Eugenio María de Hostos literato: La peregrinación de Bayoán


  • Mario Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

La gran novela del acervo hostosiano es La peregrinación de Bayoán, obra publicada en 1864 cuando apenas había cumplido 25 años. Se trata, por lo tanto, de otra obra de juventud. La visibilidad de este título tiene que ver con el hecho de que fue divulgada y reeditada en el siglo 19, porque cuenta con una extensa bibliografía crítica y en las colecciones de la obra completa del pensador mayagüezano, por su extensión, siempre ha ocupado un volumen aparte. El solo hecho de que el género de la novela fuese una flor rara en el espectro literario puertorriqueño del siglo 19 justifica su estudio a pesar de que otras novelas de aquel periodo no han corrido la misma suerte. Por último, el hecho de que su discursividad llamara la atención de figuras como Betances Alacán años antes de que iniciara su colaboración política con Hostos Bonilla, justifica una mirada detenida de la misma. Su presencia en el entretejido cultura y en el político es innegable.

El Hostos Bonilla de Rubildo López (1965- )

La justificación de la presencia de esta pieza en la genealogía de la novela puertorriqueña es comprensible a la luz de otro conjunto de consideraciones. Una tiene que ver con que, si le la lee cuidadosamente, su retórica encaja en la espiritualidad antillanista indianista que se desarrolló en un núcleo de escritores puertorriqueños en la década de 1860 al calor del “Romanticismo Isabelino” y que incluye nombres como el del olvidado poeta ponceño Daniel de Rivera, y figuras como Tapia y Rivera y el mencionado Betances Alacán, entre otros. El indianismo de Hostos Bonilla o su apelación al pasado prehispánico posee un aliento distinto, más cosmopolita que el de los tres mencionados. Su apelación al indio está llena de un vigoroso aliento presentista que, a la larga, creaba una fosa entre el rudo Urayoán histórico y el refinado Bayoán hostosiano. El indio en Hostos Bonilla era entonces una idea vacía de materialidad. Me parece que esa situación pudo haber sido interpretada como una expresión de desarraigo en ciertos lectores más acostumbrados a la fidelidad al texto histórico o al pintoresquismo romántico. Lo cierto es que el Bayoán de Hostos Bonilla no guarda proporción con el Otuké de Betances Alacán.

El otro juicio en el cual la crítica ha insistido es en que se perciba en la discursividad de la citada novela, escrita en un momento en el cual Hostos Bonilla era un pensador integrista neto y un defensor de las amplias autonomías provinciales al lado de España, la anticipación de pensador separatista antillanista confederacionista que la historiografía puertorriqueña ha manufacturado del activista posterior al 1869. Así me la presentó el novelista Carmelo Rodríguez Torres en 1986 en Mayagüez cuando me sugirió que escribiera una reflexión histórico-literaria sobre el antillanismo en aquellas páginas. El argumento de que el Hostos Bonilla el integrista debía ser apropiado como un preludio inevitable del separatista, una concesión al progresismo vulgar, tiene por otro lado el efecto de minusvalorar un esfuerzo literario que posee valores intrínsecos.

El hecho de que nunca se haya pedido lo mismo con respecto a La tela de araña (1863) resulta demostrativo. Claro que el texto de 1863 es menos conocido que el de 1864 y que la discursividad de aquella novela no parece apropiada para politizar su retórica en lo que a Puerto Rico se refiere. De hecho, Puerto Rico brilla por su ausencia en La tela…Pero lo cierto es que la arbitrariedad prospera por todas partes y la predilección de los Hostosianos por el prócer separatista obscurece la imagen del que no lo fue y mutila la comprensión de su desenvolvimiento intelectual e ideológico como una totalidad. Lo cierto es que el antillanismo fue un concepto y una ideología polisémica que, en ocasiones miró hacia la separación, pero en otras se pensó en el marco de la integración o asimilación a España de la mano del autonomismo provincial. Incluso el proyecto de unión antillana sirvió de bastión de apoyo a principios del siglo 19 y del siglo 20 para adelantar la causa de la anexión a Estados Unidos.

La imagen de Hostos Bonilla separatista independentista, así inmovilizada, se nutre de los actos posteriores a su distanciamiento de la Revolución Gloriosa de 1868, y de su desencanto con la hispanidad que legitimó su regreso a América desde París vía Nueva York. Desde mi punto de vista, que no es el de un crítico literario ni el de un hispanista sino el de un estudioso de la historia y la cultura, la notabilidad de esta obra no debería medirse con ese tipo de criterio aunque tampoco me interesa censurar a quien lo hace. Me parece que La peregrinación de Bayoán es, por sí misma, lo mejor de la novela postromántica reflexiva puertorriqueña.

 

Un juicio teórico cuidadoso

Esta narración tiene, otra vez, la estructura de un diario como “La última carta de un jugador” en este caso combinada con la de una bitácora de viaje. Algunos de sus estudiosos han llamado la atención respecto a la analogía que muestra su procedimiento narrativo con la bitácora del Almirante Cristóbal Colón en la cual pormenorizaba con una inflexión de sorpresa los hallasgos resultado de sus viajes de exploración y descubrimiento de Indias. El tono reflexivo, íntimo y emocional vuelve a imponerse en la textualidad, procedimiento que el autor prefiere porque le permite proyectar la conflictividad del mundo en el cual se mueve filtrada a través de su intensa y pasional personalidad:  Hostos Bonilla es un fractal de las Antillas.

El intelectual y activista se reconoce incapaz de “tomar distancia” de lo que ve o de mantener una mirada racional y fría del suceder. Reflexionar es vincularse o, dicho de otro modo que recuerda las reflexiones de Voltaire a Carlos Marx, no basta conocer el mundo: se hace imperativo cambiarlo. El pensador krausopositivista, racional y científico que hay en él convive, armónica o inarmónicamente, con el romántico vehemente que le compite el espacio. Se trata de un agresivo doppelganger que me trae a la memoria el hecho de que un ser humano es un animal de extremos. La misma impresión me produce el Betances Alacán, brillante médico y cirujano vinculado al Vitalismo Científico formado en las mejores escuelas francesas de su tiempo, cuando se derrumba emocionalmente ante el deceso de su prometida María del Carmen Henry Betances. En el caso de la narración del caborrojeño el pretexto literario me remite al “William Wilson” de Edgar Allan Poe, uno de sus modelos. En el del mayagüezano la metáfora no me parece suficiente.

El dualismo de este texto no termina allí. España y América eran parte consustancial del complejo conjunto de contradicciones que agobiaban al autor. Cuando publica su libro en 1864, ya las Indias míticas del siglo 15 se habían convertido en América, Hispano-América o Colombia soberana del 19. En aquel momento, la retórica cultural del “Romanticismo Isabelino” se había encargado de llamar la atención sobre Colón, aquella figura histórica vinculada al pasado del reino y a sus orígenes, cuyo papel en la configuración de la imagen moderna del mundo había sido presuntamente clave apreciación que no pongo en duda. Para Hostos Bonilla la figura heroica de Colón también representaba una “facultad maestra” en el sentido en que Thomas Carlyle le había dado a ese concepto: el “deber de civilización”, uno de los más loables para un pensador progresista moderno según lo anota en su Moral social. Colocarse de manera metafórica en el lugar de descubridor de Indias e invitar a España a redescubrir América en la medida en que Bayoán la descubre era un reto intelectual extraordinario y original.

La inclinación por la imagen grandiosa de Colón y su tiempo era comprensible. La España decadente de la década de 1860 necesitaba de aquellos símbolos para alimentar su nacionalidad y la constitución romántica del pasado -la retrotopía, diría Zygmund Bauman-, resultaba ineludible. Una crisis social y política en su alter ego hemisférico, Estados Unidos a quien había ayudado a liberarse y su guerra civil, era un buen momento para ello. Colón era, después de todo, inocente de los desmanes de la monarquía autoritaria del siglo 19. Mirarse en la grandeza pasada cuando se acercaba la fecha de un cuarto centenario de los descubrimientos geográficos en 1892, estimular el orgullo por el pasado de la “España descubridora” y la imagen de “Madre Patria” cultivada en medio de  la “euforia de ultramar” que condujo al reino a intentar recuperar una parte del imperio perdido atacando uno de sus eslabones débiles como lo era la República Dominicana, chocar con los jóvenes Estados Unidos, todo ello contextualiza el juego que Hostos Bonilla ejecuta en su novela de 1864. No se puede pasar por alto que, en aquel año, el mayagüezano todavía se sentía español, era integrista, creía en un futuro posible de las Antillas al lado de España y aspiraba a ser reconocido como una luminaria intelectual en los espacios culturales de la península.

El “viaje” del personaje Bayoán se equipara a una “peregrinación”, esos desplazamientos votivos a un lugar sagrado o santo con el propósito de recuperar algo que se ha perdido o manifestar una “acción de gracias”. El de Bayoán es un “retorno” análogo a la “llegada” de Colón en 1492. Se trata de otra temporalidad, otra exploración y otro descubrimiento que han sido empotrados. La “peregrinación”, ha dicho el historiador de las religiones Mircea Eliade, “es un rito de paso de lo profano a lo sagrado; de lo efímero y lo ilusorio a la realidad y la eternidad…” Uno y otro viaje, el de Colón y el de Bayoán, metaforizan un “descubrimiento”, el del “Nuevo Mundo” o Indias en 1492, y el de un potencial “Mundo Nuevo” o América en el siglo 19. La voluntad de Bayoán como la de Colón era la armonía que se sintetizaba en el concepto familia con el propósito de que España conserve esa porción del mundo que inventa mediante sus actos.

Hostos Bonilla venera a Colón y el descubrimiento como agentes de “civilización” pero, como una parte significativa de su generación, condena a los conquistadores, la conquista y la “sociedad colonial que España malparió” como agentes de “barbarie”. La expresión colonización/malparto proviene, por cierto, de un artículo en torno al natalicio de Jorge Washington. La tesis principal de esta novela es que la “armonía” previa al 1492 había quedado rota con el “encuentro”, y que la “armonía” por construirse y de la cual España seguía siendo responsable, estaba sobre el tapete. El mensaje que parece enviarle a la “Madre Patria” es que lo que se perdió en el continente no tiene porqué perderse en las Antillas y que los errores morales del pasado pueden ser subsanados en el futuro que racionalmente se puede construir.

La peregrinación de Bayoán era un estudio moral y social del entorno de las Antillas ante España y su futuro probable integradas, no separadas, de aquella. La lógica del autor le dice que las Antillas están dañadas o “enfermas” por la carencia de libertad y que el lenitivo es la “política” o el “activismo”. La aspiración final de Hostos Bonilla era asegurar la unidad antillana al amparo de la España por construir, la liberal no la absolutista. La metáfora que utilizaba para ello era, otra vez, la de una familia constituida por Bayoán, Marién y Guarionex. Es importante llamar la atención de que la “libertad” como expresión de la “racionalidad” natural no equivalía para el Hostos Bonilla integrista a la independencia política. A pesar de ello, la novela ha sido interpretada como el esbozo de la Confederación Antillana soberana que el autor en efecto defendió sólo después de 1869, año en que se hace separatista.

 

Un juicio técnico cuidadoso

La peregrinación de Bayoán, está literariamente escrita pero tampoco encaja en el canon de la novela clásica. Si el ser humano que escribe va a estar tan presente en el producto literario que genera, entonces el novelista que le habita no comparte el principio normativo de que el texto literario debe “sostenerse por sí mismo”, una de las presunciones del canon literario moderno. Hostos Bonilla sigue abrazado al principio romántico que valora la manifestación de la emocionalidad, lo instintivo y la subjetividad en la obra de arte que genera. En ese sentido, su novela podría ser justamente descalificada por inmadura y su condición de literato minada desde una normatividad arrolladora como por lo regular ha sucedido.

En general el balance entre la narración, la descripción y la reflexión es análogo al de las otras narraciones largas que ya he comentado y las cortas que veré más adelante: su propósito como escritor en este texto es reflexivo, moral o social.  Lo cierto es que en La tela de araña y La peregrinación de Bayoán el refinamiento reflexivo y el literario manifiestan balances distintos. Más allá de la interpretación canónica o autoritaria, la segunda es un trabajo literario superior al primero probablemente porque se elaboró con mayor disciplina y profesionalismo.

 

Unos apuntes que no son finales

La crítica también sugiere la existencia de un texto titulado La resurrección social o Memorias de un hombre perdido en islas Palaos ubicado cronológicamente en el 1866 cuando el escritor tenía 27 años, pero no hay un acuerdo respecto a si la misma se ha perdido o nunca fue escrita. El título sugiere, otra vez, un problema teórico de la sociología vertido en una narración literaria. En este caso se trata del tema de procedencia ilustrada de la “sociabilidad” como proceso natural que Hostos Bonilla, al igual que Comte, resolvió con argumentos de filiación kantiana sobre la base de la “insociable sociabilidad” procedentes de la lectura de la filosofía de la historia o la historia filosófica publicada en 1784 por el pensador alemán. Cualquier otro comentario sobre este último título resulta quimérico en tanto el texto no sea accesible.

En términos general, en el ámbito de la novela, el pensador social o sociólogo, se impone al literato o narrador creativo. El “arte por el arte” dirigido a entretener siempre se supeditó al “arte comprometido” o “útil” dirigido a la formación. Hostos Bonilla siempre estuvo claro en que debía colocar su creatividad al servicio del cambio social con el fin de adelantar los valores modernos que defendió hasta el último día de su existencia.

Publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 17 de noviembre de 2017.

El pasado-futuro imaginario: reflexiones sobre dos parodias


  • Mario Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

 

La reflexión sobre los comicios de 2012 ha sido enriquecedora. Al margen de las reflexiones y las pasiones, la percepción de que el país se encuentra en un cabo se confirma. Parece ser un momento apropiado para tomar decisiones. San Juan y el Estatus siguen siendo los asuntos más dramáticos en este escenario. Por un lado, se celebra un cambio administrativo que calmará a muchos por algún tiempo: se trata del regreso al poder de los populares a la capital que ellos inventaron.  Por otro lado, se abre una fisura en el entramado de la relación colonial que vuelve a dejarlo tras una nube de niebla. Vale la pena mirar ambas cosas de una manera esquiva.

 

Alejandro Tapia y Rivera y Salvador Brau Asencio, historiadores y escritores

Primer movimiento: San Juan

Para Carmen Yulín Cruz

En 1880, Alejandro Tapia y Rivera (1826-1882), publicó un cuento ingenioso: “El loco de Sanjaunópolis”. El texto volvió a imprimirse en 1938 en Cuentos y artículos varios, publicado por  la Imprenta Venezuela de la capital. En aquel relato, la pasión por lo fantástico que caracterizaba a Tapia, lo condujo por los caminos de la locura. La enajenación de Don Venancio, su personaje, era el apoyo idóneo para que el escritor pudiera decir lo que pensaba en torno a la hoy venerada ciudad de San Juan. La actitud de Tapia, un consumado hegeliano como los había en Puerto Rico y además buen conocedor del árabe, recuerda  la de Manuel Alonso Pacheco. En su estampa “Los sabios y los locos en mi cuarto”, publicada en El gíbaro (1849), irrumpía en una nave de los locos con el fin de demoler  las prácticas de los alienistas y el inhumano trato que se daba en los sanatorios de España y Puerto Rico a aquellos pacientes / delincuentes.

El producto del ejercicio de Tapia fue excelente. En los pliegos que componen “El loco de Sanjuanópolis”,  no hay nada que se parezca ni por un asomo a los versos manidos que inyectan la letra de “En mi Viejo San Juan”, uno de los iconos de la nostalgia romántica del migrante de la Era del Populismo. Tapia aprovechó la locura de  Don Venancio, como Cervantes la de Vidriera, para fiscalizar el signo más fiel del Imperio Español en Puerto Rico, la Ciudad Amurallada. Esa ciudad fue transformada en el siglo 20 en el emblema de una Hispanidad que hoy resulta disfuncional y anacrónica. Las figuras de la Princesa Fela y el Pedronavidas Santini, parecen brotar como un hongo de las paredes del Callejón del Tamarindo.

La Sanjuanópolis de Tapia, como el San Juan de Santini, era “una ciudad de las Quimbámbulas: ciudad desgraciada,  si  las hay”. Claro que aquel autor miraba el asunto desde otros extremos. Incluso no vacilaba en hacer burla de su ubicación contradiciendo al propio Joan Ponce de León: montada “en un islote largo y estrecho como no sé qué, sin agua corriente y sin más espacio que el que podía necesitar allá en su origen”, en ella solo podía crecer el “vecindario”, la gente, “pero no la ciudad”. Sanjuanópolis es un intento fallido de polis o civitas.

En aquel escenario pululaba Venancio o “don Venancio, como las gentes le designaban para hidalguizarle”. Tapia duda de aquella hidalguía, como antes había dudado Fray Damián López de Haro en su  Carta (relación) (…) a Juan Diez de la Calle (1644). Con un humor bien calculado y ácido, López de Haro aseguraba que en San Juan “los que no vienen de la casa de Austria, descienden del delfín de Francia u de Carlomagno”. Tapia no se queda atrás. Entre el  “gran número de zánganos” que la habitan, la “abeja” Don Venancio adolece de falsa hidalguía y señorío hueco. Si acaso era hidalgo de gotera, reconocido sólo en los límites de su aldea pero invisible cuando salía a otra.  El cadáver de una sociedad que no ha nacido de Mis memorias, ya estaba allí como una imagen de satería.

Don Venancio enloquece y comienza a decir cosas impropias que nadie se atrevía proclamar. Enloquecer es decir lo que se ve a pesar de los cosméticos. El loco pedía “agua y ensanche para la desdichada San Juan o polis”. La demencia de Don Venancio, es cierto, se convirtió en un bien común, como cuando Sancho la añoraba en el lecho de muerte del Quijote. Tapia lo sintetiza en un acierto sencillo: “el sueño de hoy suele ser la realidad de mañana”. La parábola contenía, sin embargo, una lección trágica: a pesar de que todos reconocían que su locura era cordura “dieron con él en el manicomio” donde murió de viejo sin ver cumplidos su deseos.

En 1893 comenzaron a derribar las murallas.

 

Segundo movimiento: el Estatus

Para Ricky Roselló

Salvador Brau (1842-1912) da otra pista sobre este proceso electoral. Poco antes de morir escribió “El cuento de Juan Petaca” que apareció en la Antología puertorriqueña de Rosita Silva en 1928. Se trata de un relato fantástico montado en la idea del huida y el retorno, comparable a “Viajes de Escaldado” de Ramón E. Betances, pensado en 1887. Brau camina hacía el sci-fi político a la vez que elabora una distopía que, como la de Luis Abella Blanco, se fijaba en la independencia futura de Puerto Rico tanto como seduce a Ricky Roselló la Estadidad hoy.

En Brau, el antiamericanismo de los primeros años de la invasión, herencia de una hispanidad que perece y traducido en el programa de los partidos Liberal y Unión de Puerto Rico, son ridiculizados. El autor es tan cínico como cualquier republicano de su tiempo: las clases políticas nacionalistas responsabilizaban a Estados Unidos de la pobreza de Puerto Rico “por negarse a tomar café borinqueño y empeñarse en empacharnos con arroz de puyita”. La migración de Juan Petaca es un acto irracional marcado por la regla “¿Dónde vas, Vicente? — Donde va la gente”. En 1915 estaba en Yucatán cultivando maguey. Yo le diría a Brau, por lo menos ya no temían que “los cogiera el holandés”: el holandés estaba en casa.

Sólo lejos de la patria Petaca aprende “lo que representan la inteligencia, actividad y método de cada abeja en el maravilloso producto que se acumula en la colmena.” El pesimismo de Brau con la nación viene del 1886 o antes, me consta, lo he leído en su correspondencia. El retorno de Petaca-Odiseo se da en 1915 al proclamarse la Confederación de las Antillas y la soberanía en el país. Es el triunfo de las ideas de Betances, Eugenio M. de Hostos y José de Diego. Brau era un profeta: murió antes de la Gran Guerra pero imaginaba lo que se soñaba sobrevendría al cabo de las paces de aquel conflicto. El nuevo Puerto Rico dejó atrás la caña, el café y las frutas: es una potencia vitícola.

Durante el regreso a la patria vía Santomás, conoce un catalán que procedía de Puerto  Rico. El catalán, como Gabriel García Márquez, pensaba que a los puertorriqueños no se les podía hablar de lógica “pues eso implica razonamiento y mesura y los puertorriqueños son hiperbólicos y exagerados”. Sus comentarios son aclaradores: el vino estaba hecho de uvas playeras y la Confederación no era sino un remedo construido con la isla grande, las islas municipio y los cayos que las rodean. El Gobierno Provisional había decretado el cultivo obligatorio de sansevieria -“Espada de San Jorge” o “Lengua de Suegra”- para producir tejidos sin poseer la infraestructura para la industria textil,  y Estados Unidos se había ido porque no soportaba el Caribe: “¡Hasta el mismo Job, con toda su paciencia, hubiera hecho otro tanto!”

Una vez en Puerto Rico, Petaca se pone conversa con Cándido Manganilla, botero de Cataño y militante de una sociedad secreta llamada “El Coco Sarazo”, la cual está adscrita a la Junta Revolucionaria de Nueva York -Brau sabía lo que estaba parodiando-. Su opinión es terminante: la “confederación” es “conflagración” y la revolución es necesaria. Hay que “traer otra vez a los americanos; pero con Sampson y dos vapores de tres chimeneas, como aquel que les sacó andadura a algunos tullíos, cuando la guerra”.

Brau proyectaba a su país como uno que esperaba demasiado del Imperio, pero que no tenía poder de regateo para conmover a los yanquis. “Una cosa es la humanitat y el negosio es otra cosa”, sostenía el catalán citando  El tanto por ciento, comedia de Abelardo López de Ayala. Antes, como ahora, el lenguaje amenazante que se usa ante Estados Unidos se reduce al contradictorio “o firmas este puñal o te clavo este papel”. El Juan de Brau se reconoce como el más Petaca de todos los Juanes. La idea de que el puertorriqueño era “masa” y no pueblo, principio con el que jugaron Hostos, Rosendo Matienzo Cintrón y Antonio S. Pedreira, está allí otra vez, como siempre.

En 1917 impusieron a los puertorriqueños la ciudadanía estadounidense.

Final

Ya Tapia y Brau hicieron su esquiva propuesta. Ahora le corresponde al lector…

Nota: publicado originalmente en la revista 80 Grados

El cuento de Juan Petaca


  • Salvador Brau Asencio (c. 1910)
Nota: El cuento de Salvador Brau (1842-1912) apareció en la Antología puertorriqueña de Rosita Silva publicada en 1928 por la Imprenta Venezuela de San Juan.

Acercábase a su fin el año 1915, duodécimo de mi residencia en Yucatán, adonde emigré de Puerto Rico huyéndole a los americanos.

No crea alguno que esto de huir se debió a daño personal que de ellos recibiera. Fue el caso que yo oía atribuir la causa de no correr el oro en mi tierra a los yanquis, por negarse a tomar café borinqueño y empeñarse en empacharnos con arroz de puyita; y aunque yo no tenía café que vender ni dinero con qué comprar arroz, ni menos un cuadro de terreno en donde sembrar esos granos, acostumbrado a practicar aquello de — “¿Dónde vas, Vicente? — Donde va la gente”, me arrimé a una trulla que se alejaba del país. Para nunca más volver, como dice la guaracha cubana y… ¡cata ahí a Juan Petaca cultivador de maguey! Por ciencia infusa seguramente, porque allá en Puerto Rico el maguey se da montuno, y solo lo vi emplear en la curación de alifafes a las bestias. No me arrepentí del viaje, pues aunque la faena fue dura y larga, me proporcionó alguna experiencia de la vida, enseñándome a apreciar lo que representan la inteligencia, actividad y método de cada abeja en el maravilloso producto que se acumula en la colmena. Gracias a estas lecciones me hallé a los diez años propietario de un conuco exento de hipotecas, y disponíame a tomar el título de padre de familia, cuando, no sé por arte de quién, llegó hasta mí la noticia del abandono de Puerto Rico por el gobierno de los Estados Unidos, dejando a mis paisanos en aptitud de proclamar la Confederación Antillana, cosa que, cuando yo me ausenté, estaba al caer, como guanábana madura, según rezaba un folleto.  Y a esta novedad se agregaba otra no menos extraordinaria: como que el cultivo de la caña y del café, y hasta el de las chinas, se daban por sustituidos en mi tierra con el de las uvas, y eran tantos los viñedos y tan exquisito el vino obtenido, que se temía un conflicto en Europa.

Salvador Brau Asencio

Oír esto y obsesionarme la idea de regresar a Puerto Rico fue todo uno, y no por sugestión patriótica solamente, pues si bien movíame a curiosidad el manejo de mis paisanos sin padrastros ni curadores, aún me intrigaba más la adquisición de aquella mágica fórmula que convirtiera una región caribeña en zona vitícola. Armado yo con esa receta bien podían decir en Yucatán: “Se acabó el mamey”; porque, ¿cómo esperar que el indio se resigne al pulque, teniendo a mano algunas cañas de Malvasía o un botijo de Valdepeñas? Bien maduradas estas reflexiones dime a arbitrar recursos para emprender el regreso, trasladándome al fin a Veracruz, donde tomé pasaje en un vapor que se dirigía a Santomás.

Tocóme por compañero único en la navegación un catalán muy locuaz que no tardó mucho en pegar la hebra diciéndome:

—¿Va ustet a Puerto Rico? Pues no le arriendo la ganancia. Allí estuve, y de verás que ya me he encomendado a San Cucufate del Vallés, mi patrono, al saber que tendremos en aquel puerto escala forzosa.

—¿Qué le hicieron mis paisanos? — hube de preguntarle.

—¡Cómo! ¿Ustet es puertorriqueño? Periodista, ¿verdat? Y, es claro, tan informal como los otros.

—No soy periodista, ni vivo en mi país desde hace tiempo. Yo vengo de Yucatán.

—Como si dijéramos del fin del mundo, ¿verdat? Pues entonces no puede usted saber la mala pasada que me han jugado sus paisanos. Con sus exageraciones sobre la vid y los viñedos, hicieron creer en Barselona que tenían en el vino una riqueza, y como este año hemos perdido toda la cosecha en el Priorato, yo me vine para acá tras del negosio. Quería dar un copo, ¿sabe ustet?… Y el copado he sido yo.

—¿Era malo el vino?
—¡El vino! Como no consigan fabricarlo con uvas del mar o con murtas de Cangrejos, tendrán que tomar guarapo hasta el día del juicio.

—Entonces no es usted solo el chasqueado; porque yo también hago este viaje atraído por eso del vino y por lo otro de la Confederación.

—¿La confederasió? ¡Quin romanso!

—¡Qué! ¿No la hay tampoco?

—¡Hombre! Lo que es haberla sí que la hay. Pero si dentro de un mismo territorio no han podido unirse dominicanos y haitianos, olvidando rencillas y preocupaciones, ¿cómo habrían de ligarse por un pacto federativo las 360 islas e islillas que, desde el canal de Bahama hasta el golfo de Paria, ocupan razas y gobiernos distintos?  Empiece ustet porque Cuba que se ha desangrado durante treinta años para conseguir su independencia no ha de sacrificarse enyuntándose con Tórtola o Los Roques. Luego vienen Jamaica, Trinidad, St. Kits, Antigua, Bermuda, Barbada, Nevis, Anegada, ¡y qué sé yo cuántas más!, pertenecientes a Inglaterra que usa máquinas de agafar de gran potensia. Allá en España agafó a Gibraltar, y todo lo que hay que desear es que no entre en ganas de llevarse otra cosa. Dinamarca no es de esperarse que regale a Santa Cruz, Santomás y sus otras virgensitas, cuando no quiso venderlas por muy buenos millonsejos; Francia no se desprende de Guadalupe y Martinica aunque le prometan una función diaria del Mont Pelat; Holanda se halla satisfecha con los nísperos de Curazao y la sal de Bonaire, y hasta Suecia creo que tiene un criadero de alcatraces allá por San Bartolomé… Esto sin contar con el reguero de frijoles de las Lucayas, donde no queda ni un peñasco mostrenco. ¡Cualquiera se encarga de dirigir esa orquesta! Ni que formar una nación con tales elementos fuera lo mateix que menjar butifarras… Lo que hubo fue, que al retirarse los americanos…

—Pero, ¿es cierto que se marcharon?

—¡Hombre! ¡Hasta el mismo Job, con toda su paciencia, hubiera hecho otro tanto!  Considere ustet que sus paisanos comenzaron por pedir que los Estados Unidos no tomasen más café que el de Puerto Rico, como si la zona cafetera de esa isla pudiera satisfacer el consumo de 76 millones de habitantes que forman la poblasió de la Gran República.  Después se opusieron a la importación de arroz, porque con ese negocio se llevaban del país los americanos tres millones de pesos, año tras año, y esto, como ustet comprenderá, era un criterio retorcido; porque si en Puerto Rico se toma el arroz por agua común y con polvos de arroz se embadurnan hasta las cucarachas viejas, la responsabilitat del gasto excesivo ha de imputarse a los consumidores y no a los proveedores que son comerciantes y no filántropos.  Una cosa es la humanitat y el negosio es otra cosa, dice Ayala en El tanto por ciento, y lo mismo ha de decir la lógica universal; sin embargo la insular quiso parodiar aquello del cómico de la legua: O firmas este puñal o te clavo este papel. . . y, ya metidos en parodias, hubo que prohibir la introducción de grasas y tocinos para fomentar la cría de cerdos y rechazar la importación de calzado que hacía competencia feroz a los zapateros, y recorrer así toda la escala proteccionista, para conceder a los fabricantes de mabí una prima en favor de su industria.  Como el Tío Sam no tiene un pelo de primo, cortó por lo sano, diciendo que para berengenales ya tenía bastante con el de Panamá, e hizo mutis. Entonces, como Puerto Rico mide treinta leguas de largo por once de ancho, y una nación reducida a tan exiguo perímetro y circunvalada además por el mar, hubiera parecido más raquítica que la república de Andorra, opinaron algunos que era llegada la hora de que se cumpliesen las profecías… Y se acudió a la federación con las islas adyacentes.

—¿Cuáles islas?

—¡Hombre de Dios! ¿Tan atrasado anda ustet en geografía antillana? ¿Cuáles han de ser las islas inmediatas a Puerto Rico, si no Vieques, Culebra, Culebrita, Mona, Monito, Cabras, Ratones, Palumitos, Caja de Muerto, Desechado, Hicacos, Cayo Santiago, etc.? ¿Le parecen a ustet pocas para una confederasió?

Lo que me parecía a mí era que aquel tío guasón me estaba tomando el pelo, pero lejos de enfadarme di riendas a la broma, preguntándole cuánto dinero había pagado por aquellas noticias.

—Por esas nada; mas, por desgracia, obtuve otras aligerándome el bolsillo. Cien pesos me cobraron en la aduana al registrar mi equipaje.

—¿Matute,  eh?

—¡Ca! No, señor. Camisas de hilo y trajes de lana de uso personal. Tejidos catalanes, los primeros del mundo, ¿sabe ustet? Excusáronse con que el gobierno provisional había decretado el cultivo forzoso de la sansevieria,  y el criterio proteccionista extremaba el rigor en pro de la industria insular; pero, ¡qué industria de Dios!; si todavía no hay un telar en la isla. No basta sembrar una planta textil, hay que saber la aplicación que tendrá en los centros manufactureros, y como yo no he visto a nadie usar calzoncillos u casacas de esa sansilvería, claro está que me incomodé, y se me escaparon algunas pesadeces. Aconsejáronme, para calmarme, que pitara la Borinquen, pues ya en el país la pitaban todos; pero yo no estaba para pitos y me dirigí al Congreso con una protesta…

— ¡Que sería atendida, seguramente!

—¡Si no había tal Congreso! Hallábanse en estudio las bases del pacto federal, y era cosa de gusto oír las proposiciones y exigencias de los pactistas. La Mona, protestando de su forzoso celibato, reclamaba en cláusula previa que la proveyesen de un orangután; el Monito rechazaba el diminutivo, porque cuatrocientos años era tiempo sobrado para alcanzar la mayoría de edad. ¡Vamos, que quería graduarse de chimpancé! Los Paluminos o Palumitos aspiraban a transformarse en guaraguaos, para defenderse de la Culebra que andaba sin bozal y no les dejaba huevo sano en los nidos. Los Ratones habían reclamado por teléfono que se degollasen todos los gatos en la capital, sin cuyo requisito corría peligro la vida de los senadores de aquel Estado; el Desechado exigía Universidad y puerto franco, para borrar un poco su despreciativo nombre; Caja de Muertos lo subordinaba todo al privilegio que le daba su título para proveer ataúdes a los confederados, y las Cabras no pedían nada, acaso por temor de que las llamasen, cornudas; pero como en su territorio se cultiva la lepra,  los otros pactistas les armaron un zipizape, rechazándolas de la convención. Total: que allí no se entendía nadie y la discusión prometía acabar a tinterazos, por lo cual me guardé la protesta y volví las espaldas.

También se las volví yo a mi interlocutor, sospechando en su burlona garrulería un poco de la roña que le causaba reconocer nuestra soberanía territorial.

Días después largaba anclas el vapor en plena bahía de San Juan y el primer saludo de un compatriota recibíalo de Cándido Manganilla, el botero de Cataño que doce años antes me condujera a bordo. Era el mismo Cándido; un poco más acartonado y cetrino, pero tan truchimán como antes.

—¡Ay, don Juan! — exclamó al reconocerme. — ¡A qué mala hora se le antojó volver!

—¡Qué! ¿No va bien con la independencia?

—No, señor. Estábamos mejor con los americanos. —Entonces aquí lo peor es lo último, porque recuerdo que cuando me marché, los mayores enemigos de España sostenían que estábamos mejor con los españoles.

—Yo le diré. Al principio todo fue vivas y cohetes y música. La Borinquen a chorro contínuo día y noche. Hasta se acordó mudarle el nombre al Callejón del Tamarindo, llamándolo Avenida de la Conflagrasión.

—Confederación, querrás decir.

—Bueno; lo que sea. Pero de un modo u de otro, lo que nos trajo eso fue un diluvio de brujas, que de las tierras añidías acudían tras el mamey, armándose con los mejores destinos y dejándonos a nojotros en la calle. Y en cambio no nos ayudaban con un empréstito que es lo que nos hace falta, porque sin dinero la tierra no da preduto, y echarnos unos socios arrancaos, pa tenerlos que mantener, maldita la utilidad que trae. Luego los americanos se fueron muy enfadados, cortando toda clase de relaciones con la Isla, y en Europa no quieren abrirnos crédito al oírnos cacarear nuestra miseria. Bailamos mucho, eso sí, pero debe ser para engañar el estómago, porque, según dicen algunos periódicos, la gente se muere de hambre por los caminos. ¡Nada! Que parecemos un pueblo de pordioseros, y eso, ¡eso es claro!, con pordioseros nadie hace negocios ni a los pobres de solemnidad se les presta dinero, porque no han de pagarlo. Que estamos apuraos ya lo sé; pero no creo que, desacreditándonos nojotros mismos, venga de fuera el remedio. He oído decir siempre que la fuerza de calabrote está en la apretura de las filásticas, y aquí ca uno jala pa su casa y el vecino que lo parta un rayo.

—Antes había dos partidos que se tiraban al degüello; ahora tenemos ocho: los confederados, los departamentales, los comunales, los individualistas, los históricos, los camanduleros, los oligarcas y los disolventes. Cada uno con sus comités y sus periódicos y sus reyertas y su candidato a la presidencia de la República. Esto es un infierno, don Juan; pero acabará pronto.

—Supongo que a garrotazo limpio.

—No, señor, no: hay trabajos muy serios y adelantados para traer las cosas al orden.

—¿Otra vez las sociedades secretas?—¡Qué remedio tiene! Aquí donde usté me ve, soy secretario de El Coco Sarazo que funciona en Guaynabo y se entiende directamente con la Junta Revolucionaria de Nueva York.

—Sea enhorabuena. Pero, ¿qué se propone esa Junta?

—Traer otra vez a los americanos; pero con Sampson y dos vapores de tres chimeneas, como aquel que les sacó andadura a algunos tullíos, cuando la guerra.

—Desengáñate, Cándido. Ni Sansón ni todos los filisteos han de traer a esta isla la fe, la perseverancia y la circunspección de que ha menester. La moral económica de un pueblo no se adquiere en mercados exportadores: se ha de producir y sostener por el pueblo mismo.

—¡Bueno! Yo no entiendo bien eso; pero ya me lo explicará. Vámonos a tierra. ¿Dónde están sus maletas?

—No desembarco. Si las cosas están como las pintas prefiero no verlas. Y vas a decirles a mis amigos, si algunos me quedan, que yo, el más petaca de todos los Juanes borinquenses, les aconsejo que se aprendan de memoria y repitan, como oración cotidiana, la fábula de las ranas que pedían rey.

—¿Y qué les pasó a esas ranas, don Juan?

—Pues, que todos los reyes que les nombraba Júpiter les parecían malos, y a unos por avispados en demasía y a otros por sobrados mansos, los acosaban con sátiras, inculpaciones y vituperios.  Tantas fueron las mudanzas y tan formidable llegó a ser la popular gresca, que Júpiter, exasperado les designó por rey un culebrón que se las engulló a todas…

Cándido regresó a tierra algo mohíno, y dos horas después proseguía mi viaje, pidiendo a Dios que no llegue el caso del culebrón para mis compatriotas.

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