Albizu Campos en la novela: el caso de Luis Abella Blanco (I)


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  • Escritor  e historiador

Uno de los aspectos más polémicos en la investigación de la historia del Nacionalismo Puertorriqueño y de la figura de Pedro Albizu Campos, ha sido la naturaleza de las relaciones de esa organización con las izquierdas  en la década del 1930, en particular con el Partido Socialista. El texto en el que ahora me ocupo, La República de Puerto Rico. Novela histórica de actualidad política,  escrita por Luis Abella Blanco, ofrece pistas de inmenso valor sobre la imagen del Nacionalismo y de Albizu Campos es un escritor Socialista Amarillo a fines del periodo aludido. Se trata de un momento muy peculiar. Después de todo, desde 1934 el Partido Nacionalista se hundió en la peor de sus crisis políticas y amenazaba con disolverse en medio de disensiones graves. La crisis fue producto tanto de la persecución política de las autoridades policíacas coloniales como federales (1934-1936); así como de los cuestionamientos al liderato de Albizu Campos resumidos en la casi ignorada “Carta a Irma” de José Monserrate Toro Nazario (1939).

Abella Blanco era un líder socialista moderado que poseía, según su foto pública, el señorío de un buen burgués. Sus posturas sintetizan la opinión del movimiento encabezado por Santiago Iglesias Pantín en nombre de la clase obrera. El autor estaba muy consciente de los reparos políticos del Nacionalismo hacia el anexionismo militante del liderato socialista. Iglesias Pantín se había transformado para los Nacionalistas en un icono de la traición. Fungiendo como Comisionado Residente en Washington, como se sabe, presentó en 1934 y 1935 sendos proyectos de Estadidad para el país por lo que el Nacionalismo armado atentó contra su vida en Mayagüez en 1936.

La narración de Abella Blanco se inserta en una larga tradición de sátira política que admite su ubicación al lado de obras poco conocidas como “Los viajes de Scaldado” (c.1889) de Ramón E. Betances, la buena literatura política de Lius Bonafoux en el modelo de “El avispero” (1892), o “El cuento de Juan Petaca” (c. 1912) de Salvador Brau. La parodia va en distintas direcciones -los Compontes en la primera, una ciudad local en la segunda, la Confederación de las Antillas,en la última-. Pero el tono de cinismo y desenvoltura es el mismo, rayando en los tres casos en la insolencia y la procacidad. Abella Blanco no se oculta mucho para hacer la caricatura literaria: usa pseudónimos  paródicos muy obvios para designar las figuras públicas que protagonizaron la vida civil de la década del 1930, elemento que facilita la lectura de la novela para cualquier persona enterada en la época.

El volumen usa como lema o preámbulo el poema “Bolívar” de Luis Lloréns Torres. El mismo adquiere un tono de irreverencia cuando se contrasta el tratamiento a Bolívar que inspira al poeta de Juana Díaz, con el que se da en la novela a Pedro Albozo del Campo, Libertador de Puerto Rico y Primer Presidente de la República en 1932. Lo más curioso de esa República, desde mi punto de vista, es su evidente genealogía dieguista,  tanta como la que el Nacionalismo reclamó para sí históricamente. Puerto Rico Libre resultará en una República con el Protectorado de Estados Unidos, condición jurídica que servirá para puntualizar su incapacidad para la Independencia en Pelo. El diseño de la república se teje alrededor de lo que he denominado en otro libro, el Proyecto Plattista de José de Diego. Lo más interesante del juicio del autor sobre esa incapacidad para la Libertad, es que Abella Blanco no la  adjudica al líder. El responsable es el Pueblo, que sigue siendo “niño” e incapaz para apropiar ese valor supremo de Imaginario Liberal que es la Libertad.

La narración novelesca inicia con un curioso proceso judicial contra Puerto Rico, que permite al autor aclarar la tesis del texto.  La Nación es acusada del delito de “incapacidad para regir sus propios asuntos” (7). El interrogatorio desemboca en una curiosa síntesis apasionada del pasado histórico nacional propio de la Generación de 1930. El 1898 fue el “gran colapso moral” (11) que produjo la pérdida de la moral y de la identidad. La diferencia es que España no es Madre Reverenda porque fue capaz de entregar a Puerto Rico como “botín de guerra” (10) a los americanos. España se ha transformado en una patética figura sanchesca.

Las respuestas al interrogatorio que ofrece el acusado, Puerto Rico, legitiman la Independencia como opción última, y justifican los medios para obtenerla. El pasado histórico inmediato y remoto no deja otra opción. Los contrastes entre la imagen de España y Estados Unidos son típicos de los pensadores anteriores al 1930: el pasado hispánico se dibuja con atributos  devastadores: el pasado estadounidense se mira con más condescendencia. España no pudo dar lo que no tenía: la llave de la Modernidad. No está de más recordar que los Socialistas de principios de siglo, tuvieron en el nuevo orden impuesto tras la invasión del 1898 un aliado invaluable. El impacto de aquella relación fue crucial en su percepción del problema del estatus y en el tenor de sindicalismo que practicaron bajo la soberanía sajona. Lo cierto es que el Partido Socialista sólo representó un peligro para el Capital extranjero y nacional, durante  las primeras dos décadas del siglo 20.

Del mismo modo, el Puerto Rico acusado se defiende por medio de otra discursividad dominante: la de la época del Nuevo Trato y el naciente Populismo. La idea malthusiana de la sobrepoblación (13), la esperanza en un futuro industrial redentor (15), entre otros argumentos, se combinan para criticar la “teratología jurídica política” que es la colonia (19). El juicio, como era de esperarse, quedará irresuelto. Pero esa situación embarazosa abrirá el camino hacia la Independencia, que es el tema del resto de la breve narración.

La cultura socialista de Abella Blanco es rica. La arquitectura del texto recuerda numerosos textos clásicos del pensamiento social decimonónico. La novela posee el tono magisterial y racionalista de la “Parábola” (1819) de Henri de Saint-Simon, el teórico de la Sociedad de los Industriales y, en cierto modo, uno de los antecedentes del Socialismo de Estado o del Corporativismo. Su redacción es análoga, por otro lado, al texto titulado  “Los enemigos de la Libertad y de la felicidad del Pueblo” (1832), de Augusto Blanqui por su redacción como si se tratase de las minutas de una inquisición jurídica intensa.

La República de Puerto Rico de 1932 se consolida tras un cuartelazo encabezado por Pedro Albozo Campos, y es sostenida mediante una interesante alianza entre la República y Estados Unidos por medio del “Tratado de Palo Seco” (43 ss). Pero la secuela de toda esta ficción es que el radicalismo albizuista, exclusivista por demás en la teoría y orgulloso de la Raza y la Nación, se suprime después de triunfo militar en la medida de que lo que se consolida es una sumisa República Asociada apocada, que depende financieramente de un empréstito americano. No solo eso, Puerto Rico Libre admitirá la construcción de estaciones carboneras para la Marina de Guerra de aquel país y no podrá tomar decisiones bélicas que afecten los intereses del norte. El tratado bilateral incluso reconocerá el derecho de intervención de Estados Unidos cuando aquel país lo considerase necesario. Los términos recuerdan lo mismo la situación de la Carta Autonómica de 1897, motivo jurídico de culto del Nacionalismo Hispanófilo Albizuista, en muchos aspectos. La República de 1932  disfruta de una Libertad Fingida, a la manera de su antecesora, la  República Cubana Plattista.

Una nota clave para entender el debate entre Nacionalistas y Socialistas se encuentra en la decisión del Gobierno de la República de declarar Persona Non Grata y expulsar del país a Santiago Monasterio Patín (43). Su imagen, un tanto exagerada, como el “Lenine de las Islas del Mar Caribe” (49), ratifica el respeto que los obreristas puertorriqueños expresaban a esa figura legendaria y contradictoria del Viejo Gallego. El problema que quiero resaltar es que la tensión entre Socialistas y Nacionalistas, estaba alimentada por las diferencias de estatus, no por diferendos en términos de la percepción de la clase obrera como fenómeno social o porque se cuestionara el compromiso que se debía manifestar hacia la misma. La pregunta que me hago es si un Partido Socialista independentista hubiese sido tolerado como un aliado por el Partido Nacionalista, y viceversa. Dado el hecho de que numerosos Rojos y Comunistas colaboraron intensamente con el Partido Nacionalista, al menos hasta después del fin de la Segunda Guerra Mundial, el planteamiento no me parece inapropiado.

Pedro Albozo del Campo es construido con los rasgos de un estratega experto: Albizu Campos fue Teniente Segundo del Ejército de Estados Unidos durante la Primera Guerra Mundial y leía ávidamente manuales de táctica. El Ejército Libertador, aprovecha el día de paga en el orbe cañero -sábado 4 de febrero-para articular un exitoso grito insurreccional en 8 localidades urbanas (31-32), eventualidad que sirve para resarcir simbólicamente el fracaso del 1868. El apoyo de una guerrilla rural a un vigoroso ejército formal compuesto por 7 brigadas que suman  100,000 efectivos (35-36), permite que el 8 de febrero de 1932, se asegure la Independencia. Los paralelos de estos combates con los inventados por Luis López Nieves en su clásico Seva (1984), no deben ser pasados por alto. ¿Se trata de la nostalgia por un pasado bélico inexistente?

La Independencia, sin embargo, no produce el efecto deseado. Lo que sucede al triunfo es una borrachera de la Libertad que impide el despegue de la economía nacional, por lo que los lazos de dependencia de Estados Unidos en lugar de romperse, se estrechan. La clave de la parodia es esa paradoja trágica para el independentismo inocente e idealista que ve en la Libertad una Panacea o la Piedra Filosofal del Relato Hegeliano.

Albozo del Campo, tolerante inicialmente con la nueva versión de la República Feliz de las Tres B’s que vive el país recién liberado, un Piripao Tropical, se verá precisado a imponer la ley y el orden con mano más que dura. Al reconocer que el Pueblo no está preparado para la Libertad, en “Proclama Oficial” del 27 de marzo de 1933, establece una dictadura férrea con tal de restablecer el orden y garantizar el desembolso del préstamo de 10 millones que espera sane la economía nacional (72-75). El signo de ese autoritarismo se traduce en  la censura, prisión y fusilamiento del director del periódico “El estoque” Guillermo Atila Garcés (84). Abella Blanco ha conseguido su meta: minar el proyecto Nacionalista y ridiculizar el culto a Albizu Campos, el Mártir. Sus argumentos, como demostraré en otros artículos, no representaba una novedad. Albizu Campos fue capaz de despertar todo el amor y todo el odio de quienes lo conocieron. En ese poder de conmocionar, radica buena parte de su grandeza.

Ahora, ¿cuál fue el futuro de la República de Puerto Rico?  Eso lo discutiré en otra ocasión.

Comentario en torno a Luis Abella Blanco. La República de Puerto Rico. Novela histórica de actualidad política. San Juan: Editorial Real Hermanos, 19–. 123 págs.

Seva: historia de una (re)lectura


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  • Escritor e historiador

A Víctor Cabañas, colega tan ficcional como yo

La pregunta que me hago es sencilla ¿por qué vuelvo a leer este cuento?  Hace apenas 3 días volví ese relato clásico y escandaloso y la sensación fue como, en cierto modo, parecida a  la de la primera vez. Por eso voy a tratar de contestar esta interrogante personal del modo más intempestivo y peligroso. En diciembre de 1983 cuando me enfrenté a Seva en las páginas de un semanario socialista, me asaltó la misma emoción del hallazgo que invadió a tantos ilusos. Se trataba de una sensación contradictoria entre el dolor y la furia. Por aquel entonces yo acababa de cumplir 23 años, me habían expulsado de dos recintos del sistema público universitario por mi activismo político y, prácticamente. Era testigo de cómo se disolvían mis sueños de ser un historiador profesional.

El autor y Luis López Nieves

En 1983 ser historiador profesional significaba ser un cazador de la verdad más verdadera en el oscuro panorama colonial que se vivía. La verdad se hallaba velada por el manto de la mentira heredada o bajo el poder y la impertinencia del Otro y sus aliados: la intelectualidad colonizada. Seva cumplió aquel empeño por la verdad de la manera más cruda apoyándose en la fuerza de un mito procaz y morboso.  El descubrimiento de la masacre de un pueblo de la costa este de Puerto Rico por los invasores del 1898, era el mecanismo más apropiado para combatir en aquella época en que reverdecía la Guerra Fría bajo el palio del dueto Reagan-Thatcher. Yo era uno de aquello jóvenes que, desde la izquierda radical,  veían crecer aquel rejuvenecido derechismo, a la vez que reconocía la precariedad del Socialismo Real y las ficciones seniles con que trajinaba el Nacionalismo Cultural Hispanófilo domesticado por la cultura del populismo más conservador. Ninguna coyuntura podía ser más auspiciosa para el burla burlando, como el “Soneto de repente” de Lope, que acababa de producir Luis López Nieves.

Seva salió, ahora lo reconozco desde la comodidad de mi escritorio, un 23 de diciembre, dos días antes de la Natividad en el periódico Claridad, órgano en aquel entonces del Partido Socialista Puertorriqueño. La semana del 23 al 29 de diciembre terminaba en el Día de los Santo Inocentes. López Nieves y Luis Fernando Coss, entonces Director del semanario y a quien había conocido durante la huelga universitaria de 1981, completaron el lance perfecto. El problema no radicaba, pienso ahora, en el hecho específico del engaño o de tomarle el pelo a la gente. En aquel entonces la gravedad radicó en la cuestión de a quien le tomaron el pelo: a los historiadores más adustos, a los nacionalistas más comprometidos y a un segmento visible de las vanguardias políticas consideradas conscientes. La imagen retraída del intelectual objetivo, capaz de apropiar con sobriedad y desapasionamiento la realidad y de convertir el conocimiento era un instrumento eficaz de lucha, quedó en entredicho. Su capacidad para discernir entre lo posible y lo deseado, también. La procacidad de López Nieves lo colocó en una posición peligrosa y en objeto de unos medios de comunicación masiva que todavía resultaban amenazantes para las generaciones intelectuales dominantes.

Las elites intelectuales que adoptaron la ficción o lo deseado como una posibilidad, pisaban un terreno movedizo. Parecían malsanamente ansiosas por la posesión de la memoria de aquel hipotético derramamiento de sangre. Los hechos contados en Seva eran tan patéticos que podían opacar o devaluar la sangre nacionalista derramada en Ponce en marzo de 1937. Por la fecha en que surgieron, venían a mezclarse con la de dos chicos torturados en el Cerro Maravilla apenas en julio de 1978, conspiración que apenas comenzaba a develarse en toda su crueldad por aquel entonces. En verdad en el ambiente había mucho acelerante presente: el ficticio diario de Nelson A. Miles, citado por el inexistente historiador Víctor Cabañas, suprimía la descripción de los combates de los yanquis con los valientes sevanos entre el 6 de mayo y el 6 de junio de 1898 y lo reducía todo a una mera sugerencia de la estadística de los muertos.

La sangre y la violencia que se percibía por todas partes  en tiempos del atropellante Romerato, fue responsable de que la resistencia derrotada de los inexistentes sevanos causara aquel furor acompasado a los tristes acordes del leitmotif  “Seva vive”. Ni Betances, ni Hostos, ni José Maldonado el Águila Blanca, ni los combates de la Patrullas Volantes o Macheteros, habían sido capaces de levantar el diezmo de aquellas pasiones arracionales. De una manera oblicua y cínica, los vociferantes demostraban que no se equivocaban: las luchas políticas en Puerto Rico necesitaban de la ficción para mantenerse vivas.

La eficacia de Seva demostró que el desgano con el pasado heredado era una realidad exuberante. El país podía tener el pasado heroico o trágico que quisiera. Pero estaba constreñido a la posesión insegura del pasado que se merecía y en consecuencia, como podrían concluir  los buenos Liberales Progresistas, tendría que ajustarse al futuro que se había labrado. Seva demostró que la Nación, como había sugerido Ernest Renan en 1882, dependía también de “el error histórico”. Renan decía que “los estudios históricos (son) a menudo un peligro para la nacionalidad”.  López Nieves demostraba que la Literatura Creativa también podía serlo y de un modo más radical que la misma Historiografía. Hoy pienso que, después de Seva, los años de labor de creación de un orgullo nacional colectivo respetable que habían invertido los historiadores, resultaron perdidos. A los lectores les alcanzó el gatillo de la mentira bien urdida de un cuentista que dejaba morir felizmente  a 720 de 721 sevanos a manos de los yanquis para sentirse de otro modo.

Desde mi lectura de Seva en 1983 me cuestioné lo que significaba ser un historiador profesional. Yo era un tipo con carácter: no me gustaba que me engañaran. Algunos de mis maestros en la disciplina, pienso en Germán Delgado Pasapera, resintieron la publicación de aquella infamia ficcional de López Nieves y lamentaron su capacidad de adulterar el pasado y seducir a la recta razón. A mí me demostró que entre la Razón y la Pasión solo pende un hilo. También me aclaro que la relación del sujeto cognoscente con la realidad o la ficción, solo depende de la actitud y la decisión del sujeto. Claro que el cuento de López Nieves no tenía esas intenciones filosóficas ni nada por el estilo: el cuentista jugaba con la inocencia colonial más larvada de las clases políticas locales a la vez que configuraba su fisonomía de escritor a la manera de un Orson Welles tropical. Seva me convenció de que para ser historiador profesional, había que aceptar la idea de que ello conllevaba mucho de juego.

Posfacio en una tarde nublada

Hoy soy historiador bona fide si es que tal cosa como un historiador de buena fe sigue siendo posible. Publiqué mi primer libro de historia en 1994: una fría biografía crítica de Segundo Ruiz Belvis y su tiempo. Desde 1997, me sedujo aquel cambio de siglo tan lleno de (im)posibilidades, retractaciones y (anti)heroísmos. He publicado numerosos trabajos investigativos e interpretativos sobre el 1898. Hace apenas dos semanas, presenté mi último título al respecto en La Tertulia de Río Piedras: Porto Rico: hecho en Estados Unidos, volumen que preparé con José Anazagasty Rodríguez. Sólo para profundizar la tensión, López Nieves estuvo allí conversando con nosotros sobre los pasados conspirativos.

¡Qué sinuoso es el tiempo! Con los años me acostumbré a la fluidez y la fragilidad de las verdades históricas: dejé atrás a los pontificadores de lo cierto. También me adiestré en la  contingencia de una cultura literaria. Comprendí que, cada día, la escritura se ve impelida a reinventarse si pretende asegurarse un nicho en la hiperrealista (des)organización del mercado global desenfrenado. Hasta he llegado a aceptar con una sonrisa cínica que el pasado está determinado por el presente, y no del otro modo. También me he convencido de que la escritura literaria es un palimpsesto y que el papel ideal para imprimirla es el cadáver de los que nos antecedieron.

Me parece que esa es razón suficiente para volver a leer ese cuento.

Nota: ¡Dios mío! Acabo de darme cuenta de Víctor Cabañas se equivocó: aquel Luis M. Rivera, no fue el padre de Luis Muñoz Marín y el esposo de Amalia. Aquel individuo sabía inglés y el viejo autonomista de Barranquitas no. A la desaparición del historiador en la zona de Ceiba, debo añadir la búsqueda de la identidad de aquel traidor.

Crónica de una visita a San Germán


A Luis Lopez Nieves y Vibeke Betances, amigos…

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  • Escritor y profesor universitario

Era la noche del 16 de noviembre de 2009. Había llovido toda la semana en San Juan y, en San Germán, apenas caían las primeras gotas de uno chubascos impertinentes que animaron las calles desiertas de la aldea fundada hace 499 años en un lugar llamado Guainía. La vieja historia de las “dos ciudades” se repetía como una letanía simbólica.

Yo estaba conciente de que aquella noche ocurriría algo extraordinario, espectacular y espantoso, como en los cuentos de Edgar Allan Poe o lo de Pedro Cabiya. Se lo había dicho a mi mujer:

-Maribel, cuando se arriba al día 15 del que será tu cincuentenario, cualquier cosa puede suceder…me consta. El problema es que esas fecha solo acontecen una vez en la vida. Mi única evidencia era mi intuición y eso me parecía suficiente.

Ella me miró con sus ojos pequeños y amorosos de siempre, llenos de bondad y tiempo. Me necesitaba al otro día para cumplir con ciertas tareas que consideraba impostergables: fotografiar a ciertos amigos, llevarle un cargamento de flores frescas procedentes de una funeraria a un lugar específico de la universidad, pagar la gasolina de la guagua y descargar un programa electrónico en una procesadora conectada a una pantalla gigante que me atemorizaba.

Fue como la ocasión en que tuvimos que ir al Cuartel de Ballajá y yo estaba muy enfermo. Por esos días Nietzsche apareció por casa y nunca más se ha ido. Aquella noche remota tuve que arrestar a una terrorista enmascarada que jugaba insistentemente con las partes de un reloj gigante con intenciones de alterar la estabilidad de Cronos. Entonces yo era agente de efebeí, un oscuro hombre de negro clandestino que merodeaba entre la multitud que miraba aquello con asombro.

¿Por qué me llegaba aquella imagen del 2004 a la memoria en una noche húmeda y fría de San Germán aquel 16 de noviembre de 2009? No podía explicarlo con precisión. Solamente se me ocurrió que aquello le sucedía a quienes arribaban al día 15 del año que habría de ser su cincuentenario.

Evadí la mirada de Maribel cuando comencé a percibir su angustia agreste. A mi espalda estaba el Convento Porta Coeli y al frente y al fondo, los mancharones que dibujaban una vieja iglesia colonial abandonada. Pensé: del mismo modo que “hablar con mujer en plaza, es cosa muy descubierta”, también “pueblo que tiene dos plazas, me entristece y desconcierta”.

La plaza pública desierta era un deja vú de la otra igualmente abandonada, que habíamos dejado atrás hacía apenas una milésima de segundo. Los espacios se multiplicaban y distorsionaban ante mis ojos como si se tratara de un modelo para armar manipulado por un niño imprudente. Pero esa noche no habíamos descorchado ninguna botella de vino ni nada por el estilo

Entonces Maribel me preguntó:

-¿A qué te refieres Mario? Dímelo por piedad?-, bajé el rostro con el fin de evadir sus pómulos asintomáticos y rebeldes y le aseguré:

-A que en pueblos como este y en noches como la que acontece, puedes encontrar un Betances sentado en la base de un poste de la acera, o a un novelista tratando de huir mientras observa la paloma de un nuevo diluvio.

Galileo afirmó mi aseveración desde el extremo de un telescopio minúsculo que le permitía otear las simplezas del alma humana. “¡También Voltaire puede reír a carcajadas como a veces lo hizo Baudelaire…!”

Cuando volvía a alzar la mirada, allí estaban todos reclamándome una explicación… Maribel les hacía el coro. Entonces me desvanecí.

***

La aventura del día siguiente transcurrió sin mayores disturbios. Era el 17 de noviembre, el día 16 de mi primer cincuentenario. Me sentía mejor, había dejado de llover y el sol había salido por donde siempre acostumbraba a hacerlo, como en una novela realista-mágica envejecida y disoluta. En San Juan seguía n los aguaceros pero ya a nadie le importaba el asunto. La paloma del otro diluvio aconteció esta vez inadvertida e invisible.

Hice todo lo que Maribel me ordenó: fotografié a todos los conocidos y desconocidos que encontré en el camino, llevé un inmensa cantidad de flores frescas de la funeraria a un salón grande y alto de la universidad, y descargué un programa electrónico en una pantalla gigante que ya no me atemorizaba.

Luis López Nieves disertó sobre lo que sabe disertar: historia trocada y ficciones apabullantes que se confunden con la realidad. Luis mintió varias veces sobre las cosas que esperaba hacer en el futuro mientras pensaba en los clásico que estaba acostumbrado a leer. Víctor Cabañas, lo vi, se ocultaba entre los estudiantes para que no lo reconocieran. Ya se había retirado y no quería responder preguntas de nadie.

Galileo pasó inadvertido oculto detrás de las flores que yo había cargado y que ahora cubrían la mesa. Voltaire pululaba por los pasillos mirando de cerca e interpretando racionalmente a las muchachas. Cuando Betances llegó, nadie supo que se trata de él. Lo reconocí por el cabello largo y la mirada vieja y clandestina. Me escabullí por unos segundos y lo intercepté en el umbral y fuimos juntos hasta donde estaba Luis para que se conocieran después de tanto tiempo. Al cabo de un rato todos desaparecieron.

Me dicen que Luis se fue para Holanda pero no estoy seguro de ello. A lo mejor está buscando la pista de Pepe Díaz para inventarle una épica. Mañana, mañana que es 18 de noviembre, volveré a buscarlo en la plaza pública de San Germán, a ver si dejó una huella inscrita en las baldosas…

Historia, literatura y ensayo: problemas de un entrecruzamiento


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  • Escritor y profesor universitario

 

La colección de ensayos de Miguel A. Fornerín vuelve sobre un debate que ya ha madurado bastante en el país. En vista de ello, me limitaré a bosquejar una reflexión sobre el mismo a la luz de mi experiencia como historiador y escritor, y sobre todo, como lector. El entrecruzamiento entre la historia y la literatura es un lugar común en el debate sobre la modernidad. En el Puerto Rico del siglo 20, el entrecruzamiento o la invasión, ha sido en las dos direcciones y se ha mostrado en una variedad de formas que valdría  la pena apuntar. La legitimidad del entrecruzamiento ha radicado en la concepción de que el ser, la identidad o lo que somos, solo puede organizarse en el contexto de lo que denominamos historia.  Dado el papel relevante del relato y la narración en ambos territorios, la narratología y el análisis del discurso se han convertido en instrumentos idóneos para enfrentar el asunto.

La literatura puertorriqueña ofrece interesantes pistas sobre el asunto. El papel protagónico que cumplió el ensayo en la Generación de 1930 es comparable con el de la narrativa, en especial la breve, en la Generación del 1970. El punto de convergencia más notable entre ambos ciclos discursivos, fue la preocupación por el lugar que ocupaba la idea de Puerto Rico en el tiempo-espacio. Se trataba de una cuestión políticamente polémica que había marcado el camino de la nación hacia la modernidad desde el siglo 18. La solución más común al asunto ha sido reconocer que la nación no fue lo que debía ser. La metáfora de origen hegeliano del destino inconcluso, se ha manifestado lo mismo por medio de la muchedumbre de Rosendo Matienzo Cintrón, o a través de la nave al garete de Antonio S. Pedreira. En ambos casos se enfrentó el asunto como si fuera una tragedia.

Miguel_FornerinMe parece que de allí proviene la teoría del trauma, que solo ha servido para justificar  la puesta en escena de una versión tragicómica del pasado puertorriqueño. La historia nacional se percibe como una evolución accidentada que no se ajusta a un modelo consagrado. Quienes así piensan olvidan que los modelos historiográficos son solo marcos de referencia crítica. Esa percepción explica porqué los intelectuales y literatos del 30 y del 70, cultivaron el entrecruzamiento desde sus peculiares trincheras sesgadas.

Ni la Generación del 30 ni la del 70 enfrentaron la historia como lo hubiera hecho un historiógrafo. Ambas se apropiaron de la historia historizante, como la llamaba Federico Nietzsche, como si fuera literatura. Con la liberalidad propia de los escritores,   resemantizaron las imágenes del pasado. La relación de ambas generaciones con la historia fue diferente, sin embargo. La mirada del 30 respondía a una crisis,  pero terminó siendo la sustancia de un canon literario y sirvió para legitimar la versión oficial de la historia en la Era del populismo. Aquel canon se levantó contra el orden colonial del 1900.

La mirada del 70 respondió a otra crisis, pero cuestionaba el orden de posguerra. El revuelo internacional del 1968 fue esencial en su diseño. Su objetivo fue erosionar el canon literario y la versión oficial construida en la Era del Populismo. La implosión de aquella estructura se realizó desde un lugar de saber-poder común a ambas: la Universidad. La propuesta de la conversión de la Casa de Estudios en una Casa para el Cambio fue parte de ello.  La meta de potenciar el estreno de un nuevo pasado que sirviera de base para un nuevo futuro, también. Aunque ninguna de las aquellas metas se consiguió, la relación del 70 con el 30 siempre fue contradictoria.

La intelectualidad oficial de la Era del populismo, se atribuyó haber posibilitado la entrada en escena del pueblo. En la década del 1940, civilizar a la jibarada era un fin atractivo. Nadie pensaba que su civilización significaría su desaparición social. La noción de pueblo defendida por los populistas, me recuerda el lenguaje de los revolucionarios franceses constitucionalistas para quienes el concepto era sinónimo de Tercer Estado. La idea del pueblo de los populistas  desembocó en el concepto abierto y cómodo de clases medias moderadas, igual que en la Era Postnapoleónica europea.

La Generación del 70 apropió el concepto pueblo de un modo distinto. Es cierto que resulta exagerado entroncar su concepción de lo popular y de la historia, a las teorías socialistas o materialistas históricas. En aquellos narradores el socialismo fue un pretexto de época muchas veces mal comprendido.  A la altura del 70,  los escritores socialistas eran pocos –César Andréu Iglesias era uno de ellos- pero fueron voces marginales  invisibilizadas por el canon cultural. Afirmar que los escritores del 70 favorecían el socialismo es una aseveración comprensible solo en el contexto del discurso autoritario de la Guerra Fría dada la fertilidad del anticomunismo americano. Lo que sí mostraban aquellos escritores era un nacionalismo afirmativo esencialista.

Los escritores del 70 fueron los hijos del populismo, la Generación Carnation y representaban a un sector particular de la clase media acomodada. Aquellos sectores se radicalizaron o, como se decía en la época, evolucionaron al jacobinismo, porque se convencieron de que el proyecto desarrollista populista se había erosionado y no merecía la paciencia del independentismo. El jacobinismo de aquella promoción fue un esfuerzo por recuperar algo perdido: el populismo radical del 1938, una ideología comprometida con el pueblo y con la independencia. En los escritores del 70, aquel espíritu se tradujo en un neopopulismo tan paternalista e iluminista como del los 30 y los 40. La gran distinción fue su sabor urbano.

La mayor preocupación de aquellos autores fueron los olvidados del proceso de industrialización, los nuevos pobres y el lumpen. En entrecruzamiento de la historia y la literatura en el 70 estuvo marcado por el deseo de  implotar el canon heredado del 1930 y el 1950, en la medida en que actuaban como interlocutores de los marginados del desarrollo. Sin embargo cuando en 1968 esos sectores se expresaron, rechazaron el discurso del 70 y llevaron al  anexionismo al poder por primera vez desde 1936. El 70 compartió con el 30 y el 50 la idea de Puerto Rico como una nación tullida.  El país necesitaba una silla de ruedas que los escritores suplían en forma de textos. Pero la silla solo facilitaba su movilidad: la nación tullida seguía allí.

Los autores citados por Fornenín convirtieron la literatura en un diálogo con la historia. Pero como la escritura de la historia vacila entre el relato y el ensayo, la experiencia fue muy diversa. El diálogo de aquellos escritores se entabló con la nueva historia social, experiencia que había legitimado una serie de formas de la memoria que la tradición rechazaba.  La valorización de la oralidad, de la visión micro y de las miradas de y desde la marginalidad, hacía de los historiógrafos pensadores tan revisionistas y tan rebeldes como los escritores

EntrecruzamientoPero cualquier análisis de la historiografía del 70 demuestra que la misma fue el resultado de la integración a la historia de recursos de la antropología y la sociología. También las series estadísticas influyeron en el lenguaje de los historiadores. La economía de hacienda, las luchas de los sectores alternos, protagonizaron el drama del pasado. Para mi lo más curioso es que un proceso que estimuló el desarrollo de un lenguaje historiográfico cada vez menos literario, haya tenido tanto impacto en la inserción de los temas históricos en la narrativa ficcional. La transacción entre historia y literatura se dio en el campo de las ideas y las interpretaciones renovadoras solamente.

La impugnación del pasado en el caso de José Luis González y el  tema del 1898,  y el de Luis López Nieves y el siglo 16, no culminó en la refundación de uno nuevo. La historia trocada o alternativa se redujo al juego seductor, a la sugerencia. De manera paralela, revisitar el pasado por medio de la genealogía, y comparar a la nación con la familia, recursos con los que jugaron Magali García Ramis y Ana Lydia Vega, resultó  ineficaz en un ámbito en el cual el lector medio desconocía incluso los puntos neurálgicos de la versión canónica o liberal más insulsa del pasado de la nación. Con la excepción de Luis López Nieves y Edgardo Rodríguez Juliá, que miraron el siglo 16 y el 18 como ámbito semántico, para el resto de los autores la historia se circunscribió al momento de la modernidad historizable: el siglo 19 y la era de la industrialización dependiente fomentada por el populismo desde 1940.

A veces me da la impresión, en especial cuando releo las crónicas de Edgardo Rodríguez Juliá, de que a lo que me enfrento es al entrecruzamiento del ensayo con la narrativa. Allí está una de las claves para comprender lo que se ha denominado crónica que, como señala Fornerín, es una mirada del pasado en función del presente. Eso ha sido la crónica desde Herodoto, hasta Ramón Llull y Fernández de Oviedo. Pero ello no la hace diferente de la historia que es básicamente lo mismo. La diferencia radica en la voluntad de permanecer del saber histórico, y la conciencia de fugacidad que domina la crónica. En cuanto el historiador se da cuenta de la fugacidad del saber histórico, la diferencia queda anulada.

Desde la década del 90 los historiadores se dejaron invadir por la literatura tras el retorno de la narración y el giro lingüístico en su territorio de un modo distinto. El entrecruzamiento tomó otro cariz. Eso me demuestra que todos los procesos creativos, incluso los más fabulosos se agotan en algún momento. El tema de la nación y su destino inconcluso, la idea de la nación tullida, el pasado como genealogía y la metáfora de la nación con la familia, incluso la crónica urbana, están ausentes de la narrativa actual. Esa contingencia es sabrosísima, porque representa una nueva oportunidad para la creatividad. Este libro de Fornerín invita a la reflexión sobre el encuentro de estos los discursos del 30 y del 70, particularmente en un presente que los menosprecia a ambos.

 

Comentario en torno a Miguel A. Fornerín. Entrecruzamiento de la historia y la literatura en la Generación de 1970.  San Juan: Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y El Caribe, 2009. 251 págs. Leído en la sala Manuel y Josefina Álvarez Nazario de la Biblioteca general del RUM.

Narradores 2000 : El robo del pasado en la obra de Luis López Nieves


  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

“…lo que al principio parecía un rompecabezas (…)

ahora se ha transformado en la clarísima historia de un magno hurto histórico”

Ysabeau de Vassy

La relación del narrador Luis López Nieves con el pasado y sus figuraciones, parece ser una de las claves para comprender su narrativa. Tanto el cuento Seva (1984), como las novelas El corazón de Voltaire (2005) y El silencio de Galileo (2009), representan una propuesta común: se trata de narraciones que, si bien interpelan el pasado y sus prejuicios, en lo fundamental ficcionalizan el trabajo de los historiadores. El elemento común a las tres narraciones  es la teatralización del proceso a través del cual los historiadores elaboran hipótesis, investigan, argumentan y generan sus conclusiones. El hallazgo o la invención de la verdad histórica animan el conjunto de su obra desde 1980.

Galileo

Visto el conjunto, se trata de una apropiación de la Historia en su sentido más clásico. En tiempos de Herodoto de Turii, la encuesta, la indagación o el testimonio, era la fuente más confiable de conocer el pasado. La Historia era Memoria –directa o indirecta- en el sentido más llano del término. La producción del conocimiento histórico dependía de la mayéutica más transparente. En el caso de López Nieves,  los documentos, cartas, papeles sueltos o correos electrónicos en cada caso, representan la diversidad de interlocutores involucrados en la construcción de la memoria histórica consolidada en un relato. La interpelación de los mismos será una responsabilidad compartida por el autor y el lector en su momento.

Me parece que la explicación para esta obsesión lopeznievana se encuentra en su pasión de y por la Historia. El entusiasmo no se circunscribe a la cuestión de cómo la disciplina maneja sus problemas. Los historiadores de López Nieves parodian muy bien ese ámbito pero, a la vez, llenan de humanidad una profesión que durante mucho tiempo aspiró ser tan antiséptica como las  ciencias naturales. La irracionalidad ocasional de Ysabeau de Vassy o las manipulaciones emocionales de Luigi Nolfo no son ajenas a la profesión. Pero la pasión de López Nieves va más allá de ese detalle. Se trata también de una inclinación extraordinaria por la forma en que ciertos historiadores construyen sus historias y articulan sus imaginarios del pasado: es también una nostalgia por la narración histórica.

Esa pasión se comprende, en gran medida, como una versión  revisada de una idea central de la Modernidad y la cultura burguesa del siglo 19: se trata de la concepción de que la Historia es el yunque de la identidad. No creo que tenga que recordar que una de las preocupaciones fundamentales del cuento y la novela puertorriqueñas hasta la década del 1980 fue precisamente esa. En el caso de López Nieves, como en buena parte de la narrativa del 1970, se trata de una percepción de la Historia y el pasado como un objeto robado.

Los tres textos citados están marcados por esta noción. El lugar denominado Seva, el corazón del intelectual ilustrado e irascible, y la paternidad del telescopio y su simbólico valor destructivo de un mundo obscenamente sumiso a un Dios autoritario, representan algo muy concreto. Son verdades de un pasado subsumido por la mentira. Son espacios de incertidumbre que materializan diversas expresiones concretas del saqueo de un pasado. El Historiador, con sus pasiones y sus técnicas, se convierte en el magus que tiene en sus manos los recursos para restituir las porciones de verdad sustraídas a tres momentos emblemáticos sobre las cuales ha caído un pesado velo de falsedad.

Voltaire

La idea del historiador que recupera un lector enterado al cabo de su lectura, es muy precisa. Los personajes de López Nieves insisten en que historiar significa separar un acto ficcional de un acto real. La responsabilidad es diferenciarlos de manera convincente y definitiva. El proceso de develación se convierte en un juego extraordinario y, dado que lo que se está tratando del resolver es un crimen simbólico, el historiador se mueve como cualquier otro conspirador a través de una madeja de trampas que vencerá, sin duda, en el camino de la apropiación de la verdad.

La verdad siempre implicará la recuperación del objeto robado –el pasado-. Pero el recate no disuelve el impacto malsano del fardo de mentiras que se han impuesto a través del tiempo sobre la primera mentira. Seva-Ceiba y Roosevelt Roads, Voltaire y su doble o Galileo y sus dos silencios, siempre serán realidades evanescentes y cuestionables. La conquista de una verdad no implica la derrota de las mentiras. La racionalidad del investigador puede resolver el conflicto semánticamente, pero no cambiará la realidad. Sin embargo, Luis o Ysabeau siguen afirmando esa obsesión radical por el pasado que en consustancial a los buenos historiadores de todos los tiempos.

En los tres casos, el asunto se ha planteado sobre la base de una estructura análoga. Seva (1984),  El corazón de Voltaire (2005) y El silencio de Galileo (2009), son narraciones montadas sobre una diversidad de dispositivos sueltos carentes de sentido si se les mira de manera aislada. En ocasiones se trata de dispositivos disyuntivos –un texto niega lo que el anterior acaba de afirmar- o sin relación alguna –el entrecruzamiento de varios interlocutores en el correo electrónico es un buen modelo de ello-. La metáfora del archivo inorgánico con el que se enfrenta el historiador me parece patente en este procedimiento.

Las pistas o trazas de sentido, sin embargo, están allí. Se trata del tópico del laberinto que el Historiador imagina ante el caos del pasado articulado en cada archivo. El trabajo del historiador consiste en recuperar las trazas y adjudicarles una estructura. En ese sentido, historiar equivale a producir un mapa. En el caso de la obra de López Nieves, el trabajo del lector es comprometerse o co-conspirar con el novelista, recuperar las trazas e inventar la novela. Leer un texto narrativo de López Nieves es como llegar a un lugar lleno de papeles, objetos y sombras preciadas, con el encargo de inventariarlo y darle un orden. Si al cabo de la última página, el “rompecabezas” se ha convertido en una “historia”, la tarea ha sido cumplida.

Escribir en Puerto Rico: Reflexión sobre la(s) literatura(s) presente(s) (VI)


  • Mario R. Cancel
  • Escritor y profesor universitario

VI. ¿Qué distingue a los escritores del 1990 en este asunto? Ellos también han reflexionado sobre la escritura desde su historicidad. En primer lugar, los caracteriza una toma de distancia de la herencia canónica. Rechazar la tradición es un acto desacralizador. No se trata de volver a empezar desde cero. La impugnación de las tradiciones ha tenido una diversidad de grados. Luis López Nieves y Marta Aponte Alsina, miraron espacios específicos del relato del pasado con el fin de reescribir, entre la ficción histórica y la ficción sin más, episodios emblemáticos del imaginario nacional. El caso de Seva (1984) es bien conocido. La visita de Aponte Alsina a la figura de Alejandro Tapia y Rivera a través de su viuda Rosario en el cuento “La casa de la loca (1887),” trabajó el signo más importante de la casa letrada del siglo 19 de una manera provocadora. De hecho, el libro La casa de la loca y otros relatos (2001), es un viaje intenso que toca numerosos lugares alternativos a los que el relato convencional del pasado no mira. En ambos casos se impugna el metarrelato tradicional del pasado.

L_Lopez_NievesLa toma de distancia no es solo un reto al relato imaginario. También ha conducido a la refutación de la hispanofilia heredada de los modernistas. En general, la idea de la identidad centrada en el idioma y en la pureza o la transparencia impoluta de sus rasgos, no hace mucho sentido. El culto a la impureza se manifiesta por todas partes. La identidad ha adquirido otros rostros y donde antes se hallaba esa esencia rodeada de palabras, hay ahora un palimpsesto caótico. Sobre la vieja escritura se han montado otros códigos.

Lo interesante es que la celebración de la impureza ya había sido parte de la escritura del 1960 y el 1970. La impureza lingüística fue un recurso común que se usó para afirmar una idea alterna de la identidad que reconocía al pueblo en las masas urbanas que todavía tenían sus raíces en la ruralía del 1940. El modelo más relevante es La guaracha del Macho Camacho (1976) de Luis Rafael Sánchez. En ese texto, el lenguaje viciado de los nuevos pobres de la urbe, el dialecto de los medios masivos de comunicación y una canción que seduce a las masas, marcan la pauta. Se trata de una novela que no narra mucho: solo habla un sociolecto que gana validez en la medida en que atenta contra la formalidad y el canon.

Aquellos autores, sin embargo, jugaron con la impureza lingüística con la mentalidad de un intelectual moderno maduro. Para ellos explotar la impureza fue un modo político de llamar la atención sobre una situación injusta. En la práctica ese reto cumplía una función análoga a la que tuvo el uso del lenguaje jíbaro -también impuro- entre los modernistas costumbristas y los neocriollistas. La intención siempre fue llamar la atención sobre un tipo de puertorriqueño que consideraban más genuino y menos contaminado por la modernidad.

Sin embargo, después del 1990 de lo que se trata es de ser postmoderno y ello exige un esfuerzo consciente por dejar de ser moderno. La impureza lingüística no es un proyecto político aunque puede ser leído como tal. Tampoco es una carrera en busca de lo genuino. Es sólo un lugar común compartido por buena parte de la humanidad en la globalizada / americanizada era postindustrial. Equivale a pensar que tomar Diet Pepsi en lugar de maví no implica una traición al ser nacional. Solo un moderno contumaz concluiría que esa es una posición políticamente reaccionaria o retrógrada. Esa distancia, semántica y axiológica, explica porque muchas de las preocupaciones del 1960 y el 1970 no llaman la atención de los escritores del 1990.

M_Aponte_AlsinaEn segundo lugar, hay algo que llamaré vocación de espectáculo. El escritor de 1960 y el 1970 todavía se sentía parte de una aristocracia de intocables que trabajaban, como un anacoreta, en la intimidad. La experimentación con el lenguaje popular urbano nunca significó una integración real al populacho. La situación parece ser diferente ahora. Los ejercicios performativos cada vez más numerosos, el jamming o improvisación durante las lecturas, práctica que me sugiere un cierto jazz del logos, las lecturas colectivas y las conversaciones que cierran con el micrófono abierto para los neófitos, son un escenario interesante.  El papel que la Internet y los medios masivos de comunicación tienen en ese espacio es cada vez más relevante. Desde 1990 los escritores parecen estar en el proceso de salir de la reclusión que se imponían antaño.

La mediatización del oficio del escritor, el faranduleo, como lo denominó una autora del 1970, es un hecho cada vez más común. Pero lo cierto es que todavía la idea del escritor privado está ahí y que los esfuerzos por conectar al escritor con la gente, o el sueño de que el consumidor de mercancías en general se convierta en un consumidor de mercancías literarias, no se ha conseguido. Un escritor en el presente sigue siendo parte del hipotético conjunto de los raros.

¿Qué impacto puede tener la mediatización en la relación del escritor con la gente? La performatividad es una máscara dionisíaca. Lo cierto es que la figura del escritor se torna invisible cuando se le apropia a través de la lectura privada del libro. La oralidad hace que el escritor sea visto de otro modo. Lo que molesta a muchos es la preocupación de que la mediatización esté convirtiendo la producción literaria en una mercancía. Es como si no reconocieran que siempre lo ha sido.

El protagonismo del escritor, está siendo sustituido por el del editor. Pero en ese proceso, que apenas repunta y parece inevitable, lo que el producto literario pierde en reverencia aristocrática, lo gana como pieza de mercado. Escribir y publicar ya no es lo que era. La producción literaria ha dejado de ser un deber pesado y vuelve a ser una forma del goce. De ese modo, el producto literario es la expresión de una individualidad, no de un gremio presumido. La idea de la escritura como juego atenta contra ciertos paradigmas literarios tradicionales. El escritor ciudadano iluminado y original es una farsa. Rafael Acevedo inaugura Exquisito cadáver (2003) con un testimonio que afirma tanto la individualidad como la caducidad de la idea de lo nuevo: “Es ésta una obra de ficción. Un ejercicio de la lectura. Una acción con múltiples precedentes.”  Con ello acepta la inutilidad de una imagen caduca del autor. La idea de que el escritor es un lector, afirma el carácter privado y personal del acto y lo hace más libre.

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