José E. Muratti-Toro: apuntes en torno a una novela indianista


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor
Comentarios a Mensajeros de los dioses. San Juan: Editorial 360°, 2017: 180 págs.

Una introducción

Mensajeros de los dioses es una novela juvenil de tema indígena redactada en un país que atraviesa por tiempos de crisis material y espiritual. Las afirmaciones que acabo de hacer no dejan de sorprenderme un poco. Por un lado, una “novela juvenil” tiene es una lectura formativa que posee cierta finalidad ética y pedagógica. Por otro lado, el hecho de que la misma apele a la tradición “indígena” que, mitificada y simplificada al extremo por el sistema educativo público y privado ha perdido consistencia, tampoco es asunto de poca monta. La forma en que relaciono esos dos hechos con el concepto de “crisis” y disolución de una ilusión de progreso y modernidad que vive el país y los jóvenes que enfrentarán este texto, puede parecer disonante y hasta de mal gusto pero algo me dice que no es así.

José E. Muratti-Toro

Lo que me conduce a hacer esas aseveraciones es la sensación de que Mensajeros de los dioses ha sido pensada como una llamada de atención sobre lo que significa ser puertorriqueño hoy y, a la vez, ofrecer una alternativa a esa necesidad que consume a todo discurso identitario de ponerse al día acorde con las circunstancias que la retan.  Esta bien articulada narración reevalúa la  imagen que se le ha ofrecido a las juventudes sobre un aspecto clave de lo que se presume como pasado colectivo. Si el presente es la plataforma desde la cual se puede apropiar una imagen del pasado con el fin de preservarla como memoria o transformarla en historia, volver sobre el asunto de lo indígena con el fin de orientar a los jóvenes en su proceso de autodefinición es un proyecto loable.

Los “retornos” reflexivos y creativos a los “orígenes” no son una novedad cultura. Muratti-Toro no ha descubierto un territorio virgen en el marco de la literatura nacional. Desde que repuntó a mediados del siglo 19 una conciencia de la diferenciación de la identidad respecto a la hispanidad vista como el “otro” y no como el “nosotros”, el tema de la percepción del indio, nombre genérico y ambiguo con el cual el descubridor y el conquistador codificaron a los naturales, había estado presente en la literatura criolla emergente.

Esa figura, tan poco conocida en aquel siglo, había dejado de ser un código etno-racial que se usase en los censos para clasificar a ningún insular desde 1787. Los años lo habían convertido en el referente de la más remota, mítica y romántica imagen que habían dejaron los conquistadores desde su intrusión en el entorno insular. El indio, como se deriva de la descripción de los campesinos insulares en la obra de 1787 de Iñigo Abbad y Lasierra, era tratado como la antítesis de la europea moderna que había puesto al territorio en la corriente de la historia moderna. En una época en la cual el culto a la indagación de los orígenes era una regla, no podía ser de otro modo.

La relevancia de lo indígena en el proceso de toma de conciencia de la diferencia,  explica el interés de figuras como Alejandro Tapia y Rivera, Daniel de Rivera, Ramón Emeterio Betances Alacán y Eugenio María de Hostos Bonilla, por ejemplo, en trabajar este asunto en otro escenario de crisis, las décadas de 1850 y 1860, en el momento en que la pregunta respecto a si  debía Puerto Rico seguir siendo parte del “nosotros” hispano seguía siendo plausible. Que la respuesta a esa pregunta fue bastante heterogénea lo demuestra otro hecho. El historiador católico conservador Salvador Brau Asencio, a la hora de formular una concepción de lo que significaba el indio para la cultura y la civilización puertorriqueña en 1882,  devaluaban su papel histórico. Sus conclusiones se apoyaban en un Positivismo chato cargado de argumentos culturalistas y raciales que miraban al indio con la conciencia del conquistador, no la del conquistado. Tanto en las décadas del 1850, el 1860 como en la del 1880, y en esta del 2010 si se me permite la metáfora, Puerto Rico se hallaba frente un abismo inescrutable y lo invadía el vértigo. En el siglo 19 la reacción de mareo lo condujo a la resistencia y posteriormente a la derrota. Eso fue lo que sucedió en Lares 1868 y en Aibonito y Ponce en 1887. No sabemos hasta donde lo conducirá en el presente pero la lectura de este libro nos puede dar unas pistas.

Lo cierto es que, los españoles de todos los tiempos, fueron los principales responsables de que el “nosotros” que habían cultivado a Dios rogando y con el mazo dando se disolviera en los callejones de la “otredad”. Desde que se pivotó ese proceso, el indio fue un dispositivo esencial para ese fin. El regreso del indio a fines del siglo 20 no es un asunto de poca envergadura. Algo me dice que mirar hacia el pasado remoto, el menos conocido, el más mitificado parece ser una alternativa para reinventar la conciencia nacional ante el nuevo abismo ante el cual flaquea la nación.

La configuración de una historia

El hilo narrativo se teje alrededor de la figura del joven Inriri y su inusual familia. Un padre ausente de presencia misteriosa, Guarón; una madre, postrada, Anaó; y Adaia, una hermana deforme que recuerda los caracaracoles de los mitos recogidos por el fraile Ramón Pané. Este complejo personaje, Inriri, se encuentra bajo el cuidado de un behique inteligente, realista y escéptico, Nibagua, y la disciplinada vieja Guainía.

Inriri es un soñador y un visionario que aspira equipararse a su mítico padre Guarón, un guerrero del cual pocos hablan. La forma en que Muratti-Toro inventa a Inriri, pone al lector a vacilar entre la posibilidad de que este se convierta en un guerrero extraordinario o en un behique original y visionario. El guerrero extraordinario se manifiesta en el relato de su conflicto con Jancio por el amor de Anaí, en su defensa del honor de Nibagua y su padre Guarón, y en su respuesta a la traición de Jancio al apoyar a Caonabó, el guerrero caribe, quien agrede a su comunidad. El hecho de que Nibagua muera a manos de Jancio durante la fallida agresión del dirigente caribe es la gota que colma la copa.

Pero Inriri también posee la complejidad de un hombre mágico. El hecho de que sus visiones oníricas orientarán a Nibagua en el momento en el que los caciques le exigían una interpretación confiable sobre el mito amenazante de “las canoas con alas blancas”, permite a cualquier lector cuidadoso imaginar a Inriri también en el papel de un original behique. Muratti-Toro consigue que en el chico la sabiduría y la fuerza confluyan. Si esta novela continúa y esos parecen ser los planes, el autor tendrá que hacer una selección en torno a cómo sobrevivirá Inriri: como guerrero o como mago.

En alguna medida, la riqueza plástica de este personaje está sugerida en el nombre. En el capítulo 7 de la obra del citado Pané titulado “Cómo hallaron remedio para que fuesen mujeres”, que comenta la regeneración de las mujeres sobre la base de los seres celestes que llegaron ante los hombres ansiosos de reproducir, Inriri Cahubabayael, el ave pico o el pájaro carpintero, posee una fuerza erótica o creativa extraordinaria que, imagino, tuvo que ver con la decisión de Muratti-Toro en torno al nombre de este personaje.

Sobre esa base el autor elabora una narrativa que fluye con facilidad. En la misma se dibujan con precisión, además de los instintos y los conflictos del indio común, los choques con los caribes, un elemento identitario de presumible gran peso en la definición del “yo” de los habitantes de Burenquén o Boriquén, a la vez que se aboceta el futuro ingreso de los hispano-cristianos y los africanos negros, situación que apenas se sugiere al final en la novela. No puedo pasar por alto la fortaleza que adorna a una parte de las figuras femeninas invitadas a esta narración, Guainía y Adyazel, por ejemplo. Es cierto que sorprende pero no choca. Por el contrario, encaja en un mundo social y cultural moldeado por los valores matriarcales más celosos y naturales.

 

Una valoración tentativa

No se trata solo de la articulación de un relato coherente que deja al lector ante una frontera predecible, la del 1493 del encuentro o del descubrimiento bidireccional. La estructura de esta novela es un acto de subversión creativa por la forma en que el autor distribuye la matemática de los componentes de una (posible) conciencia de lo puertorriqueño. Sin duda, la mirada del 1493 ha estado dominada por la manía de querer entender al “encontrado” con los criterios del “descubridor”. El procedimiento ha convertido al “descubrimiento” en un proceso que se imagina de una sola trayectoria que no es capaz de visibilizar o siquiera imaginar la reacción del indio ante el que no lo es, una figura que de inmediato se transforma en su opuesto.

Aunque Muratti-Toro conserva la interpretación cultural tríadica racial y culturalista dominante desde el siglo 19, se atreve a revisar el balance del papel de cada una de las tres tradiciones que, se presume, configuran la identidad colectiva. La cosmovisión y la mirada del indio dominan los capítulos 1 al 10 y el 12. La de los hispano-cristianos y los africanos negros forzados por aquellos a la esclavitud, se enseñorea en los capítulos 11, 13 y 15. No se trata solo de eso: el indio se abre a una pluralidad en donde incluso el adversario caribe, tan enemigo del taíno como el hispano-cristiano que está por llegar, se convierte como debe ser en parte integrante del “yo” que se dibuja en el indio. De ese modo, el indio no se reduce al “taíno” de una antropología cultural simplificada, sino que se proyecta como el resultado de un conjunto cultural más amplio que se extiende desde Yucatán, pasando por las islas, hasta el Orinoco. La penetración hacia el pasado remoto que culminó en el indio que Muratti-Toro trabaja, se sugiere con sumo cuidado por medio de las referencias a una mítica poética rica que ya conocíamos por medio del antes mencionado Pané.

Se trata de una economía textual que subvierte la imagen dominante de ese proceso: el descubrimiento fue una de las claves de temprana modernidad europea. En alguna medida, Muratti-Toro ha echado mano de lo que Miguel León Portillo (1959, 1964) y Nathan Wachtel (1971) denominaron al mirar a Perú y México, la “visión de los vencidos” o el “reverso” de la conquista con el fin de articular una propuesta no convencional del proceso. La interpretación “estructurada” del orbe que se expresa en los capítulos que giran alrededor de Inriri, se encamina a la “destructuración” inevitable en la medida en que “las canoas con alas blancas” se materializan en el horizonte.

De ese modo, la organización de los acontecimientos y la estructura capitular de esta novela son el fundamento de una concepción alterna de la cultura que choca con una parte significativa de la tradición por lo menos hasta 1950. Aquí el indio posee una agencia y una autonomía que hace posible apropiarlo imaginariamente, si obviamos que se trata de un texto elaborado en el siglo 21, solo y sin el “otro”. La distancia que este procedimiento retórico plantea con respecto al de, por ejemplo, Manuel Méndez Ballester en 1938 en su Isla cerrera y otros títulos, es evidente. Esto significa que el que mira el pasado es otro y que, los retazos, desechos y huellas con las que se topa, son interpretadas y reacomodadas de manera distinta.

 

Un último comentario: para una identidad comunitaria

El  hecho de que Muratti-Toro se identifique como originario de una región del país, el oeste de Puerto Rico, y se sienta vinculado a una comunidad concreta,  Hormigueros, ha tenido un peso particular en la arquitectura de su narración. A fines de la década de 1970 y principios de la del 1980, maduró en ese pueblo un interesante debate del cual fui parte, según he referido en la introducción de mi libro De Horomico a Hormigueros: 400 años de resistencia (2016). Los extremos de la querella cultural tenían que ver con la identidad local y su formulación. Ante una tradición hispánica fuerte y curtida que giraba alrededor de la Ermita, hoy Basílica Menor, de la Monserrate, un grupo de jóvenes llamábamos la atención sobre el papel que podría cumplir en ese asunto el pasado indígena que algunos encontrábamos detrás del nombre del pueblo. El asunto tenía que ver con ese mito de los “orígenes” comunitarios naturales o hispano-cristianos y la legitimidad de cada uno de ellos. Se trataba de un debate sin solución pero resultaba comprensible en un momento en el cual los debates sobre la cultura y la defensa de ella se habían politizado y ganaban complejidad más allá del asunto del idioma. El secularismo de los que defendían la primacía del pasado indígena, representado en Oromico/Horomicos, y de los que miraban hacia un signo moderno, Segundo Ruiz Belvis y su gesta social, se convirtió en un problema en el cual la sacralidad del pasado cristiano-católico no debe ser puesta en duda.

En el contexto de una historia cultural de lo hormiguereño, Mensajeros de los dioses juega un papel relevante. A principios de la década de 1980 comenté con el poeta lareño Luis Hernández Aquino (1907-1988), un apasionado de lo indígena lo mismo como mosto esencial del debate identitario que como recurso literario, la riqueza estética potencial de ese orbe en el contexto de la  “nueva arqueología”, la “nueva narrativa” y la “nueva historia” local y regional que por entonces llamaba la atención de muchos. Algo de aquel sueño se cumple en esta obra. El escenario en que se desenvuelve la misma es esa zona oeste a que aludía en aquel momento, la misma que históricamente ha sido apropiada como una zona de oposición/anuencia al “otro” a lo largo de 5 y pico de siglos de historia. La riqueza de esa ambigüedad, San Germán hispano y anti-hispano, “yo” y el “otro” a la vez, está fuera de toda duda.

No se trata únicamente de la personalidad de la región. En medio de la compleja trama, la sombra del yucayeque de Oromico y de su behíque Mariol, acaba por ser la fuente inicial del agüero nefasto de las “canoas con alas blancas” cuyas consecuencias puede evaluar con precisión. En cierto modo, tal vez sólo en una medida prudente, la preocupación que compartí alguna vez con Hernández Aquino se va resolviendo. Algo consigue José E. Muratti-Toro para quienes, como yo, consideramos que poetizar esa parte de la memoria, esa materia prima del pasado que la historiografía puertorriqueña ha reducido a simple pretexto tras el empellón que condujo al país al itinerario de la modernidad, posee un valor apreciable para el presente.

Eugenio María de Hostos literato: La peregrinación de Bayoán


  • Mario Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

La gran novela del acervo hostosiano es La peregrinación de Bayoán, obra publicada en 1864 cuando apenas había cumplido 25 años. Se trata, por lo tanto, de otra obra de juventud. La visibilidad de este título tiene que ver con el hecho de que fue divulgada y reeditada en el siglo 19, porque cuenta con una extensa bibliografía crítica y en las colecciones de la obra completa del pensador mayagüezano, por su extensión, siempre ha ocupado un volumen aparte. El solo hecho de que el género de la novela fuese una flor rara en el espectro literario puertorriqueño del siglo 19 justifica su estudio a pesar de que otras novelas de aquel periodo no han corrido la misma suerte. Por último, el hecho de que su discursividad llamara la atención de figuras como Betances Alacán años antes de que iniciara su colaboración política con Hostos Bonilla, justifica una mirada detenida de la misma. Su presencia en el entretejido cultura y en el político es innegable.

El Hostos Bonilla de Rubildo López (1965- )

La justificación de la presencia de esta pieza en la genealogía de la novela puertorriqueña es comprensible a la luz de otro conjunto de consideraciones. Una tiene que ver con que, si le la lee cuidadosamente, su retórica encaja en la espiritualidad antillanista indianista que se desarrolló en un núcleo de escritores puertorriqueños en la década de 1860 al calor del “Romanticismo Isabelino” y que incluye nombres como el del olvidado poeta ponceño Daniel de Rivera, y figuras como Tapia y Rivera y el mencionado Betances Alacán, entre otros. El indianismo de Hostos Bonilla o su apelación al pasado prehispánico posee un aliento distinto, más cosmopolita que el de los tres mencionados. Su apelación al indio está llena de un vigoroso aliento presentista que, a la larga, creaba una fosa entre el rudo Urayoán histórico y el refinado Bayoán hostosiano. El indio en Hostos Bonilla era entonces una idea vacía de materialidad. Me parece que esa situación pudo haber sido interpretada como una expresión de desarraigo en ciertos lectores más acostumbrados a la fidelidad al texto histórico o al pintoresquismo romántico. Lo cierto es que el Bayoán de Hostos Bonilla no guarda proporción con el Otuké de Betances Alacán.

El otro juicio en el cual la crítica ha insistido es en que se perciba en la discursividad de la citada novela, escrita en un momento en el cual Hostos Bonilla era un pensador integrista neto y un defensor de las amplias autonomías provinciales al lado de España, la anticipación de pensador separatista antillanista confederacionista que la historiografía puertorriqueña ha manufacturado del activista posterior al 1869. Así me la presentó el novelista Carmelo Rodríguez Torres en 1986 en Mayagüez cuando me sugirió que escribiera una reflexión histórico-literaria sobre el antillanismo en aquellas páginas. El argumento de que el Hostos Bonilla el integrista debía ser apropiado como un preludio inevitable del separatista, una concesión al progresismo vulgar, tiene por otro lado el efecto de minusvalorar un esfuerzo literario que posee valores intrínsecos.

El hecho de que nunca se haya pedido lo mismo con respecto a La tela de araña (1863) resulta demostrativo. Claro que el texto de 1863 es menos conocido que el de 1864 y que la discursividad de aquella novela no parece apropiada para politizar su retórica en lo que a Puerto Rico se refiere. De hecho, Puerto Rico brilla por su ausencia en La tela…Pero lo cierto es que la arbitrariedad prospera por todas partes y la predilección de los Hostosianos por el prócer separatista obscurece la imagen del que no lo fue y mutila la comprensión de su desenvolvimiento intelectual e ideológico como una totalidad. Lo cierto es que el antillanismo fue un concepto y una ideología polisémica que, en ocasiones miró hacia la separación, pero en otras se pensó en el marco de la integración o asimilación a España de la mano del autonomismo provincial. Incluso el proyecto de unión antillana sirvió de bastión de apoyo a principios del siglo 19 y del siglo 20 para adelantar la causa de la anexión a Estados Unidos.

La imagen de Hostos Bonilla separatista independentista, así inmovilizada, se nutre de los actos posteriores a su distanciamiento de la Revolución Gloriosa de 1868, y de su desencanto con la hispanidad que legitimó su regreso a América desde París vía Nueva York. Desde mi punto de vista, que no es el de un crítico literario ni el de un hispanista sino el de un estudioso de la historia y la cultura, la notabilidad de esta obra no debería medirse con ese tipo de criterio aunque tampoco me interesa censurar a quien lo hace. Me parece que La peregrinación de Bayoán es, por sí misma, lo mejor de la novela postromántica reflexiva puertorriqueña.

 

Un juicio teórico cuidadoso

Esta narración tiene, otra vez, la estructura de un diario como “La última carta de un jugador” en este caso combinada con la de una bitácora de viaje. Algunos de sus estudiosos han llamado la atención respecto a la analogía que muestra su procedimiento narrativo con la bitácora del Almirante Cristóbal Colón en la cual pormenorizaba con una inflexión de sorpresa los hallasgos resultado de sus viajes de exploración y descubrimiento de Indias. El tono reflexivo, íntimo y emocional vuelve a imponerse en la textualidad, procedimiento que el autor prefiere porque le permite proyectar la conflictividad del mundo en el cual se mueve filtrada a través de su intensa y pasional personalidad:  Hostos Bonilla es un fractal de las Antillas.

El intelectual y activista se reconoce incapaz de “tomar distancia” de lo que ve o de mantener una mirada racional y fría del suceder. Reflexionar es vincularse o, dicho de otro modo que recuerda las reflexiones de Voltaire a Carlos Marx, no basta conocer el mundo: se hace imperativo cambiarlo. El pensador krausopositivista, racional y científico que hay en él convive, armónica o inarmónicamente, con el romántico vehemente que le compite el espacio. Se trata de un agresivo doppelganger que me trae a la memoria el hecho de que un ser humano es un animal de extremos. La misma impresión me produce el Betances Alacán, brillante médico y cirujano vinculado al Vitalismo Científico formado en las mejores escuelas francesas de su tiempo, cuando se derrumba emocionalmente ante el deceso de su prometida María del Carmen Henry Betances. En el caso de la narración del caborrojeño el pretexto literario me remite al “William Wilson” de Edgar Allan Poe, uno de sus modelos. En el del mayagüezano la metáfora no me parece suficiente.

El dualismo de este texto no termina allí. España y América eran parte consustancial del complejo conjunto de contradicciones que agobiaban al autor. Cuando publica su libro en 1864, ya las Indias míticas del siglo 15 se habían convertido en América, Hispano-América o Colombia soberana del 19. En aquel momento, la retórica cultural del “Romanticismo Isabelino” se había encargado de llamar la atención sobre Colón, aquella figura histórica vinculada al pasado del reino y a sus orígenes, cuyo papel en la configuración de la imagen moderna del mundo había sido presuntamente clave apreciación que no pongo en duda. Para Hostos Bonilla la figura heroica de Colón también representaba una “facultad maestra” en el sentido en que Thomas Carlyle le había dado a ese concepto: el “deber de civilización”, uno de los más loables para un pensador progresista moderno según lo anota en su Moral social. Colocarse de manera metafórica en el lugar de descubridor de Indias e invitar a España a redescubrir América en la medida en que Bayoán la descubre era un reto intelectual extraordinario y original.

La inclinación por la imagen grandiosa de Colón y su tiempo era comprensible. La España decadente de la década de 1860 necesitaba de aquellos símbolos para alimentar su nacionalidad y la constitución romántica del pasado -la retrotopía, diría Zygmund Bauman-, resultaba ineludible. Una crisis social y política en su alter ego hemisférico, Estados Unidos a quien había ayudado a liberarse y su guerra civil, era un buen momento para ello. Colón era, después de todo, inocente de los desmanes de la monarquía autoritaria del siglo 19. Mirarse en la grandeza pasada cuando se acercaba la fecha de un cuarto centenario de los descubrimientos geográficos en 1892, estimular el orgullo por el pasado de la “España descubridora” y la imagen de “Madre Patria” cultivada en medio de  la “euforia de ultramar” que condujo al reino a intentar recuperar una parte del imperio perdido atacando uno de sus eslabones débiles como lo era la República Dominicana, chocar con los jóvenes Estados Unidos, todo ello contextualiza el juego que Hostos Bonilla ejecuta en su novela de 1864. No se puede pasar por alto que, en aquel año, el mayagüezano todavía se sentía español, era integrista, creía en un futuro posible de las Antillas al lado de España y aspiraba a ser reconocido como una luminaria intelectual en los espacios culturales de la península.

El “viaje” del personaje Bayoán se equipara a una “peregrinación”, esos desplazamientos votivos a un lugar sagrado o santo con el propósito de recuperar algo que se ha perdido o manifestar una “acción de gracias”. El de Bayoán es un “retorno” análogo a la “llegada” de Colón en 1492. Se trata de otra temporalidad, otra exploración y otro descubrimiento que han sido empotrados. La “peregrinación”, ha dicho el historiador de las religiones Mircea Eliade, “es un rito de paso de lo profano a lo sagrado; de lo efímero y lo ilusorio a la realidad y la eternidad…” Uno y otro viaje, el de Colón y el de Bayoán, metaforizan un “descubrimiento”, el del “Nuevo Mundo” o Indias en 1492, y el de un potencial “Mundo Nuevo” o América en el siglo 19. La voluntad de Bayoán como la de Colón era la armonía que se sintetizaba en el concepto familia con el propósito de que España conserve esa porción del mundo que inventa mediante sus actos.

Hostos Bonilla venera a Colón y el descubrimiento como agentes de “civilización” pero, como una parte significativa de su generación, condena a los conquistadores, la conquista y la “sociedad colonial que España malparió” como agentes de “barbarie”. La expresión colonización/malparto proviene, por cierto, de un artículo en torno al natalicio de Jorge Washington. La tesis principal de esta novela es que la “armonía” previa al 1492 había quedado rota con el “encuentro”, y que la “armonía” por construirse y de la cual España seguía siendo responsable, estaba sobre el tapete. El mensaje que parece enviarle a la “Madre Patria” es que lo que se perdió en el continente no tiene porqué perderse en las Antillas y que los errores morales del pasado pueden ser subsanados en el futuro que racionalmente se puede construir.

La peregrinación de Bayoán era un estudio moral y social del entorno de las Antillas ante España y su futuro probable integradas, no separadas, de aquella. La lógica del autor le dice que las Antillas están dañadas o “enfermas” por la carencia de libertad y que el lenitivo es la “política” o el “activismo”. La aspiración final de Hostos Bonilla era asegurar la unidad antillana al amparo de la España por construir, la liberal no la absolutista. La metáfora que utilizaba para ello era, otra vez, la de una familia constituida por Bayoán, Marién y Guarionex. Es importante llamar la atención de que la “libertad” como expresión de la “racionalidad” natural no equivalía para el Hostos Bonilla integrista a la independencia política. A pesar de ello, la novela ha sido interpretada como el esbozo de la Confederación Antillana soberana que el autor en efecto defendió sólo después de 1869, año en que se hace separatista.

 

Un juicio técnico cuidadoso

La peregrinación de Bayoán, está literariamente escrita pero tampoco encaja en el canon de la novela clásica. Si el ser humano que escribe va a estar tan presente en el producto literario que genera, entonces el novelista que le habita no comparte el principio normativo de que el texto literario debe “sostenerse por sí mismo”, una de las presunciones del canon literario moderno. Hostos Bonilla sigue abrazado al principio romántico que valora la manifestación de la emocionalidad, lo instintivo y la subjetividad en la obra de arte que genera. En ese sentido, su novela podría ser justamente descalificada por inmadura y su condición de literato minada desde una normatividad arrolladora como por lo regular ha sucedido.

En general el balance entre la narración, la descripción y la reflexión es análogo al de las otras narraciones largas que ya he comentado y las cortas que veré más adelante: su propósito como escritor en este texto es reflexivo, moral o social.  Lo cierto es que en La tela de araña y La peregrinación de Bayoán el refinamiento reflexivo y el literario manifiestan balances distintos. Más allá de la interpretación canónica o autoritaria, la segunda es un trabajo literario superior al primero probablemente porque se elaboró con mayor disciplina y profesionalismo.

 

Unos apuntes que no son finales

La crítica también sugiere la existencia de un texto titulado La resurrección social o Memorias de un hombre perdido en islas Palaos ubicado cronológicamente en el 1866 cuando el escritor tenía 27 años, pero no hay un acuerdo respecto a si la misma se ha perdido o nunca fue escrita. El título sugiere, otra vez, un problema teórico de la sociología vertido en una narración literaria. En este caso se trata del tema de procedencia ilustrada de la “sociabilidad” como proceso natural que Hostos Bonilla, al igual que Comte, resolvió con argumentos de filiación kantiana sobre la base de la “insociable sociabilidad” procedentes de la lectura de la filosofía de la historia o la historia filosófica publicada en 1784 por el pensador alemán. Cualquier otro comentario sobre este último título resulta quimérico en tanto el texto no sea accesible.

En términos general, en el ámbito de la novela, el pensador social o sociólogo, se impone al literato o narrador creativo. El “arte por el arte” dirigido a entretener siempre se supeditó al “arte comprometido” o “útil” dirigido a la formación. Hostos Bonilla siempre estuvo claro en que debía colocar su creatividad al servicio del cambio social con el fin de adelantar los valores modernos que defendió hasta el último día de su existencia.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 17 de noviembre de 2017.

Eugenio María de Hostos literato: la novela


  • Mario Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

Los especialistas señalan la existencia de un título inicial que algunos dan por perdido y otros explican como un proyecto novelístico inconcluso. Se trata de La novela de la vida, obra de juventud redactada hacia el año 1859. Hostos Bonilla apenas contaba con 20 años. Lo que hoy se juzgaría como el atrevimiento de un joven inexperto, para muchos críticos la novela es un género de la madurez, parece haber sido moneda común en el siglo 19. Alejandro Tapia y Rivera escribió antes de los 22 años sus dos obras iniciales, a saber, la novela El heliotropo y el drama Roberto D’Evreux.

Los estudiosos del universo hostosiano han adelantado la hipótesis de que el breve texto titulado “La última carta de un jugador”, clasificado por su extensión y naturaleza como cuento, puede ser leído como el primer capítulo de aquel ambicioso proyecto. El título mismo de la novela sugería la elaboración de una reflexión profunda sobre el misterio de la existencia en una era de grandes transiciones y conflictos. El fragmento de la novela, si lo fue realmente, posee estructura epistolar y está redactado en un tono confesional apasionado matizado con numerosos elementos autobiográficos. Los lectores asiduos y cuidadosos de la producción de Hostos Bonilla reconocerán en “La última carta de un jugador” la inflexión que domina la retórica de este autor en las entradas del diario íntimo y en algunas crónicas periodísticas reflexivas e intensas como, por ejemplo, “En la tumba de Segundo Ruiz Belvis” redactada 1873 o “Recuerdos de Betances”  que corresponde al 1898. En todas ellas la muerte se convierte en epicentro de una reflexión filosófica penetrante. En estos últimos dos textos, la emocionalidad y la voluntad de transformar al objeto de la elegía en un modelo trágico, a la manera de la búsqueda de una “facultad maestra” que elaboraba Hippolyte Taine en su historiografía que tanto influyó en la reflexión biográfica puertorriqueña durante el siglo 19, se impone.

“La última carta de un jugador” es la confesión de un joven pupilo a su madre de la culpabilidad que siente por haber echado a perder en juegos y apuestas la asignación que le dispensaba su familia para su formación profesional. Los nudos del conflicto, propios de una cultura de la culpa como la cristiana, exceden los límites de lo puramente religioso hasta secularizarse casi por completo. El personaje central se halla atenazado por la seducción del suicidio, un tema común de la discursividad romántica que también se manifiesta en el relato de Betances Alacán que gira alrededor de su prometida muerta, “La virgen de Borinquen” escrito en 1859. Los críticos que afirman el carácter autobiográfico de este angustioso relato se amparan en la peculiar e incómoda relación que tuvo Hostos Bonilla con su madre Hilaria y en el hecho de que el joven educando puertorriqueño mientras estuvo en Bilbao y Madrid, en efecto, echó a perder una parte significativa del estipendio familiar a lo largo de su atropellada vida de estudiante. La relevancia de este breve y emotivo texto es que en el mismo se establecen unas tendencias propias de la personalidad y la cultura romántica que se reiterarían a lo largo de la vida civil y literaria de Hostos Bonilla y que imprimirían originalidad a su producción literaria.

El otro texto narrativo novelesco del intelectual mayagüezano posee preocupaciones análogas. Se trata de La tela de araña escrita en 1863 a los 24 años, manuscrito perdido y reencontrado en 1991 en los archivos de la Real Academia de la Lengua Española por el investigador Argimiro Ruano quien, luego de transcribirla y anotarla, la dio a la luz pública en 1992 en una edición local un tanto descuidada en la ciudad de Mayagüez. La obra volvió a ser transcrita y anotada por un equipo de trabajo encabezado por Vivian Quiles-Calderín, y en 1997 volvió a publicarse como parte de la obra completa con un comentario del profesor Ernesto Álvarez quien, junto al poeta Julio César López, también había participado en la revisión del complejo manuscrito. Un conjunto de debates que, en última instancia, carecen de relevancia obscurecieron este hallazgo de relevancia extraordinaria para la comprensión de la obra literaria del pensador de Mayagüez.

La tela de araña se desarrolla en el Madrid de mediados del siglo 19 y es un estudio moral, entiéndase social, de las relaciones familiares en medio de un mundo corrupto y lleno de peligros para la integridad de la misma.  El texto articula una censura a las trampas o tentaciones que la sociedad, esa metafórica “tela de araña”, tiende al individuo esclavizándolo a las pasiones. El retrato crítico del orden burgués que se desenvuelve en la Europa decimonónica es clave. La impugnación de los valores burgueses que todo lo invaden, a fin de cuentas el ámbito en el cual madura el pensamiento sociológico moderno, anima toda la narración, objeción que se enuncia sobre la base de una moral secular exigente y austera. La novela señala como la más peligrosa de aquellas trampas la mutilación de la individualidad y la homogeneización del ser humano. La textualidad puede ser leída como un alegato individualista neto, uno de los valores centrales del pensamiento social y la sociología de Hostos Bonilla. De igual modo, puede apropiarse como una crítica a la inmoralidad que medra en la ciudad burguesa y como la propuesta de una moralidad racional alternativa. La primera y la segunda lectura no son excluyentes, por cierto.

En esta narración creativa larga, igual que en su narrativa creativa corta, la reflexión se impone sobre la narración por lo que la obra no encaja en el canon de la novela clásica. La trama se edifica alrededor de un triángulo amoroso y de un acto de infidelidad que no se consuma. El triángulo configurado entre Roberto, Consuelo y Palma, es un microcosmos o fractal del todo social por medio de cuyas eventualidades se proyectan las complejidades de la “tela de araña”. El estudio de la familia se elabora como el de una sociedad porque, después de todo, aquella es una de las estructuras naturales elementales de la otra.

El tono del discurso de la narración confirma la concepción propia de aquel siglo de lo femenino como sujeto de lo masculino. La arquitectura de la trama yuxtapone en Palma, esposo de Consuelo, la figura del esposo con la del padre y legitima su condición como la figura que domina la “vida privada” o la domesticidad amparado y legitimado por su racionalidad. La sugerencia de que ese valor proyecta una carencia en la figura del Consuelo está implícita pero la esperanza de que ella pueda adquirirla por medio de una educación científica bien articulada desde la masculinidad también. La asimetría hombre-mujer no se ponía en duda en aquel contexto.

Las palabras que el autor pone en boca de Palma manifiestan todo un arsenal reflexivo extraordinario. La racionalidad que presume el esposo-padre se certifica con argumentos organicistas. Palma es mucho mayor que Consuelo y la juventud de la esposa y, en última instancia, su virginidad, candidez o condición de tabula rasa, garantizan su fertilidad a la hora de sembrar la semilla de la racionalidad. La escuela en la cual esta educación se ejecuta es precisamente la “vida privada” o el “adentro” del hogar o el oikos: la habitación de la pareja, el cuarto de estar, el patio interior, siempre protegido del agresivo mundo exterior.

La “tela de araña” y sus peligros se significan en la “vida pública” o el “afuera”. Roberto, la otra parte del triángulo, entra en contacto con Consuelo cuando la ve muy niña corriendo hacia el balcón de su casa durante un día de fiesta, y expresa su pasión años después durante una fiesta callejera de máscaras en medio de un carnaval como los que se llevaban a cabo en la Gran Vía de Madrid. En ambas situaciones -la niña de 14 años que juega y la mujer casada en la calle- Consuelo se encontraba en una posición vulnerable que la ponía al alcance de Roberto.  La austeridad moral del discurso se transparenta. La sugerencia de que el carnaval es el escenario del instinto, de la liberación de la carne y los frenos morales y que representa una amenaza a la integridad de la mujer es obvia.

Pero si bien el relato confirma la concepción de que la sociedad o “tela de araña” está dañada o “enferma”, también se sugiere la capacidad racional de “sanarla” que Hostos Bonilla, el sociólogo, manifestaría con tanta confianza en su concepción de la “sociopatía”. En términos generales, el concepto no plantea muchas complicaciones: la “sociedad sana” es la que obedece a la “razón”. Después de todo, obedecer a la “razón” es actuar de acuerdo con las exacciones o reclamos de la “naturaleza”, lo que somos sin saberlo y sin poder controlarlo, que conduce de manera ineludible a la ansiada “armonía”. Hostos Bonilla como Immanuel Kant, apropiaba la “moral” o el “acto social” como un imperativo natural inescapable. No cabe la menor duda de que, en ocasiones, da la impresión de que posee la moral de un cuáquero por su carácter puntilloso e insistente. Sin embargo, la misma metáfora del cuáquero también ha sido aplicada a la persistencia de Betances Alacán para con su causa separatista independentista. El fundamentalismo moral, ideológico o religioso plantean problemas análogos, es cierto, pero también poseen enormes diferencias el uno del otro.

La crítica insiste en que esta novela contiene también un fuerte componente autobiográfico. Los paralelos con el escenario de “La última carta de un jugador” son visibles. La figura de la madre es crucial tanto para el estudiante irresponsable como para Consuelo. También lo son las tensiones que se desarrollan entre una y otra parte a la luz de la sensación de que se ha incumplido con ella. El hecho de que las discusiones morales, sociológicas o filosóficas se expresen en el marco de la “vida privada” y la familia y que, en ambos casos, la “vida pública” sea interpretada como un riesgo también. Las angustias existenciales que proyectan estos personajes ausentes de racionalidad o inseguros de ella como los “hombres/mujeres de poca fe”, son otro elemento común. Por último, igual que el estudiante dibuja un Hostos Bonilla que ya había sido, la Consuelo de 14 años prefigura la Belinda Ayala que Hostos Bonilla convertirá en esposa y que transformaría en uno de los personajes centrales de la narrativa creativa corta que discutiré más adelante.

A %d blogueros les gusta esto: