Transgresión, corporalidad y diferencia en los Cuentos traidores de Rubis Camacho


  • Federico Irizarry Natal
  • Escritor y crítico literario

 

De Cuentos traidores de Rubis Camacho ha dicho Mario Cancel que es “un libro bien escrito”. Aduce para ello que este texto entronca con una tradición literaria que repliega su discursividad sobre la base de un cúmulo de inusitadas presiones y tensiones capaces de invitar certeramente a la reflexión y abrir paso a la poesía. La dimensión poética de este texto también ha sido un aspecto que Carlos Esteban Cana ha destacado como una instancia relevante con el propósito de marcar la rigurosidad del buen manejo del lenguaje que lo sostiene. Luz Nereida Pérez, por su parte, en la contratapa del libro asegura que es “una obra que dejará huella”. El lector que aborde con atención las narraciones de este libro dará cuenta irrecusable de ello en función de validar los tres juicios anteriores. Con Mario Cancel igualmente afirmo que Cuentos traidores es un libro muy bien escrito.

Constituido por veinte relatos, Cuentos traidores concreta en sus páginas una diversidad de historias articuladas poderosamente sobre una instancia común. Esta instancia, a mi parecer, es la experiencia del límite. Ya sea desde el discurso religioso o desde el político, ya sea desde el mito o la leyenda, ya sea desde lo histórico o lo cotidiano; los textos narrativos de este libro se organizan alrededor de un imperioso sentido de crisis que ha de caracterizar (y de poseer) a sus protagonistas. Dicha crisis posibilita ser leída, en relación con estos personajes, como la manifestación de un posicionamiento experiencial que materializa la condición límite antes mencionada. Para Bajtín esta noción de límite, entendida simbólicamente como umbral, está asociada “al momento de la ruptura en la vida, de la crisis, de la decisión que modifica la vida o al de la falta de decisión”.

Bajo la impronta de tales palabras, el lector descubre en estos cuentos personajes que padecen en crudo una fuerte desestabilización que los marca como seres áridamente desterritorializados hacia el lugar de una asfixia de carácter existencial. Así, nos hallamos, por ejemplo, en el relato titulado El dawa del Che Guevera, ante la mítica figura del guerrillero argentino que, reducido a un indefenso cuerpo en posición fetal en medio de la selva del Congo, sobrelleva insufriblemente la muerte de Celia, su madre, recientemente notificada. De igual manera nos encontramos también, en Los tres días de Don Pedro, ante un Albizu que, desgarrado físicamente tras la tortura, asume desde la cárcel, meses antes de su muerte, el delirio religioso a manera de estrategia urgente, desesperada, para imaginar la continuidad del proyecto nacional. En La mujer maravilla, más cotidiano, nos ubicamos también ante el personaje de una madre de mediana edad que, influida por el mundo mediático y hollywoodense, queda congelada ante su hija al filo cortante de la ridiculez. Y en Manuela, el último de los cuentos del libro, nos topamos con un anciano retirado en la necesidad de infringir su ética de viudo bajo la amenazante sombra de la culpabilidad. Estos son, sintetizados al extremo, algunos de los ejemplos de estos relatos que evidencian el límite que habitan estos personajes.

La pregunta que, a raíz de ello, adviene en la mente del lector es la siguiente: ¿cómo evidencian y cómo resuelven los seres de estos relatos su condición límite, su umbral? De entre todas las instancias en torno de las cuales está estructurado este conjunto de historias, tomo tres como punto de partida para responder a dicha pregunta: estas son las que corresponden a la corporalidad, a la transgresión y a la diferencia.

El primer cuento del libro, titulado significativamente La mirada, da cuenta exacta de dichas instancias para poder elaborar una contestación a la pregunta mencionada. Cito, primero, el texto en su totalidad:

 

El hospital tan frío… El ministro entró a la habitación.

Apretó el libro negro. Miró al techo. Levantó las manos y glorificó.

-Tú, amoroso Dios que todo lo miras…

En la cama, la anciana violada retiró la mirada.

 

Esta microficción apunta a un recurso y a una estrategia que resultan recurrentes a lo largo del libro. Lo primero corresponde a ubicar la crisis en el cuerpo del personaje; es decir: es la corporalidad el espacio en que queda grabada la experiencia del límite que enfrentan los sujetos de estos textos. En estrecha relación con lo antedicho, lo segundo corresponde a la forma de encarar dicha experiencia. Como ya veremos más adelante, ello radica en una estrategia de transgresión que, si no es fallida, derivará en un fuerte sentido de diferencia.

A partir de la fenomenología de la carne de Merleau-Ponty, sabemos muy particularmente que el cuerpo no es, según lo aducido por la tradición (que lo infravalora), el excedente molesto, pasivo y mecanicista de un ser clausurado en la autorreferencialidad del pensamiento racional desde el cual abarca la realidad como un objeto concluido. El cuerpo, por el contrario, es ser-en-el-mundo. Unidad orgánica que constituye, tal y como lo afirma Malena Costa, “condición de posibilidad del conocimiento” que permite al sujeto “entablar una relación de familiaridad originaria con el mundo a través de la cual, finalmente, nos es posible ligarnos con la totalidad”, posibilitando así “la realización de nuestro propio mundo personal”. Desde esta perspectiva, el cuerpo, como vehículo fundamental en la complicada interacción con la realidad, es comprendido como conciencia encarnada, activa y siempre abierta al acontecimiento del sentido.

En el cuento La mirada el cuerpo violado de una anciana propone el lugar desde donde se escenifica la experiencia del límite. Dramatizados los efectos del abuso sexual por el hecho de estar relacionados, por un lado, con la gravedad de una injusticia ejercida contra una persona mayor de edad, y, por otro lado, con la exposición de este cuerpo vulnerado ante la presencia de lo sagrado; el atropello presentado en el microcuento remite al peso de la profanación. Inscrita en la carne envilecida de la anciana, la crisis de este escarnio redunda en el momento de la ruptura en la vida, como citamos de Bajtín. Ruptura no sólo en un nivel físico; sino, también, en un nivel espiritual. Aunque el lector queda fuertemente tentado a pensar que el ministro que invoca el poder panóptico de Dios es el victimario, lo cierto es que el relato imposibilita saludablemente una determinación tajante de ello. Más allá de este asunto meramente anecdótico, lo importante es, no obstante, la colación del elemento sagrado en esta situación para validar el espesor religioso en que acontece la experiencia (corporizada) del límite.

¿Cómo resuelve la anciana de esta historia la crisis que la posee? La resolución, de acuerdo con la lectura que desarrollo, se da sobre la base de la transgresión. A la visión totalizadora de Dios referida por el ministro, la anciana opone el retiro de su mirada; lo que implica que, desde el mismo espacio en que acontece la crisis (es decir: el cuerpo), surge la resistencia con que precariamente negocia en su desdicha. El repliegue de su mirada constituye, así, una acción desestabilizadora ante el poder de Dios; un cuestionamiento crítico a la piedad asociada convencionalmente con la entidad divina y las prácticas religiosas que se organizan en torno de ello. En el núcleo duro de esa acción recriminadora es que se materializa su ejercicio transgresor.

Foucault ha afirmado, precisamente, que “la transgresión es un gesto que concierne al límite”. Lo importante de su planteamiento radica, sin embargo, en el sentido que le confiere al concepto de la transgresión. No lo entiende como subversión, que es aquello que está movido por una fuerza negativa. Es, por el contrario, una suerte de movimiento relampagueante capaz de enlazar con extrema tensión el adentro y el afuera que cobran presencia ante la cortante inscripción del límite. En ese sentido, la transgresión no niega; más bien, en una maniobra de afirmación no positiva, se circunscribe a mostrar desde la diferencia las dos caras que resultan de su desborde para dar cuenta del complicado diálogo entre ellas. Diálogo que, en todo caso, reconduce de regreso a cada una de sus partes hacia la misma experiencia del límite que posibilitó su tránsito y su manifestación. En la fugacidad de este cruce, en que el límite resulta instancia de constante retorno, se juega (repito: desde la diferencia) una redefinición del ser. Santiago Díaz, sobre este mismo tema, plantea lo siguiente: “(L)a transgresión nos traslada a un ámbito diferente, un ámbito de conexión entre lo interno y lo externo”; y añade que es ahí donde “el sujeto se abre a la experiencia irremediable del fluir entre el afuera de la interioridad y el adentro de la exterioridad”, posibilitando por lo mismo “disipar toda adherencia, todo estancamiento, toda cimentación” y descubrir “el movimiento más íntimo de la libertad”.

De acuerdo con lo antedicho, la transgresión, en el cuento La mirada, acontece al mostrar en contacto, desde la crisis del cuerpo violentado de la anciana, el adentro de una subjetividad maltrecha y decepcionada y el afuera de un mundo religioso hartamente sospechoso. En el desvío de la mirada de la mujer se genera, entonces, una redefinición de sí, como una redefinición del espectro sacro que la contextualiza. El intento de escapar a la óptica absoluta de la divinidad logra proyectar no sólo a un ser desilusionado por la desprotección y el desamparo; configura, además, de manera mucho más importante, a un sujeto que, sobre la base de una estrategia de repulsa, lleva su resistencia al filo de colocar la ausencia o el vacío en el lugar donde debe estar Dios. La experiencia del límite es así la experiencia del abismo. En su cortedad, este relato remite, por tanto, a la visión de mundo del hombre del último siglo; ese hombre que ha tenido que encarar el nietzscheano anuncio de la muerte de Dios, el cual no debe ser entendido como el aniquilamiento del Dios cristiano personal, sino como el fin de “la creencia en un orden objetivo del mundo que el pensamiento debería reconocer para adecuarse a ello tanto en sus descripciones de la realidad como en sus elecciones morales”, según lo ha especificado Vattimo en una de sus reflexiones sobre dicho tema. Al respecto, Foucault hace la siguiente pregunta: “… una profanación en un mundo que ya no reconoce sentido positivo a lo sagrado, ¿no es poco más o menos lo que se podría llamar transgresión?”; y a ello contesta: “ésta (la transgresión) en el espacio que nuestra cultura da a nuestros gestos y a nuestro lengua, prescribe no tanto la única manera de encontrar lo sagrado en su contenido inmediato, como el de recomponerlo en su forma vacía, en su ausencia que se vuelve por ello mismo centelleante”. Valga esta última cita para fundamentar la lectura que nos embarga.

Si he tomado el cuento La mirada como piedra angular para poder hablar del libro de cuentos de Rubis Camacho, es porque en el mismo se funda, con sus variantes, una de las múltiples entradas que permiten penetrar, sino en su totalidad, en gran parte de las historias del libro. En el relato titulado El milagro, por ejemplo, se nos presenta el caso de Madai, una mujer que, al límite de una monstruosidad corporal que ha tenido que sobrellevar desde los primeros días de su vida, espera con entusiasmo la llegada de Jesús, quien se acerca a su comunidad, para solicitar su restructuración física. El texto se demora en la descripción de su joroba, una enorme piedra, muchas veces musgosa, en que en ocasiones anidan aves o se refugian otros animales en busca de resguardo y calor. El texto también se detiene en la presentación de Jesús, un hombre que, más cercano de los niños que de los sabios, ha tenido que luchar para acatar el rol que le ha sido destinado. Al final de la prueba en el desierto, donde tuvo que enfrentar las tentaciones del adversario, se constata, en sus palabras, cuál es su rol: “desenmascarar todo poder”, según lo dice. Prepara así este cuento, ante el horizonte de expectativas del lector, un encuentro final que debería derivar en una resolución feliz. No obstante, ocurre todo lo contrario. Al llegar Madai tras mucha dificultad ante la presencia del Rabí, toda su euforia se desvanece en la amarga toma de conciencia de que su espera no ha pasado de ser más que una ansiedad fallida. Su joroba, sobredimensionada, la halla ahora en la espalda del Maestro a la manera de “un peñasco mil veces más grande que el suyo”. Lo que sus ojos ven no es otra cosa que a un Cristo tan contrahecho como ella, pero con una giba aun más descomunal. Lo que le devuelve la mirada redunda, entonces, en escepticismo y desengaño. Tras preguntarle Jesús qué es lo que quiere ella que le haga él para su bien, Madai reduce sus palabras a una respuesta seca y lapidaria: “nada, maestro, nada”.

Como el cuento La Mirada, este también presenta el límite grabado en la corporalidad; y la protagonista que padece la crisis procede, a su vez, transgresoramente. Sin embargo, El milagro es un relato que propone, contrario al anterior, una dimensión más generosa de la religiosidad y, a su vez, un sentido frustrado de transgresión. El problema no está en Jesús ni en su inesperada malformación grotesca. El conflicto reside, más bien, en el hermetismo al que se cierne Madai para no abrirse a la comprensión de su crisis sobre la base de lo alterno. En el peñasco de Jesús ella no ve la horizontalización que implica una relación de identidad desjerarquizada; es decir, no da cuenta de que la entidad superior a la que aspira para lograr su sanación comparte con ella su mal desde la diferencia. Lo que ve es la repetición de lo mismo sin más. Fija, por lo mismo, en la experiencia del límite el ejercicio de una transgresión inútil que la devuelve a su crisis mediante el estancamiento por el cual se adhiere más intensamente a su imperfección. No logra, por ello, conectar con la interioridad del afuera; no logra tampoco, por lo mismo, una redefinición de su ser.

Si lo que Jesús logró comprender tras cuarenta días en el desierto es que el verdadero obrar deviene desenmascaramiento del poder, lo que este relato posibilita leer en el personaje de Madai es que la permanencia de la crisis que padece en su cuerpo es el resultado de interiorizar el poder que la desnaturaliza en el potencial de su diferencia. El de ella es por lo tanto un físico malogrado no por el hecho de ser meramente grotesco; sino, sobre todo, porque remite a la nefasta encarnación de la mismidad que la infravalora. La corporización de la alteridad sería, por el contrario, la restructuración (o por lo menos, la domesticación) del límite; lo que implica simbólicamente, en el caso de Madai, una monstruosidad mal asumida. Ángel Rosa, al abordar La novela de Jesúsde Iván Silén (en que el protagonista -también Jesús- comparte rasgos desmesurados y aberrantes con el de Rubis Camacho), ha afirmado, al respecto, que “lo grotesco actúa como un conveniente instrumento de purga y de trascendencia”. Insistir, por lo tanto, en la subyacente idea de que la normalidad (o la belleza canonizada) constituye un registro de virtudes porque así lo ha concretado la tradición, constituiría un error. Ese, al menos, es el error de Madai.

Hasta el momento he abordado estos dos cuentos que, como se ha visto, están cruzados con fuerza por el discurso relacionado con lo sagrado. Y es que la religiosidad, matizada por líneas ciertamente perturbadoras, constituye uno de los temas de mayor contundencia a lo largo del libro. Ejemplos de ello son los titulados La travesura, Mi nombre es voz y Como pan del cielo.

No obstante, hay otros relatos que se artifician en torno de otros temas. Uno muy particular, relacionado con la mitología es Como de plumas malditas, que tiene como personaje principal a Prometeo, quien, encadenado, sufre, como sabemos, los embates de la agresiva ave a la que está destinado. Sin embargo, lejos de repetir el mito tal y como se le conoce, en el mismo se introduce eficazmente un giro renovador que lleva al protagonista, para sorpresa del lector, a encontrar placer en la rapiña a la que a diario lo somete el águila. Ello es el resultado del delirio nostálgico que provoca en él la constante evocación de un antiguo y ardiente amor por una mujer, que termina proyectada y confundida con el ave que lo destroza. Eros y Thanatos conjugados en la enigmática pequeña muerte de la que hablaba Bataille; pues, en el cuento, el despellejamiento atroz deviene retozo erótico en que Prometeo, encandilado, se refocila. Nótese que acá también acontece la experiencia del límite en el contexto físico: la destrozada anatomía del protagonista. Nótese de igual manera que, ante ello, el recuerdo apasionado del condenado produce una transgresión: colocar el goce allí donde sólo debería haber suplicio por la carne mutilada. ¿Acaso no es esto el pliegue que con firmeza posibilita rastrear la interioridad del afuera, la exterioridad del adentro; es decir: el rasgo definitorio de la diferencia que adviene con el gesto transgresor? Yo estimo que sí. Y pienso, además, que tal deferencia tan eficazmente expresada queda todavía más fuerte señalada en el ímpetu viril que deviene erección tras el ritual de duros picotazos que estremecen el cuerpo ya vulnerable pero galvanizado del titán. En la noción de diferencia que implica este inusitado erotismo es que el Prometeo de esta historia logra redefinir su ser; esto, a manera de una línea de fuga que lo reterritorializa en contra de la angustia de su sentencia. Un relato como este trae a la memoria aquella otra figura mitológica que tan bien trató Albert Camus cuando se acercó a su reflexión sobre el suicidio y el valor de la vida. En las páginas del ensayo al que me refiero, el autor aseguraba, según recordarán, que “hay que imaginar que Sísifo era feliz”. En la inusual historia de Camacho, para parafrasear, hay que imaginar también que Prometeo era feliz.

Otros relatos del libro podrían abordarse. Me limito a nombrar meramente dos de las mejores historias que lo componen: Los pantalones de Luisa Capetillo y María Antonieta o su cabeza moribunda. No entro en detalles ante ellos. Los dejo a la consideración del público, que, tras una gustosa lectura detenida, validará de seguro cuanto expresamos, con Mario Cancel y Luz Nereida Pérez, al principio de la presentación: que Cuentos traidoreses un libro muy bien escrito; un excelente libro que dejará huellas. Más allá del título, estos son cuentos que no traicionan; pues, resultan, junto con la mejor cuentística de los últimos tiempos (la de Pedro Cabiya, la de Francisco Font, la de Luis Negrón y la de Carlos Vázquez Cruz), una valiosísima aportación a nuestro panorama literario. Sin más, sólo me resta invitarlos a la lectura.

El fraile confabulado, Rubis M. Camacho


  • Margarita Iguina Bravo
  • Narradora

En diecinueve relatos cortos, todos alrededor de la figura de un fraile, Rubis Marilia Camacho nos presenta su más reciente libro, con un juego de palabras como título.  Teje una gama de situaciones a las que se confronta un monje desde  la soledad monástica: impaciencia, búsqueda, hambre, dudas, temores, angustia, tentaciones, revelaciones. Se unta el fraile las trizas del hábito. Pide soledad. Reza confundido, penitente. La máscara del fraile.

Rubis M. Camacho

El eje que une a todos los relatos, con una estructura similar a la de las fábulas, es la transformación. Con una mirada propia del movimiento surrealista o un desborde de la realidad, los conflictos de las tramas  se resuelven o complican mediante la metamorfosis personal del fraile, los cambios del ámbito en el que se mueve, las actitudes sobre sus creencias y la lucha entre bien y el mal. En ciertas  ocasiones el fraile solo es testigo de  la transformación de algún personaje. Ella cerrará los ojos un instante, pero los abrirá para apresarlo en sus pestañas. Respirarán el perfume de la manta mugrienta y en un beso indisoluble se entregarán las lenguas avinagradas. La indiscreción del fraile.

El conocimiento de la autora  sobre los temas bíblicos es notable. Al utilizarlos como epígrafes le permiten ampliar la idea que quiere desarrollar en los cuentos. El alejamiento de lo racional mitifica las acciones que encontramos a través del texto. Recurre a la intertextualidad, a la hipérbole, a lo fantástico y a lo mítico con una maestría que logra atrapar al lector desde el comienzo del libro. Ni su bordón ni su breviario, solo una gran lámina de vitela acompaña al buen fraile en el calabozo de la cárcel que bordea la cuenca rocosa del Tajo.  La máscara del fraile.

Utiliza una prosa lírica, cadenciosa, mientras maneja un vocabulario propio del lenguaje renacentista o barroco, lo que le añade credibilidad a lo narrado. Su capacidad de descripción  de los escenarios, como si bordara un tapiz, ayuda a tener más claro los detalles  y la época en las que se desarrollan las tramas.

En todos los cuentos podemos observar un combate continuo  al que vienen a luchar  los monstruos fantásticos  y reales que la imaginación puede crear. En un desborde de intertextualidad, Camacho nos lleva, en una alusión directa a un texto de Borges, a los laberintos diseñados por Dédalo donde habita el minotauro. Somos testigos de la incautación del telescopio durante el juicio contra Galileo por la Inquisición romana. Escuchamos la confesión de Juana, heredera del reino de Aragón y Castilla, prisionera en Tordesillas, de sus celos por los deslices de su marido. Y vemos con horror, en un escenario de la época  feudal,  el reclamo del derecho de pernada. Fue así cómo presencié el momento en el que los brazos y piernas se le volvieron hilos tristes, de plata, pero tristes. La vigilia del fraile.

En estos cuentos el fraile con su mirada y sentimientos se apropia del conflicto y es partícipe como si viviera en carne propia las angustias  relatadas ante las visiones alucinantes que intervienen en la mayoría de los textos. Al entrar al crudo espejo de la corriente, descubrí que unas hojas verdísimas me brotaban de los oídos, que florecillas blancas colgaban de mis ojos, El miedo del fraile.

El fraile confabulado

En otros relatos las imágenes sirven de epifanía ante la incertidumbre de la búsqueda, como sucede en el cuento de la sombra.

Las situaciones en las que se involucra el fraile en los diferentes cuentos, llegan a un extremo que pueden parecer inverosímiles y exageradas. Pero esta forma particular de presentar las visiones tiene una razón de ser. Sirve  a la vez de crítica, cuestionamiento, reflexiones y  es parte de la poética que caracteriza este libro.

Además de los relatos tradicionales aparecen también varios microcuentos donde Camacho demuestra su habilidad para la síntesis. Podemos ver cierta ironía cuando critica la posición de la Iglesia como la única portadora de la Verdad.  En otros alude a dichos como “el hábito no hace al monje”,   al odio convertido en veneno, al punto vulnerable del talón de Aquiles.

A pesar de que las fábulas de Rubis Camacho no tienen una intención moralizante, la ironía en muchas de ellas puede tener una finalidad de crítica ante las instituciones que ostentan el poder. Lo que no se puede negar es que están llenas de magia y poesía. A medida que avanza, la Sombra Con Frescor de Lluvia la cubre con vientos de olores a lirios purísimos,  impregna los montes y las llanuras, desciende por las laderas y anida en las flores. La sombra de Pedro.

Aunque los primeros ejemplos de fábulas y cuentos cortos vienen del Oriente, buena parte de ellos reunidos en el Panchatantra de la India, vemos cómo la escritora puertorriqueña  continúa con la tradición latinoamericana que se ha distinguido por su afición a la brevedad: Galeano, Cortázar con su Bestiario, Monterroso y Borges por mencionar los más conocidos.

La influencia del texto de Reinaldo Arenas, El mundo alucinante, citado al comienzo del libro, es notable en el desarrollo de las tramas en los diferentes cuentos.La obra de Arenas es una recreación mítica de la vida del cura mexicano fray Servando Teresa de Mier, personaje real,  a quien la autora dedica su libro junto a fray Tuck, fraile que acompaña a Robin Hood en  sus aventuras. De esta forma la ficción se asienta como figura principal desde los comienzos del libro.

Narradores 2010 : Sara, sexualidad y sacralidad en una novela de Rubis M. Camacho


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

La novela Sara de Rubis M. Camacho plantea, desde mi punto de vista, la posibilidad de de una amplia gama de interpretaciones. En ello radica parte de su belleza. Lo cierto es que  Sarai, Sara, Zahra, “princesa”, “señora” o “flor”, es un signo universal que apela a la humillación del género ante fuerzas a las que no cabía resistirse. Esa mirada moderna se impone porque yo, a pesar de todo, soy nieto de la Modernidad. Se trata de una narración que invita a la reflexión y esa es una de las marcas de la obra de Rubis. Como lo que aspiro hacer es una invitación a la lectura, no pretendo ser exhaustivo en cuanto a las vías hermenéuticas probables. Las limitaré sólo a dos.

Rubis M. Camacho

La primera de ellas me invita a posicionarme en el territorio de la Historia Cultural. La misma me conduce a pensar en el peso que todavía hoy le dan ciertos sectores, poderosos por cierto,  a una serie de convenciones propias de pastores y personas del desierto en el Medio Oriente. Lo  más patético es lo poco que ese conjunto de creyentes  saben de lo que fue Caldea, Egipto o Palestina en aquella época remota. La fe más profunda se sostiene sobre la ignorancia más atroz.

La segunda puede elaborarse desde el Discurso de la Sexualidad, uno de los universales más humanos que todo lo invaden como un dios riente. El relato se apropiaría a través del crisol de la discusión que plantea este texto en torno al papel que cumplió un oscuro patriarca en la vida de dos  mujeres y en su descendencia. El hecho biológico y el simbólico se solapan a la perfección en este marco. El centro de la cuestión estaría en ese juego de los apetitos sexuales, saciados o insatisfechos,  según se van enquistando en el molde del discurso monoteísta y exclusivista dominante. También habría que mirar sus choques con las convenciones sociales de una época que apenas se conoce. La trama gira en torno a la vida privada de un hombre sucio, viejo, feo e impotente, con tendencias a la pederastia y a las relaciones incestuosas, y su conflicto con una mujer bisexual y adúltera que goza de su cuerpo.

Tanto desde la perspectiva de la Historia Cultural como de la del Discurso de la Sexualidad, lo que sorprende en la forma en que, todavía hoy, esos síntomas  impactan la vida colectiva de los occidentales. Aclaro que una mirada no excluye a la otra: en cierto modo las mismas se imbrican y se enriquecen o empobrecen una a la otra.

Un prólogo, más que la explicación de la obra que lo sucede, es la exposición de una lectura particular, la del prologuista. Leer una novela es dialogar con la(el) novelista y retornar de ese proceso con una reflexión libre y fresca. Un prólogo tampoco compromete a contar la historia prologada: se supone que el mito de estos personajes, tan preciados por el judaísmo, el islam y el cristianismo, es de dominio público.  Un prólogo es una excusa para pensar.

Lo que me trae a la memoria Sara, sin que Rubis se lo proponga, es el gesto irónico de Voltaire cuando redactaba sus capítulos en torno a los judíos para su  Diccionario filosófico,  publicado en 1764. Aquel volumen era algo así como un abecedario de la razón, que aspiraba a ser útil y accesible para personas hambrientas de romper con la cultura cristiana, todopoderosa y autoritaria. Claro que tanto Rubis como yo, estamos muy lejos de aquella racionalidad instrumental dieciochesca. Lo que llama la atención son ciertos matices y convergencias que a la larga son  atemporales.

Las entradas de Voltaire en torno a los judíos y Abraham /Ibrahim, rezuman una ironía que, a veces, llega al sarcasmo. Supongo que las notas del pensador francés debieron  perturbar a los tradicionalistas como Dom Augustin Calmet de haber estado vivo, cuyos argumentos desmontó Voltaire en numerosas ocasiones. Calmet, además de autoridad en el tema de los judíos, era también un tipo de Van Helsing del barroco tardío por su dominio del tema de los fantasmas y los vampiros. Los argumentos de Voltaire no eran sólo escandalosos, a él le gustaba escandalizar a los timoratos, sino que bien pudieron ser confundidas con un antisemitismo larvado que, por lo demás, era común en la Europa de su tiempo. Lo cierto es que a Voltaire, la conexión simbólica de occidente con los judíos le resultaba incómoda desde la perspectiva de la Razón. Para Voltaire la Razón había dejado de ser la traducción de Dios que llegó a ser en la escolástica de Tomás de Aquino.

En la entrada sobre Abraham, luego de un cuestionamiento a la interpretación de la letra de la Biblia por las autoridades teologales, Voltaire concluye que “para creer que sean verosímiles esas historias se necesita estar dotados de una inteligencia enteramente opuesta a la que tenemos hoy, o considerar cada episodio de la vida de Abraham como un milagro, o creer que toda ella no es más que una alegoría; de todos modos, cualquier partido de estos que adoptemos, nos será dificilísimo comprenderla”. Del mismo modo, en el artículo “Historia de los reyes judíos y Paralipómenos”, luego de registrar más de una veintena de asesinatos en la historia sagrada, afirma que “es preciso reconocer que, si el Espíritu Santo ha escrito esta historia, no he escogido un tema edificante”. Voltaire desencaja ante la tradición: Rubis también.

Por otro lado, la estructura de Sara, una excelente decisión de la autora, recuerda los procedimientos de Lawrence Durrell en su colección  El cuarteto de Alejandría, tetralogía publicada entre los años 1957 y 1960. En aquel conjunto la alternancia de las versiones y el juego de las perspectivas, se centran en las voces de Justine, Balthazar y Clea. La otra voz es la de la ciudad, Alejandría, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. Durrell aplaudía con su obra el fin de las versiones autoritarias, universales y racionalistas,  a la vez que celebraba el relativismo. Para ello, caminó la ruta de un discurso agresivo sobre la sensualidad por medio del libre fluir de la conciencia. En el caso de la escritura  de Rubis, las voces que se entrecruzan son las que se esperan: Sara, Abraham, Agar, El Faraón, dominan el panorama del cuadrángulo amatorio-sexual. Abimelec, Isaac y el Siervo completan el panorama. Como una burla volteriana clásica, el mismo Dios cierra con un breve discurso cínico.

No me sorprende la evasión de Rubis hacia un pasado remoto. La antigüedad y sus pseudovalores heredados se encuentra muy cerca de la humanidad en la Postmodernidad. A eso denominaron Historicidad los intelectuales del siglo 19. Lo que celebro de la obra es su reflexión, atrevida y cáustica, en torno a los frágiles fundamentos de la civilización cristiana y occidental a través del crisol de este relato judío tradicional. La actualidad de esta novela resalta precisamente debido a esa aparente paradoja. El Abraham de Rubis es una propuesta sobre el fracaso de una masculinidad apoyada en una impugnable sacralidad. Consciente o inconscientemente, la autora lo puntea con todo los signos de la derrota: un miembro viril enjuto y seco, mal aliento y gingivitis crónica, una sumisión total a un Dios que más que un signo de bondad, recuerda la concepción Gnóstica de Yahvé como el Demiurgo. Y lo corona con el proverbial desprecio a la mujer y sus flujos mestruales. El juego con el asco y la náusea hacia el Otro sexual, asoma por todos estos pasajes. Al cabo, el mito se derrumba: un hombre impotente y estéril como Abraham, no podía ser el padre ni de Isaac ni de Ismael. Ni un milagro del Demiurgo convertido en cordero, hubiese sido capaz de ello.

Lo cierto es que la Cultura Judía  y la Occidental, miran insistentemente a su vulva y a su pene con cierto exquisito y contradictorio arrobo. La preocupación por las excrecencias  y la suciedad de sus emisiones representa un problema: la noción de una humanidad fiel se cimenta con toda su fuerza en la negación de lo que hace a cualquiera de los géneros realmente humanos. Adán y Eva se humanizan cuando transgreden y desean: antes de eso son un simple avatar en el tablero de juego de Dios. Todavía desconocen la libertad de la insubordinación. La sacralidad de Eros y la vergüenza de ello, chocan. Sobre esa base se han levantado edificios morales que justifican una jerarquía que ni siquiera la revolución intelectual Postmoderna ha podido demoler de un todo.  Esta novela es un momento preciado para reflexionar sobre ello.

Nota: El texto que antecede es mi reacción al texto narrativo de la amiga y ex-discípula Rubis M. Camacho. Comparto la relación académica por lo que gano como maestro haciéndolo público. Se hace público este documento con la autorización de la novelista a quien, en última instancia, pertenecen las palabras que se escriben sobre sus palabras.

Policíacas: El ángel del verso de Francisco R. Velázquez


  • Mario R. Cancel
  • Escritor e historiador

El ángel del verso, obra de Francisco R. Velásquez, es un relato sintético y bien escrito, sin duda, capaz de hipnotizar a un lector versado en la cultura popular y mediática de la década del 1940, que el autor conoce bien. Por su edad me parece que aquel tempo resultó crucial en la configuración de su imagen de mundo. La capacidad para invertir esa “pasión” de la novedad de la revolución de los medios en un sistema coherente de referentes culturales, es evidente en este autor.

Francisco R. Velázquez

Pero para el que no conozca aquella tradición, la narración puede resultar en un jeroglífico difícil de comprender en ausencia de una Piedra Rosetta inexistente. El wikiconocimiento y el youtubeo, dos recursos comunes para la interpretación que todo lector del presente utiliza en algún momento de su vida, pueden informar en torno a las generalidades del problema. Pueden decirle quien fue Marcel Cerdan, o sugerir en qué radicó la magia de la CMQ de La Habana y hasta donde llegó su influencia en el Puerto Rico de la posguerra. Tal vez, incluso, pueda aclarar quien fue Zoilo Galíndez o qué significó, hasta el día de hoy, la comedia radial de La tremenda orte, con Leopoldo Fernández alias “Tres patines”: a veces la escucho con mi padre para oírlo reir.

Pero siempre reducirán esas cuestiones a una nota al calce que se olvidará después de un rato. En la práctica, y en ello radica el conflicto de este texto, las alusiones a los medios se transforman en un mero ornato pintoresquista, parecido al que cumplía la narración de ciertas acciones sociales en el Costumbrismo decimonónico más larvado. Ocasionalmente, lo digo sin respeto alguno, Velásquez me remite al tempo nostálgico de un Gilbert Mamery o de un Rafael Quiñones Vidal.

Claro que un análisis político-social de lo que significó la televisión o la radio y sus iconos en aquella época, por ejemplo, es plausible después de una lectura de la narración de Velázquez. Una tevé en un bar, fenómeno  que es capaz de reunir a los fans de un boxeador internacional y motivar el consumo de bebidas alcohólicas y las apuestas, es un acontecimiento cultural significativo desde la perspectiva de una probable Historia Cultural puertorriqueña. El tema de la cotidianidad urbana, visto a la luz de un  sport bar de 1947, no es un asunto detestable desde el punto de vista intelectual.

Pero si se le trabaja poco, como ocurre en el caso de Velásquez, a la postre el recurso se reduce a la anécdota y deja de referir con precisión respecto al entorno o ambiente social en que se desarrolla la narración. Su potencial se desperdicia. El problema de este texto es la brevedad y la aparente prisa con que se amontonan los acontecimientos a lo largo del mismo. En ocasiones, da la impresión de que se han podado fragmentos de la acción con alguna finalidad inicua, por lo que la narración toma un cariz telegráfico. Las oraciones cortas de “Los asesinos” de Ernerst Hemingway –en el cuento y en los parlamentos de su versión cinematográfica-, son una joya. Aquí no dejan la misma impresión. Del mismo modo, los “saltos” y “aceleraciones”, que funcionarían bien en un film noir clásico detrás de una disolvencia  o de una cortinilla bien articulada, no generan el mismo efecto en la narración con palabras.

Lo que sí me parece una virtud de este relato es la capacidad de Velásquez para jugar con el lector, cuando este permite el juego. Yo lo permití en mi lectura: es mi manera de leer. Si el lector no se deja engañar no hay disfrute en la obra. El descubrimiento de que el asexuado detective Dolores Cardona es una mujer embarazada que aborta después de una intervención policial, es interesante. El recurso me parece un logro. La masculina vida policial del 1940 se ve “infestada” por una mujer de armas tomadas que lo mismo ejecuta a Tabaco y Tito Ford, a la vez que es capaz de seducir con la “pájara” sin pantaletas al corrupto detective Ernesto Casillas con el fin de darle una lección de fuerza. De hecho, no conozco muchas alusiones a mujeres policías o detectives en los registros policiales de aquella época. El duro conflicto entre los Nacionalistas e Insular Police, luego Policía de Puerto Rico, siempre fue uno masculino.

Lo otro que me parece extraordinario en este texto es la vitalidad de las descripciones de las calles de Ponce. Acabo de leer una novela de Wenzell Brown de 1945, Dynamite on our Doorstep. Puerto Rican Paradox, que se desarrolla en el mismo espacio, y el efecto de los espacios sociales es muy distinto. En Velásquez, sin embargo, Ponce, Río Piedras, San Juan, la Plaza de Las Delicias o la de Armas, son espacios vivos. Tan vivos, por ejemplo, como podía serlo la Calle O’Reilly o el Vedado en Nuestro hombre en La Habana de Graham Green.  Las escenas de Coamo y Villalba son apenas un borrador. El carácter urbano de la narrativa policial se impone en la textualidad de Velásquez por el hecho de que la trama policial representa la forma en que la Ciudad –un tipo peculiar de esperanza de orden-, piensa y enfrenta el desorden.

El otro logro de este relato radica, me parece en la construcción de los personajes. Se trata de figuras convencionales no hay que dudarlo pero, quizá precisamente por ello, convincentes. Pedro Soto, el corresponsal de El nacional es el columnista de crímenes que se espera. Su presencia sirve para demostrar el apalabramiento de la presunta prensa libre con la corrupción, el poder y el engaño. Un detective manco,  Rafael Canel, experto en sacar confesiones a pesar de su defecto, resulta en un hallazgo valioso. Pero estos productos se desvanecen como aparecen. Los personajes no proyectan una sicología compleja por la fugacidad de su presencia.

El gran tema social de este relato –la corrupción de poder-, resulta poco elaborado. Es probable que la apretada síntesis que intenta Velásquez trabaje contra sus propósitos. Esta narración, insisto,  debió ser más extensa y más trabajada. La década del 1990 así lo reclamaría. La corrupción no es un asunto nuevo: solo es un viejo alarde repintado que eternamente retorna con facciones nuevas como las modas cosméticas o las vestimentas de invierno. Por lo demás, desde el sonado caso de Jorge de Castro Font, se ha hecho necesario aceptar que la corrupción es un hecho de todos los días, consustancial al orden en que se vive. Pero eso no es suficiente y a la postre lo que estimula en una lección de pesimismo que algunos, yo no, condenarían.

El ángel del verso de Francisco R. Velázquez, deja a Dolores Cardona, una detective sin ideales al servicio de un capo innominado que le agradece la destrucción moral y emocional de Ernesto Casillas. El final no está en ninguna parte: la historia continuará, es probable, como la vida misma que tampoco termina. Pero en ninguna parte se sugiere la posibilidad de una  traición. Ese no es el lenguaje de estos personajes hundidos en el fangal del mundo. ¿Una lección cínica?  Es posible, pero la vida está tan llena de ello, que nadie debería sorprenderse, nadie.

Policíacas: comentarios sobre el subgénero en Puerto Rico (I)


  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

¿Es posible que la novela policíaca represente la plenitud de la conciencia política en tiempos de disolución del compromiso social?  Eso me sugirió en una ocasión  un novelista al que admiro y respeto mucho: Elidio La Torre Lagares. Ni siquiera recuerdo en qué momento ocurrió  el evento. Fue en medio de una de esas largas conversaciones que entablamos como resultado de  la casualidad de un encuentro o al cabo de la presentación de alguno de sus libros. La idea me dado vueltas en la cabeza desde aquel remoto entonces.

Cuando me correspondió prologar políticamente la antología de poesía que publiqué con Alberto Martínez Márquez, El límite volcado (2000), me vi forzado a evaluar el compromiso social en lo que entonces veía como nuevos poetas con nuevos lenguajes literarios. Hablé, recuerdo, de un “callado compromiso”, que contrastaba con los alardes triunfalistas y el reclamo a todo pulmón que dominó, por ejemplo, a la Generación del 1960 y que tantos equívocos produjo en su momento. En verdad lo que veía en el año 2000, era que la nueva generación resultaba menos pretenciosa e idealista, pontificaba menos y aceptaba una posición menos protagónica en el orden y el proceso de cambio social.  Si esa actitud desembocaba en conservadurismo o en la renuncia a la vida heroica, era otra cosa.

Todavía a la altura de 2011, estoy convencido de que el problema no radica en la disyuntiva de estar comprometidos o no con la humanidad, sino en la actitud que se adopta cuando el escritor, por medio de su obra, reinventa la vida social y la poetiza (re)fundándola en la palabra. La sensibilidad del escritor, enmascarada a veces en el cinismo o apoyada en la piedad más irrisoria, siempre es el resultado de una transacción con la vida ridícula que le rodea. Una vida en la  que el poder y sus ejecutores se pavonean en la inmundicia o con los problemas de la escasez, la violencia o la crueldad rampante. En cierto modo, la evaluación de esa crisis, me ha forzado a volver a la Novela Policíaca con tanta avidez en los últimos meses.

Después de todo, algunas de la piezas claves en el derrumbe de la Novela tal y como la inventó la Modernidad desde los nichos del Romanticismo, el Realismo Social y el Naturalismo, son narraciones policiales que sembraron la semilla de la incertidumbre en el seno de la imago mundi dominante. La Novela Policíaca de corte Existencialista Fenomenológico, y aquellos ejercicios que se  ubicaron en la frontera de la Anti-Novela, fueron claves para el desenvolvimiento de  la Cultura Literaria Postmoderna.

El asunto despierta mi interés precisamente porque la trama policial es el producto racional por excelencia, poseedor de una arquitectura dominado por una lógica inflexible que, teóricamente, existe para plantear un misterio y debe conducir a su resolución definitiva y final –el hallazgo de la Verdad– del mismo modo que lo pretendía la Ciencia de raíz newtoniana. El desencaje más abrupto ocurre cuando se ejecuta todo ese ejercicio y se decide que la Verdad no aparecerá, por lo que la Racionalidad y la Ciencia, resultan traicionadas por el imperio de lo incierto.

Dos casos narrativos llamaron siempre mi atención en esta dirección. Ambos son de 1956 y producto de dos distinguidos narradores de cultura francesa. Primero, La doble muerte del Profesor Dupont de Alain Robbe Grillet, vuelta a publicar posteriormente con el título de Las gomas. Wallas es policía o asesino, Dupont podría estar o no muerto, la verdad se reduce a la volubilidad de la hipótesis y, en el proceso, la narración se descoyunta, es demolida e inorgánica. La novela ¿deja de ser novela por ello? ¿el carácter policial se diluye por la ausencia de una verdad?

La otra es  Retrato de un desconocido de Nathalie Sarraute en la cual Jean-Paul Sartre leía una parodia de las “novelas de indagación” que es casi como decir una burla de la búsqueda de la Verdad. El personaje, aficionado a las técnicas detectivescas, y cercano al voyeurismo, inventa misterios tras  la vida trivial y aburrida de un padre y una hija bastante adultos y gastados que a nadie llaman la atención. La búsqueda del personaje, en fin, no conduce a ninguna parte porque más allá de aquella ordinariez no hay nada, solo las fantasías del mirón furtivo. ¿No habrá detrás de ese aserto una parodia dura de las presunciones de toda ciencia o de toda filosofía?

Las novelas policíacas puertorriqueñas que me ocuparán en las próximas páginas no albergan  ese tipo de  pretensiones. Más bien encajan en el marco de lo que fue la Novela Policíaca tradicional, tan vinculada al proyecto Racional y a la aspiración de Universalidad heredada de la Ilustración y del Siglo de la Ciencia. Por su lenguaje y su estructura, recuperan el artificio del engranaje del misterio y su resolución con maestría. Pero  la vez se insertan en el ideal del Romanticismo, el Realismo Social y el Naturalismo, en la medida en que cumplen con el deber moral del comentario social. Después de todo, esa ha sido la “naturaleza” pretendida de la novela, como género que mejor significa la Modernidad: la de ser un espejo o speculum del mundo económico, social y cultural que permite su producción.

El caso de Wilfredo Mattos Cintrón y sus Desamores (2001), y el de Francisco R. Velásquez y su relato El ángel del verso, escogidas muy al azar, me servirán de modelo para elaborar un comentario sobre la situación del subgénero en Puerto Rico y el papel que puede cumplir en la literatura presente y futura. Desterrado del nicho universitario, moviéndose como quien repta en círculos de heterodoxos elitistas que confían demasiado en su excepcionalidad, estas narraciones son piezas para leerse en una banca de La tertulia de Río Piedras o en un bar de la capital después de varios tragos. Pero también podrían ser leídas en otros espacios menos exclusivos. Me consta y espero que así sea.

Seva: historia de una (re)lectura


  • Mario R. Cancel
  • Escritor e historiador

A Víctor Cabañas, colega tan ficcional como yo

La pregunta que me hago es sencilla ¿por qué vuelvo a leer este cuento?  Hace apenas 3 días volví ese relato clásico y escandaloso y la sensación fue como, en cierto modo, parecida a  la de la primera vez. Por eso voy a tratar de contestar esta interrogante personal del modo más intempestivo y peligroso. En diciembre de 1983 cuando me enfrenté a Seva en las páginas de un semanario socialista, me asaltó la misma emoción del hallazgo que invadió a tantos ilusos. Se trataba de una sensación contradictoria entre el dolor y la furia. Por aquel entonces yo acababa de cumplir 23 años, me habían expulsado de dos recintos del sistema público universitario por mi activismo político y, prácticamente. Era testigo de cómo se disolvían mis sueños de ser un historiador profesional.

El autor y Luis López Nieves

En 1983 ser historiador profesional significaba ser un cazador de la verdad más verdadera en el oscuro panorama colonial que se vivía. La verdad se hallaba velada por el manto de la mentira heredada o bajo el poder y la impertinencia del Otro y sus aliados: la intelectualidad colonizada. Seva cumplió aquel empeño por la verdad de la manera más cruda apoyándose en la fuerza de un mito procaz y morboso.  El descubrimiento de la masacre de un pueblo de la costa este de Puerto Rico por los invasores del 1898, era el mecanismo más apropiado para combatir en aquella época en que reverdecía la Guerra Fría bajo el palio del dueto Reagan-Thatcher. Yo era uno de aquello jóvenes que, desde la izquierda radical,  veían crecer aquel rejuvenecido derechismo, a la vez que reconocía la precariedad del Socialismo Real y las ficciones seniles con que trajinaba el Nacionalismo Cultural Hispanófilo domesticado por la cultura del populismo más conservador. Ninguna coyuntura podía ser más auspiciosa para el burla burlando, como el “Soneto de repente” de Lope, que acababa de producir Luis López Nieves.

Seva salió, ahora lo reconozco desde la comodidad de mi escritorio, un 23 de diciembre, dos días antes de la Natividad en el periódico Claridad, órgano en aquel entonces del Partido Socialista Puertorriqueño. La semana del 23 al 29 de diciembre terminaba en el Día de los Santo Inocentes. López Nieves y Luis Fernando Coss, entonces Director del semanario y a quien había conocido durante la huelga universitaria de 1981, completaron el lance perfecto. El problema no radicaba, pienso ahora, en el hecho específico del engaño o de tomarle el pelo a la gente. En aquel entonces la gravedad radicó en la cuestión de a quien le tomaron el pelo: a los historiadores más adustos, a los nacionalistas más comprometidos y a un segmento visible de las vanguardias políticas consideradas conscientes. La imagen retraída del intelectual objetivo, capaz de apropiar con sobriedad y desapasionamiento la realidad y de convertir el conocimiento era un instrumento eficaz de lucha, quedó en entredicho. Su capacidad para discernir entre lo posible y lo deseado, también. La procacidad de López Nieves lo colocó en una posición peligrosa y en objeto de unos medios de comunicación masiva que todavía resultaban amenazantes para las generaciones intelectuales dominantes.

Las elites intelectuales que adoptaron la ficción o lo deseado como una posibilidad, pisaban un terreno movedizo. Parecían malsanamente ansiosas por la posesión de la memoria de aquel hipotético derramamiento de sangre. Los hechos contados en Seva eran tan patéticos que podían opacar o devaluar la sangre nacionalista derramada en Ponce en marzo de 1937. Por la fecha en que surgieron, venían a mezclarse con la de dos chicos torturados en el Cerro Maravilla apenas en julio de 1978, conspiración que apenas comenzaba a develarse en toda su crueldad por aquel entonces. En verdad en el ambiente había mucho acelerante presente: el ficticio diario de Nelson A. Miles, citado por el inexistente historiador Víctor Cabañas, suprimía la descripción de los combates de los yanquis con los valientes sevanos entre el 6 de mayo y el 6 de junio de 1898 y lo reducía todo a una mera sugerencia de la estadística de los muertos.

La sangre y la violencia que se percibía por todas partes  en tiempos del atropellante Romerato, fue responsable de que la resistencia derrotada de los inexistentes sevanos causara aquel furor acompasado a los tristes acordes del leitmotif  “Seva vive”. Ni Betances, ni Hostos, ni José Maldonado el Águila Blanca, ni los combates de la Patrullas Volantes o Macheteros, habían sido capaces de levantar el diezmo de aquellas pasiones arracionales. De una manera oblicua y cínica, los vociferantes demostraban que no se equivocaban: las luchas políticas en Puerto Rico necesitaban de la ficción para mantenerse vivas.

La eficacia de Seva demostró que el desgano con el pasado heredado era una realidad exuberante. El país podía tener el pasado heroico o trágico que quisiera. Pero estaba constreñido a la posesión insegura del pasado que se merecía y en consecuencia, como podrían concluir  los buenos Liberales Progresistas, tendría que ajustarse al futuro que se había labrado. Seva demostró que la Nación, como había sugerido Ernest Renan en 1882, dependía también de “el error histórico”. Renan decía que “los estudios históricos (son) a menudo un peligro para la nacionalidad”.  López Nieves demostraba que la Literatura Creativa también podía serlo y de un modo más radical que la misma Historiografía. Hoy pienso que, después de Seva, los años de labor de creación de un orgullo nacional colectivo respetable que habían invertido los historiadores, resultaron perdidos. A los lectores les alcanzó el gatillo de la mentira bien urdida de un cuentista que dejaba morir felizmente  a 720 de 721 sevanos a manos de los yanquis para sentirse de otro modo.

Desde mi lectura de Seva en 1983 me cuestioné lo que significaba ser un historiador profesional. Yo era un tipo con carácter: no me gustaba que me engañaran. Algunos de mis maestros en la disciplina, pienso en Germán Delgado Pasapera, resintieron la publicación de aquella infamia ficcional de López Nieves y lamentaron su capacidad de adulterar el pasado y seducir a la recta razón. A mí me demostró que entre la Razón y la Pasión solo pende un hilo. También me aclaro que la relación del sujeto cognoscente con la realidad o la ficción, solo depende de la actitud y la decisión del sujeto. Claro que el cuento de López Nieves no tenía esas intenciones filosóficas ni nada por el estilo: el cuentista jugaba con la inocencia colonial más larvada de las clases políticas locales a la vez que configuraba su fisonomía de escritor a la manera de un Orson Welles tropical. Seva me convenció de que para ser historiador profesional, había que aceptar la idea de que ello conllevaba mucho de juego.

Posfacio en una tarde nublada

Hoy soy historiador bona fide si es que tal cosa como un historiador de buena fe sigue siendo posible. Publiqué mi primer libro de historia en 1994: una fría biografía crítica de Segundo Ruiz Belvis y su tiempo. Desde 1997, me sedujo aquel cambio de siglo tan lleno de (im)posibilidades, retractaciones y (anti)heroísmos. He publicado numerosos trabajos investigativos e interpretativos sobre el 1898. Hace apenas dos semanas, presenté mi último título al respecto en La Tertulia de Río Piedras: Porto Rico: hecho en Estados Unidos, volumen que preparé con José Anazagasty Rodríguez. Sólo para profundizar la tensión, López Nieves estuvo allí conversando con nosotros sobre los pasados conspirativos.

¡Qué sinuoso es el tiempo! Con los años me acostumbré a la fluidez y la fragilidad de las verdades históricas: dejé atrás a los pontificadores de lo cierto. También me adiestré en la  contingencia de una cultura literaria. Comprendí que, cada día, la escritura se ve impelida a reinventarse si pretende asegurarse un nicho en la hiperrealista (des)organización del mercado global desenfrenado. Hasta he llegado a aceptar con una sonrisa cínica que el pasado está determinado por el presente, y no del otro modo. También me he convencido de que la escritura literaria es un palimpsesto y que el papel ideal para imprimirla es el cadáver de los que nos antecedieron.

Me parece que esa es razón suficiente para volver a leer ese cuento.

Nota: ¡Dios mío! Acabo de darme cuenta de Víctor Cabañas se equivocó: aquel Luis M. Rivera, no fue el padre de Luis Muñoz Marín y el esposo de Amalia. Aquel individuo sabía inglés y el viejo autonomista de Barranquitas no. A la desaparición del historiador en la zona de Ceiba, debo añadir la búsqueda de la identidad de aquel traidor.

Sobre Correr tras el viento de Elidio La Torre Lagares


  • José E. Santos
  • Escritor y profesor universitario

La más reciente oferta narrativa de Elidio La Torre Lagares, Correr tras el viento, constituye una puesta en diálogo entre la tradición literaria de corte marginal y la anclada  en los recursos propios de la modernidad.  El texto se presenta como una versión puertorriqueña del “pulp”, siempre al acecho de la vigilancia incisiva del lector y atenta a empujar los límites de la caracterización hasta rozar la caricatura, ejercicio con el que La Torre Lagares logra crear un novedoso y heterogéneo espacio para la reflexión de la realidad insular. El texto, cuyo capítulo inicial entronca con el final para comenzar / cerrar la trayectoria, anuncia la ineludible fatalidad en la presentación de su protagonista, Brad Molloy, intelectual atípico y criminal disparatado que administra una chocolatería en San Juan en que de manera solapada vende un afrodisíaco, el San Juan Sour, bombón que promete a sus usuarios los secretos de Eros.  La entrada de Brad al mundo del lector presagia las pugnas conceptuales que han de amoldar el texto: “De la basura fétida que flota en la estela de sus sueños, Brad Molloy sabe que sólo queda la permeabilidad de su memoria.  Todo lo que es ─la suma de lo que fue─ se desvanece como un poema inconcluso hecho de nada.  Y es que, de forma repentina, le ha colmado a Brad la decepción de admitir que la subsistencia es formulación repetida, epifanía que le llega así volcada con violencia, sin espacio para otra reflexión que no sea enfrentar que no hay nirvana posible sin Aura Lee” (11).  De entrada es la memoria quien queda, lo que anuncia un devenir anclado en la repetición, y en la precariedad de la experiencia amorosa. La búsqueda, que será multiplicada por la cadena de sucesos, cuaja y amasa una comedia de enredos letal, en la que se negociará constantemente por la vida, y en la que toda negociación se fundamenta en la soberbia irremediable del temperamento criminal.

Al lector se le ofrece además desde el comienzo el regalo de la teoría.  El San Juan Sour representa dos elementos fundamentales de la estructuración literaria.  Por un lado hace referencia al “fármaco”, la noción platónica y derridiana de entender el texto como sustancia que modifica, como el ingrediente que logra que su usuario cambie y entre a un estado alterado de consciencia.  La lectura es el fármaco más poderoso.  La condición de afrodisíaco del San Juan Sour garantiza tanto la pertinencia como la intensidad de esta “sustancia”, que apela a la apetencia más fuerte y originaria del ser humano.  De igual manera el chocolate modificado se entronca con la noción del meollo y la corteza, es decir, la idea de que todo lo que se muestra esconde dentro de sí el sustento de su significación.  Logra de esta manera La Torre comenzar rutas paralelas y productivas de lectura.

A Molloy lo acompaña su asistente, el joven Dolo Morales, personaje que a modo de Sancho o de Clarín adereza el motivo trágico de su jefe con su personalidad  irreverentemente creativa.  Ya el nombre es productivo.  Al sugerir la idea del “engaño a toda ética” prepara al lector para las contradicciones que nutren su proceder.  Desde el sentido común hasta la pérdida de toda mesura, Morales da pie a que La Torre inserte una reflexión problemática del ámbito cultural popular, que corona con la explícita bisexualidad del joven adepto al reguetón, inversión singular que desmitifica mores subculturales formidablemente.

El otro elemento que incide en la caracterización de Brad Molloy es su amada, la perdida Aura Lee que regresa del pasado como la esposa enigmática de Paco Juárez, ampón que hace las veces del némesis accidental de la trama.  El violín extraviado del mítico violinista Brindis de Salas llega a las manos de Brad y de Dolo.  Al negocio entra una secuela de personajes del bajo mundo que buscan el preciado objeto.  Un matón del grupo de Paco Juárez, Hammer, lleva a los chocolateros ante el temido ampón, y es allí donde Brad vuelve a ver a su amada.  Se inicia así un baile de miradas y palabras furtivas, de historias del pasado que reviven, de turbas y tropas caribeñas y rusas que bañan y se duchan en violencias surtidas.  Sin embargo, el amor, una vez más proclama que no hay futuro, que no hay segundas oportunidades, y que todo pensamiento que se sustenta en la esperanza perece entre neblinas.

El texto a su vez muestra una interesante alternancia en el aspecto discursivo.  Se enlaza el andamiaje de la novela negra con el de la novela policial, y en instantes fundamentales, con el de la narrativa existencialista.  Los hampones debaten y atan cabos como detectives, los policías se portan y maquinan como matones desalmados, y la voz interior de Brad Molloy filosofa y pasea por el espacio de la sensatez a la vez que se lanza por las cuestas de la ansiedad y la melancolía.  El texto, en este sentido, propone a través del humor un rastro de esperanza.  Contrasta este gesto con el sumidero existencial en el que habita Manolo, personaje central de Sol de medianoche de Edgardo Rodríguez Juliá, texto con el que se puede entablar un diálogo de fondo, sugerente y humano.

La Torre Lagares nos deleita así en Correr tras el viento con la fascinación de los dobles.  El binomio más importante en este sentido es el de las historias de Brad Molloy y Brindis de Salas.  La ruta accidentada de la primera se alimenta de la intensidad de la segunda, que le sirve de pegamento, de masilla.  La novela en su totalidad aparentaría jugar con la noción de ser un doble, de recordar la reincidencia incesante de la literatura, gesto que vuelve a acentuarse en el instante de explícita autorreferencialidad que abre el capítulo titulado “El camino abierto”: “El camino de regreso a la mansión de Paco Juárez le recrea a Brad Molloy la familiaridad de lo ya visto.  San Juan le parece impresionantemente inútil en este momento.  Tantos espacios, tanto aire, tantos textos entremezclándose unos con otros, como la yuxtaposición de historias que no tienen nada que ver unas con otras excepto por dos cosas: quiénes las leen y dónde las leen” (218).  Tanto Brad, como el lector, saben que este camino ya se ha andado, y que el único sustento posible es retardar lo inevitable.  La Torre nos invita a una peregrinación conocida, pero seductora.  Al final nos aguarda la satisfacción de sentirnos saciados, llenos de sentido y de chocolate.

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