dos sistemas complejos. Guamaní, era el Ponce señorial y la síntesis de un Puerto Rico imaginario y vacío. El “Ejemplo” y la Central Guánica se imbricaban por todas partes, y Ubaldino de la Valle, el intelectual cívico y el letrado patriarcal, fue elaborado como un collage con los fragmentos recuperados de Alejandro Tapia, José De Diego, Antonio R. Barceló e incluso, Luis Muñoz Marín, entre otros. Al desnudo, el patriota no era más que un simple fabricante de apostasías y aporías.

La utopía, ese lugar inexistente que le devuelve a los puertorriqueños cada ojeada que echa al pasado, devino en distopía atroz. Maldito amor asume la virtualidad de la construcción idílica del pasado. El problema radicaba en que muchos querían convertir esa imagen en el bastidor sobre el cual modelar el futuro. En esa coyuntura la memoria no estaba rota en el sentido que le dio Arcadio Díaz Quiñones a la reconstrucción del pasado imaginario. Al final del texto la impresión que queda es que la historia no es sino un programa autoejecutable o un troyano que genera recuerdos desde el interior de un sistema lesionado.

El sueño de la eutopía, esa esperanza de hallar un lugar mejor para estar con el que fantasean las escatologías, no reverdecerá desde entonces entre los escritores nuevos. Asistir a la muerte del mito de la gran familia, hizo posible que una sólida realidad se desvaneciera como por sortilegio. Lo que la historia y la literatura del setenta destruyó y (re)construyó, aquel acto insurgente, ha tenido un papel esencial para mi generación.

Un parricidio salvador

Aparte del fin de un sueño y el despertar a la pesadilla, a Rosario y su generación se debe el nacimiento del escritor profesional en Puerto Rico. El proceso representó una transgresión mayor que no se puede reducir a los atrevimientos temáticos y ni siquiera a la revolución del estilo. Todo lo que la tardomodernidad europea, pienso en James Joyce, provocó en la tradición postnaturalista; toda la conmoción producida por las vanguardias del 1920 en el establishment ;iterario, aflora en la voz narrativa de Rosario y sus circunstantes.

El proceso de profesionalización implicó otra transgresión más importante. La endeble tradición narrativa nacional, que había girado entre los márgenes de un realismo social veteado de máculas románticas y criollas desde los polos de Manuel Zeno Gandía y Enrique Laguerre, recibió un severo empellón. Rosario y su generación representan una línea invisible de continuidad dentro de una narrativa alternativa que tuvo en José de Diego Padró y Emilio S. Belaval dos de las mayores voces silenciadas por el canon. De un modo u otro la Rosario del primer cabo se transformó en mi memoria en algo así como una Patricia Hearst criolla que se tomaba enormes riesgos retando el orden sin que hubiese tenido que raptarla ningún Ejército Simbionés de Liberación.

El otro cabo, el de 1998 que se resume en el artículo “Puerto Rico-USA,” no escandalizó tanto a mi generación. Por entonces yo creía que la teoría del trauma que se heredó de la academia treintista se había desgastado. Esa fue una percepción que se afianzó a partir de la conmemoración del Centenario de la Invasión a las Antillas. Los procesos históricos que condujeron al año 1989 ya me habían advertido de la fragilidad de las convenciones heredadas.

Quebrar una percepción orgánica bien estructurada representó para mí el proverbial parricidio de la metáfora freudiana. La fragmentación de la noción de identidad y la crisis de los proyectos que habían animado la voluntad occidental en la modernidad, afirmaron el carácter polisémico de lo puertorriqueño. En cierto modo John Wayne y Chita Rivera podían estar tranquilos. Después de todo, ambos me resultaban tan triviales como el Tío Sam y Pancho Ibero.

Coda con papeles viejos

Había dejado de pensar en Rosario desde antes de 1998. En el verano de 2003 ciertas circunstancias me la pusieron otra vez en el camino. Por entonces me habían encargado inventariar el mobiliario y la documentación de la Casa Museo Aurelio Tió en San Germán. Los archivos siempre son una caja de Pandora. Cuando se vacían, al fondo a veces se encuentra la esperanza de algo que está más allá del bien y el mal.

Dentro de una colección de papeles de Félix E. Tió Nazario Figueroa había un paquete de correspondencia de Luis A. Ferré y Lorencita Ramírez del año 1956. “Mar de fondo (Playa del Condado)” era el título de un poema de fuertes trazos modernistas firmado por Ferré con el seudónimo “El iconoclasta.” Cerca de aquel documento asomaron tres textos de Rosario Josefina firmados los días 12, 15 y 27 de noviembre. Eran tres poemas en inglés de la época de sus estudios en Dana Hall, Wellesley, Massachussetts. La poeta tenía apenas 18 años.

“A crystal vase was my life” era el motivo del primero de ellos. Esa fragilidad se dramatizaba de inmediato “Until one day it fell, shattered, to the ground.”  En “Spectrum” el juego con las coloraciones le permitía establecer una jerarquía ética donde el dorado era pureza, el azul idealismo, el verde esperanza, el rojo pasión, el blanco éxtasis espiritual y el negro el vacío de la muerte. “Intranquil thoughts” utilizaba la metáfora romántica del río para conversar sobre la vida y la muerte. La angustia del vértigo se traducía en el verso que comentaba “the fear of the hurling into the bottomless pit.”

Un cuarto texto titulado “Mi madre: rosa y azul” firmado el 11 de septiembre de 1957 completaba la colección. El breve homenaje resumía el amor y la paz que Lorencita transmitía a aquella joven, próxima a cumplir los 19 años. Lo que recuperé aquella tarde fue algo así como la esperanza que estaba en el fondo de la caja después de la huida de los espectros del mal. Entonces supe que Pandora no había sido la culpable de abrirla sino la petulancia y la soberbia del padre Zeus. Detrás de la escritora había una persona que, como yo, escribía poemas desde la juventud. Esa manera de recuperar a Rosario Ferré para mi acervo traduce mejor la heterodoxia propuesta por mi generación. Después de todo la queremos mucho y eso me parece suficiente.

Nota: El texto fue redactado en el 2005 y ha sido publicado bajo el título de “Rosario Ferré: Reflexiones de un historiador” en la revista digital 80 Grados

 

El cuento de Juan Petaca


  • Salvador Brau Asencio (c. 1910)
Nota: El cuento de Salvador Brau (1842-1912) apareció en la Antología puertorriqueña de Rosita Silva publicada en 1928 por la Imprenta Venezuela de San Juan.

Acercábase a su fin el año 1915, duodécimo de mi residencia en Yucatán, adonde emigré de Puerto Rico huyéndole a los americanos.

No crea alguno que esto de huir se debió a daño personal que de ellos recibiera. Fue el caso que yo oía atribuir la causa de no correr el oro en mi tierra a los yanquis, por negarse a tomar café borinqueño y empeñarse en empacharnos con arroz de puyita; y aunque yo no tenía café que vender ni dinero con qué comprar arroz, ni menos un cuadro de terreno en donde sembrar esos granos, acostumbrado a practicar aquello de — “¿Dónde vas, Vicente? — Donde va la gente”, me arrimé a una trulla que se alejaba del país. Para nunca más volver, como dice la guaracha cubana y… ¡cata ahí a Juan Petaca cultivador de maguey! Por ciencia infusa seguramente, porque allá en Puerto Rico el maguey se da montuno, y solo lo vi emplear en la curación de alifafes a las bestias. No me arrepentí del viaje, pues aunque la faena fue dura y larga, me proporcionó alguna experiencia de la vida, enseñándome a apreciar lo que representan la inteligencia, actividad y método de cada abeja en el maravilloso producto que se acumula en la colmena. Gracias a estas lecciones me hallé a los diez años propietario de un conuco exento de hipotecas, y disponíame a tomar el título de padre de familia, cuando, no sé por arte de quién, llegó hasta mí la noticia del abandono de Puerto Rico por el gobierno de los Estados Unidos, dejando a mis paisanos en aptitud de proclamar la Confederación Antillana, cosa que, cuando yo me ausenté, estaba al caer, como guanábana madura, según rezaba un folleto.  Y a esta novedad se agregaba otra no menos extraordinaria: como que el cultivo de la caña y del café, y hasta el de las chinas, se daban por sustituidos en mi tierra con el de las uvas, y eran tantos los viñedos y tan exquisito el vino obtenido, que se temía un conflicto en Europa.

Salvador Brau Asencio

Oír esto y obsesionarme la idea de regresar a Puerto Rico fue todo uno, y no por sugestión patriótica solamente, pues si bien movíame a curiosidad el manejo de mis paisanos sin padrastros ni curadores, aún me intrigaba más la adquisición de aquella mágica fórmula que convirtiera una región caribeña en zona vitícola. Armado yo con esa receta bien podían decir en Yucatán: “Se acabó el mamey”; porque, ¿cómo esperar que el indio se resigne al pulque, teniendo a mano algunas cañas de Malvasía o un botijo de Valdepeñas? Bien maduradas estas reflexiones dime a arbitrar recursos para emprender el regreso, trasladándome al fin a Veracruz, donde tomé pasaje en un vapor que se dirigía a Santomás.

Tocóme por compañero único en la navegación un catalán muy locuaz que no tardó mucho en pegar la hebra diciéndome:

—¿Va ustet a Puerto Rico? Pues no le arriendo la ganancia. Allí estuve, y de verás que ya me he encomendado a San Cucufate del Vallés, mi patrono, al saber que tendremos en aquel puerto escala forzosa.

—¿Qué le hicieron mis paisanos? — hube de preguntarle.

—¡Cómo! ¿Ustet es puertorriqueño? Periodista, ¿verdat? Y, es claro, tan informal como los otros.

—No soy periodista, ni vivo en mi país desde hace tiempo. Yo vengo de Yucatán.

—Como si dijéramos del fin del mundo, ¿verdat? Pues entonces no puede usted saber la mala pasada que me han jugado sus paisanos. Con sus exageraciones sobre la vid y los viñedos, hicieron creer en Barselona que tenían en el vino una riqueza, y como este año hemos perdido toda la cosecha en el Priorato, yo me vine para acá tras del negosio. Quería dar un copo, ¿sabe ustet?… Y el copado he sido yo.

—¿Era malo el vino?
—¡El vino! Como no consigan fabricarlo con uvas del mar o con murtas de Cangrejos, tendrán que tomar guarapo hasta el día del juicio.

—Entonces no es usted solo el chasqueado; porque yo también hago este viaje atraído por eso del vino y por lo otro de la Confederación.

—¿La confederasió? ¡Quin romanso!

—¡Qué! ¿No la hay tampoco?

—¡Hombre! Lo que es haberla sí que la hay. Pero si dentro de un mismo territorio no han podido unirse dominicanos y haitianos, olvidando rencillas y preocupaciones, ¿cómo habrían de ligarse por un pacto federativo las 360 islas e islillas que, desde el canal de Bahama hasta el golfo de Paria, ocupan razas y gobiernos distintos?  Empiece ustet porque Cuba que se ha desangrado durante treinta años para conseguir su independencia no ha de sacrificarse enyuntándose con Tórtola o Los Roques. Luego vienen Jamaica, Trinidad, St. Kits, Antigua, Bermuda, Barbada, Nevis, Anegada, ¡y qué sé yo cuántas más!, pertenecientes a Inglaterra que usa máquinas de agafar de gran potensia. Allá en España agafó a Gibraltar, y todo lo que hay que desear es que no entre en ganas de llevarse otra cosa. Dinamarca no es de esperarse que regale a Santa Cruz, Santomás y sus otras virgensitas, cuando no quiso venderlas por muy buenos millonsejos; Francia no se desprende de Guadalupe y Martinica aunque le prometan una función diaria del Mont Pelat; Holanda se halla satisfecha con los nísperos de Curazao y la sal de Bonaire, y hasta Suecia creo que tiene un criadero de alcatraces allá por San Bartolomé… Esto sin contar con el reguero de frijoles de las Lucayas, donde no queda ni un peñasco mostrenco. ¡Cualquiera se encarga de dirigir esa orquesta! Ni que formar una nación con tales elementos fuera lo mateix que menjar butifarras… Lo que hubo fue, que al retirarse los americanos…

—Pero, ¿es cierto que se marcharon?

—¡Hombre! ¡Hasta el mismo Job, con toda su paciencia, hubiera hecho otro tanto!  Considere ustet que sus paisanos comenzaron por pedir que los Estados Unidos no tomasen más café que el de Puerto Rico, como si la zona cafetera de esa isla pudiera satisfacer el consumo de 76 millones de habitantes que forman la poblasió de la Gran República.  Después se opusieron a la importación de arroz, porque con ese negocio se llevaban del país los americanos tres millones de pesos, año tras año, y esto, como ustet comprenderá, era un criterio retorcido; porque si en Puerto Rico se toma el arroz por agua común y con polvos de arroz se embadurnan hasta las cucarachas viejas, la responsabilitat del gasto excesivo ha de imputarse a los consumidores y no a los proveedores que son comerciantes y no filántropos.  Una cosa es la humanitat y el negosio es otra cosa, dice Ayala en El tanto por ciento, y lo mismo ha de decir la lógica universal; sin embargo la insular quiso parodiar aquello del cómico de la legua: O firmas este puñal o te clavo este papel. . . y, ya metidos en parodias, hubo que prohibir la introducción de grasas y tocinos para fomentar la cría de cerdos y rechazar la importación de calzado que hacía competencia feroz a los zapateros, y recorrer así toda la escala proteccionista, para conceder a los fabricantes de mabí una prima en favor de su industria.  Como el Tío Sam no tiene un pelo de primo, cortó por lo sano, diciendo que para berengenales ya tenía bastante con el de Panamá, e hizo mutis. Entonces, como Puerto Rico mide treinta leguas de largo por once de ancho, y una nación reducida a tan exiguo perímetro y circunvalada además por el mar, hubiera parecido más raquítica que la república de Andorra, opinaron algunos que era llegada la hora de que se cumpliesen las profecías… Y se acudió a la federación con las islas adyacentes.

—¿Cuáles islas?

—¡Hombre de Dios! ¿Tan atrasado anda ustet en geografía antillana? ¿Cuáles han de ser las islas inmediatas a Puerto Rico, si no Vieques, Culebra, Culebrita, Mona, Monito, Cabras, Ratones, Palumitos, Caja de Muerto, Desechado, Hicacos, Cayo Santiago, etc.? ¿Le parecen a ustet pocas para una confederasió?

Lo que me parecía a mí era que aquel tío guasón me estaba tomando el pelo, pero lejos de enfadarme di riendas a la broma, preguntándole cuánto dinero había pagado por aquellas noticias.

—Por esas nada; mas, por desgracia, obtuve otras aligerándome el bolsillo. Cien pesos me cobraron en la aduana al registrar mi equipaje.

—¿Matute,  eh?

—¡Ca! No, señor. Camisas de hilo y trajes de lana de uso personal. Tejidos catalanes, los primeros del mundo, ¿sabe ustet? Excusáronse con que el gobierno provisional había decretado el cultivo forzoso de la sansevieria,  y el criterio proteccionista extremaba el rigor en pro de la industria insular; pero, ¡qué industria de Dios!; si todavía no hay un telar en la isla. No basta sembrar una planta textil, hay que saber la aplicación que tendrá en los centros manufactureros, y como yo no he visto a nadie usar calzoncillos u casacas de esa sansilvería, claro está que me incomodé, y se me escaparon algunas pesadeces. Aconsejáronme, para calmarme, que pitara la Borinquen, pues ya en el país la pitaban todos; pero yo no estaba para pitos y me dirigí al Congreso con una protesta…

— ¡Que sería atendida, seguramente!

—¡Si no había tal Congreso! Hallábanse en estudio las bases del pacto federal, y era cosa de gusto oír las proposiciones y exigencias de los pactistas. La Mona, protestando de su forzoso celibato, reclamaba en cláusula previa que la proveyesen de un orangután; el Monito rechazaba el diminutivo, porque cuatrocientos años era tiempo sobrado para alcanzar la mayoría de edad. ¡Vamos, que quería graduarse de chimpancé! Los Paluminos o Palumitos aspiraban a transformarse en guaraguaos, para defenderse de la Culebra que andaba sin bozal y no les dejaba huevo sano en los nidos. Los Ratones habían reclamado por teléfono que se degollasen todos los gatos en la capital, sin cuyo requisito corría peligro la vida de los senadores de aquel Estado; el Desechado exigía Universidad y puerto franco, para borrar un poco su despreciativo nombre; Caja de Muertos lo subordinaba todo al privilegio que le daba su título para proveer ataúdes a los confederados, y las Cabras no pedían nada, acaso por temor de que las llamasen, cornudas; pero como en su territorio se cultiva la lepra,  los otros pactistas les armaron un zipizape, rechazándolas de la convención. Total: que allí no se entendía nadie y la discusión prometía acabar a tinterazos, por lo cual me guardé la protesta y volví las espaldas.

También se las volví yo a mi interlocutor, sospechando en su burlona garrulería un poco de la roña que le causaba reconocer nuestra soberanía territorial.

Días después largaba anclas el vapor en plena bahía de San Juan y el primer saludo de un compatriota recibíalo de Cándido Manganilla, el botero de Cataño que doce años antes me condujera a bordo. Era el mismo Cándido; un poco más acartonado y cetrino, pero tan truchimán como antes.

—¡Ay, don Juan! — exclamó al reconocerme. — ¡A qué mala hora se le antojó volver!

—¡Qué! ¿No va bien con la independencia?

—No, señor. Estábamos mejor con los americanos. —Entonces aquí lo peor es lo último, porque recuerdo que cuando me marché, los mayores enemigos de España sostenían que estábamos mejor con los españoles.

—Yo le diré. Al principio todo fue vivas y cohetes y música. La Borinquen a chorro contínuo día y noche. Hasta se acordó mudarle el nombre al Callejón del Tamarindo, llamándolo Avenida de la Conflagrasión.

—Confederación, querrás decir.

—Bueno; lo que sea. Pero de un modo u de otro, lo que nos trajo eso fue un diluvio de brujas, que de las tierras añidías acudían tras el mamey, armándose con los mejores destinos y dejándonos a nojotros en la calle. Y en cambio no nos ayudaban con un empréstito que es lo que nos hace falta, porque sin dinero la tierra no da preduto, y echarnos unos socios arrancaos, pa tenerlos que mantener, maldita la utilidad que trae. Luego los americanos se fueron muy enfadados, cortando toda clase de relaciones con la Isla, y en Europa no quieren abrirnos crédito al oírnos cacarear nuestra miseria. Bailamos mucho, eso sí, pero debe ser para engañar el estómago, porque, según dicen algunos periódicos, la gente se muere de hambre por los caminos. ¡Nada! Que parecemos un pueblo de pordioseros, y eso, ¡eso es claro!, con pordioseros nadie hace negocios ni a los pobres de solemnidad se les presta dinero, porque no han de pagarlo. Que estamos apuraos ya lo sé; pero no creo que, desacreditándonos nojotros mismos, venga de fuera el remedio. He oído decir siempre que la fuerza de calabrote está en la apretura de las filásticas, y aquí ca uno jala pa su casa y el vecino que lo parta un rayo.

—Antes había dos partidos que se tiraban al degüello; ahora tenemos ocho: los confederados, los departamentales, los comunales, los individualistas, los históricos, los camanduleros, los oligarcas y los disolventes. Cada uno con sus comités y sus periódicos y sus reyertas y su candidato a la presidencia de la República. Esto es un infierno, don Juan; pero acabará pronto.

—Supongo que a garrotazo limpio.

—No, señor, no: hay trabajos muy serios y adelantados para traer las cosas al orden.

—¿Otra vez las sociedades secretas?—¡Qué remedio tiene! Aquí donde usté me ve, soy secretario de El Coco Sarazo que funciona en Guaynabo y se entiende directamente con la Junta Revolucionaria de Nueva York.

—Sea enhorabuena. Pero, ¿qué se propone esa Junta?

—Traer otra vez a los americanos; pero con Sampson y dos vapores de tres chimeneas, como aquel que les sacó andadura a algunos tullíos, cuando la guerra.

—Desengáñate, Cándido. Ni Sansón ni todos los filisteos han de traer a esta isla la fe, la perseverancia y la circunspección de que ha menester. La moral económica de un pueblo no se adquiere en mercados exportadores: se ha de producir y sostener por el pueblo mismo.

—¡Bueno! Yo no entiendo bien eso; pero ya me lo explicará. Vámonos a tierra. ¿Dónde están sus maletas?

—No desembarco. Si las cosas están como las pintas prefiero no verlas. Y vas a decirles a mis amigos, si algunos me quedan, que yo, el más petaca de todos los Juanes borinquenses, les aconsejo que se aprendan de memoria y repitan, como oración cotidiana, la fábula de las ranas que pedían rey.

—¿Y qué les pasó a esas ranas, don Juan?

—Pues, que todos los reyes que les nombraba Júpiter les parecían malos, y a unos por avispados en demasía y a otros por sobrados mansos, los acosaban con sátiras, inculpaciones y vituperios.  Tantas fueron las mudanzas y tan formidable llegó a ser la popular gresca, que Júpiter, exasperado les designó por rey un culebrón que se las engulló a todas…

Cándido regresó a tierra algo mohíno, y dos horas después proseguía mi viaje, pidiendo a Dios que no llegue el caso del culebrón para mis compatriotas.

El loco de Sanjuanópolis


  • Alejandro Tapia y Rivera (1880)
Nota: El texto que sigue fue escrito en 1880 por Alejandro Tapia y Rivera (1826-1882) y volvió a imprimirse en 1938 en Cuentos y artículos varios, obra difundida por  la Imprenta Venezuela de la capital.

Tal vez no hayan encontrado los lectores el nombre de esta ciudad en los tratados de Geografía porque sin duda figurará en ellos con otro cualquiera. Nosotros sabemos que eso fue una ciudad de las Quimbámbulas: ciudad desgraciada, si las hay.

Esto puede suceder, puesto que las poblaciones suelen como los individuos, obedecer durante su vida a las circunstancias que rodearon sus cunas. Las hay indudablemente felices, por su asiento en lugar apropiado a su desarrollo, con la proximidad de algún buen río que no sólo apague la sed de los habitantes, sino que sirva para la industria, el aseo y hasta el ornato público, pero existen otras poblaciones que muestran a las claras el desacierto que presidió a su fundación. Esto aconteció con la pobre Sanjuanópolis. Supóngase el lector que la situaron en un islote largo y estrecho como no sé qué, sin agua comenté y sin más espacio que el que podía necesitar allá en su origen; y para mayor desgracia suya, eran tales los asaltos de corsarios y otros enemigos extranjeros, que hubieron de considerar los vecinos de antaño, como salvación, las murallas con que se vieron precisados a cercarla.

Con el tiempo creció como era natural, el vecindario; pero no la ciudad; convirtiéndose las casas en colmenas con gran número de zánganos, por cierto.  Huyeron los corrales y el arbolado que les daba oxígeno, sombra y fresco y, por consiguiente, salud del vecindario;  con aumento prolífico de sabandijas, insectos y lo que es más deplorable, de los zánganos referidos.

Entre las abejas, había un infeliz que, según sabemos, se apellida Venancio o don Venancio, como las gentes le designaban para hidalguizarle o porque naciera hidalguizado.

¡Pobre don Venancio! ¡Pues no dio en la manía de quejarse a todas horas de cuanto llevamos dicho! Lo peor es que predicaba en desierto, y llegaron a tomarle hasta por demente.

Pero al cabo fueron todos enloqueciéndose a su vez puesto que corporaciones y particulares comenzaron a murmurar primero y a quejarse después, de la falta de aire, de luz y de salud, así como del aumento de sabandijas, insectos y zánganos en tan reducido espacio.

Esto venía a corroborar aquello de que el sueño de hoy suele ser la realidad de mañana; pero don Venancio al oír que todos, en vez de contradecirle o de escucharle con indiferencia como antes, le iban ahora con la corriente, acabó de perder los estribos de puro gozoso.

Sin embargo, como veía que todas eran exclamaciones y palabras, y de acá para allá y de allá para acá, y papel, y discursos y escribir; y que el tiempo corría y él necesitaba establecer una industria, y no había casas; que quería mudarse porque se ahogaba, y no había casas; que se moría de hambre porque todo se lo llevaba el estupendo alquiler, y no había casas; que tenía que ir preguntando a los transeúntes y a todo el mundo, de antemano: “¿Cuándo se muda usted para habitar la pocilga que usted vive, porque no se encuentran casas?” y que por último, veía disputarse y pujar como en subasta para llevarse una destartalada habitación, cual si se tratase de una mansión olímpica, porque no había casas; etc., etc., concluyó por decirse: “Pero, señor, ¿qué se han hecho las casas de esta ciudad? ¿Qué diablo de ciudad es ésta que todo lo tiene: pulgas, sabandijas, zánganos, patios húmedos, agua de aljibes, (sucios hoy mañana secos), letrinas horribles, focos de infección y de otras cosas, y no tiene casas?”

El infeliz don Venancio se quejaba, y se quejaba… como en el desierto; sin embargo de que oía quejarse a los demás de lo mismo, pero… con igual fruto.

-Habláis de la higiene física —les decía caluroso—, ¿pues y la higiene moral? ¿Qué educación puede haber para vuestros hijos con el baturrillo de gente que pulula en los bajos y corrales de vuestras casas? ¿Qué obtendréis de esa mezcolanza de clases  tan desacertada, en que los de abajo no mejoran y los de arriba pierden? ¿Qué criados habrá que no acaben de malearse con zahúrdas semejantes? Qué palabrotas para los oídos de vuestras hijas, qué cinismo en las conversaciones; qué insolentes disputas con el de arriba y a deshora, por el uso nocturno de la puerta de la calle, qué algazaras a media noche con las riñas y peloteras; qué alarde de mancebías y qué mezcla de requiebros, arañazos y cosas inaguantables, y todo, porque el casero quiere aprovechar hasta el rinconcillo más inmundo o porque no se cabe en la ciudad! Tapiad los oídos de vuestros hijos, y tapiad sus ojos, sobre todo los de vuestras hijas, porque de seguro que nada saludable podrán sacar sus almas de semejantes focos de pestilencia.

Así decía el pobre don Venancio, y todo el mundo le hacía coro y repetía lo mismo; sólo que aquel se trastornó de tanto desear el ensanche, de la ciudad; porque sabido es que para volverse loco, nada más a propósito que fijarse en una idea y soñar con lo imposible. Y como este imposible era posible en el juego de será y no será, de ya va a ser y va a no ser, su cerebro trastornaba más y más.

-Pero señores —decía—, creo en el mejor deseo de la administración. Por lo tanto, no comprendo por qué no se hace hoy lo que habrá de hacerse mañana. Si al cabo es de necesidad, ¿a qué oír más razones? No hay razones posibles contra la necesidad, y mañana nos asombraríamos de los fútiles que habrán venido a ser las razones de hoy. Quien dé a la sediente y apretada Sanjuanópolis, agua y ensanche, le habrá dado vida y será su mejor padre.

Pero don Venancio estaba cada vez más rematado, daba lástima oírle gritar constantemente: ¡agua y ensanche para Sanjuanópolis!

De suerte que no era cosa de tolerarle por más tiempo. Los vecinos quejábanse de aquel charlar de día y de aquel vocear de noche, sobre un mismo tema que les aturdía y quitaba el sueño.

Verdad es que solían decir: “Este loco tiene razón; pero ¿qué vamos a hacerle? No nos deja dormir y es forzoso encerrarle.”

Y dieron con él en el manicomio, y allí volvía más locos a los demás o los aturdía con sus repeticiones de ¡agua y ensanche, agua y ensanche! Y fuese enflaqueciendo, y sólo le quedaban pulmones para gritar lo mismo noche y día.

Por fortuna de la ciudad, los demás vecinos, aunque contagiados por su idea, le oían desde lejos, y no se exacerbaba tanto su deseo de agua y ensanche; que a dar todos en la manía de gritar del mismo modo, habría habido que complacerlos, sobre todo en lo del ensanche y en lo del agua, allá por Mayo; pero la demencia de nuestro hombre era pacífica y periódica, según la luna, aunque no dejaban de estar todos monomaniacos, si bien decían sólo por lo bajo: agua y ensanche.

Don Venancio la había tornado por lo alto, y por eso se hizo un loco más insufrible. Vivió muchos años y siempre loco y gritando, a pesar de su encierro: agua y ensanche. Y ya por último enronqueció y repetía con dificultad sus furiosas palabras.

Y cuando no pudo ya decirlo con la garganta, lo expresaba por señas.

Murióse de puro viejo; y en su última hora, repitió lo mismo, allá como pudo.

-¡Agua y ensanche para la desdichada San-Juan-ó-polis! —fueron sus últimos acentos.

Descanse en paz el pobre loco.

El infeliz tal vez hubiera recobrado la cordura, si da en vivir un siglo o algunos siglos más, y llega a ver realizada su manía. ¿Pero quién va a ser eterno? ¡Más vale morirse!

A %d blogueros les gusta esto: