En resumidas cuentas: Homenaje a Clío y Melpóneme


  • Mario R. Cancel-Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

A Héctor R. Feliciano Ramos, que es historiador.

Este es un tiempo extraño que hemos tratado de derivar de otro tiempo extraño. Estar aquí varado es como escudriñar los secretos de los otros a través de un minúsculo hueco, desde la secretividad que nos da el hecho de que nadie sabe que allí estamos: armando el inusual rompecabezas, atizando la fogata del yo soy, riendo sin desparpajo, elaborando al descuido la noche que se cierne sobre nosotros como un anti-héroe de novela vieja.

Hemos cruzado el umbral tantas veces sin darnos cuenta;

Hemos torcido ese mundillo barato de las agonías con tanta premura sobre la mesa;

Hemos resuelto el punto y la coma que faltaba para completar la página que se escapaba;

Hemos especulado en torno al viento y sus manías pedantes al subir las escaleras que conducen al pasillo de los archivos;

Hemos resuelto el pasado a la luz de una pobre página desvencijada y sucia;

Hemos molestado el descanso de tanta arpía, de tanto comodín, de tanto mandarín, de tantos silencios acordados tiempo ha;

Clío, Virgilio, Melpóneme

Clío, Virgilio, Melpóneme

Hemos sonreído ante el hallazgo como quien se topa con el oasis después de una larga carrera en el desierto;

Hemos reñido con el pasado como quien disputa con su sombra exaltada en una tarde tropical;

Hemos involucrado al sol con los motivos fatuos de los peces multicolores que sobrevuelan siempre la libre fruición de las conciencias;

Hemos desenredado el lío que construyen los hombres para enredar el lío que hacemos otros hombres;

Hemos pensado el cómo del cuándo dislocado que pende de las cosas;

Hemos desmadejado el hilo que tejieron las Parcas para montar el Hades bajo el hombre infinito;

Hemos visto a las Parcas armando nuestras vidas para alegrar su intenso tiempo de desvaríos;

Hemos desdicho el coño de la verdad voraz que asesina pasiones en las noches redondas que inventan los recuerdos;

Hemos sido los dioses de este pequeño sura que soslaya batallas porque teme encontrarse;

Hemos borrado páginas enteras del pasado;

Hemos moldeado el barro sutil de los pasados para hacer una historia lúcida, insulsa y muerta;

Hemos peleado los unos con los otros por comprar la versión correcta y acabada;

Hemos dicho el yo soy, yo supe, yo sabía;

Hemos dicho el sermón reiterativo, inocuo, desvencijado, sucio, que cantaron los próceres;

Hemos visto a los próceres traficando esperanzas de cartón y de olivo tras los desvelos nítidos de un mañana inconcluso;

Hemos visto el mañana fraccionado, facsímil, volar con las palomas que parten de las torres;

Hemos reptado duros tras de la abreviatura, la rúbrica torcida, la nota marginal y el garabato ignoto tantas veces, aguardando a la luz que se ha desvanecido por el cuerpo del papel como se van las tardes de verano;

Hemos corrido detrás del libro intonso, del colofón vidente, del sello del canal, de la nervura inquieta que te sorprende, del hallazgo escondido en un rincón del libro porque sabemos, que allí, dentro del cuerpo inquieto de los libros todos guardan secretos pero siempre se olvidan;

Hemos soñado con la letra historiada, con el detalle persa de la grafía florida, con la grotesca, con la letra de mano del viejo manuscrito que dice y canta y cuenta la vida de aquél que la escribió;

Hemos querido ver el alma de aquél y aquél y el otro dibujada en el templo fatal de las palabras;

Y ahora, atados a las armas, volvemos a mirar. Y todo esto es tan poco. Este es un tiempo extraño que hemos tratado de mirar al través del crisol de otro tiempo extraño. Y nos hemos mentido.

Tomado de la colección inédita Relatos y otras ignominias. Corresponde a la última ignominia.

Pedro Albizu Campos en una novela de Luis Abella Blanco


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

 

Uno de los aspectos más polémicos en la investigación de la de la figura de Pedro Albizu Campos y el Nacionalismo, han sido las relaciones de esa organización con el Partido Socialista en la década del 1930. La obra narrativa de  Luis Abella Blanco, La República de Puerto Rico. Novela histórica de actualidad política,  ofrece pistas valiosas sobre la imagen del Nacionalismo y de Albizu Campos es un escritor Socialista Amarillo. Como se sabe, desde 1934 el Partido Nacionalista atravesaba por una grave crisis política producto tanto de la persecución política de las autoridades policiacas coloniales como federales (1934-1936); así como de los cuestionamientos al liderato albizuista resumidos con posterioridad en la “Carta a Irma” de José Monserrate Toro Nazario (1939).

Abella Blanco fue un socialista moderado que poseía el señorío de un buen burgués. Sus posturas sintetizan la opinión del movimiento encabezado por Santiago Iglesias Pantín. El autor estaba muy consciente de los reparos políticos del Nacionalismo hacia el anexionismo militante del liderato socialista. Iglesias Pantín se había transformado para los Nacionalistas en un icono de la traición. Fungiendo como Comisionado Residente en Washington, como se sabe, presentó en 1934 y 1935 un proyecto de Estadidad para el país por lo que el Nacionalismo armado atentó contra su vida en Mayagüez en 1936.

Luis Abella Blanco, escritor socialista puertorriqueño

La narración de Abella Blanco se inserta en una larga tradición de sátira política que incluye títulos como “Los viajes de Scaldado” (c.1889) de Ramón E. Betances, “El avispero” (1892) de Luis Bonafoux, o “El cuento de Juan Petaca” (c. 1912) de Salvador Brau. La sátira va en distintas direcciones -los Compontes en la primera, una ciudad local en la segunda, la Confederación de las Antillas, en la última-. Pero el tono de cinismo y desenvoltura es el mismo, rayando siempre en la insolencia y la procacidad. Abella Blanco no se oculta para hacer la caricatura literaria: usa pseudónimos  obvios para designar las figuras públicas que protagonizaron la vida civil de la década del 1930, elemento que facilita la lectura de la novela para cualquier persona enterada en la época.

El volumen usa como lema el poema “Bolívar” de Luis Lloréns Torres. La selección adquiere un tono irreverente en la medida en que el lector contrasta la imagen de Bolívar con la que Abella Blanco ofrece de Pedro Albozo del Campo, Libertador de Puerto Rico y Primer Presidente de la República en 1932, en su novela. Lo más curioso de esa República, desde mi punto de vista, es su evidente genealogía dieguista.  Puerto Rico Libre resultará en una República con el Protectorado de Estados Unidos, condición jurídica que puntualiza su incapacidad para la Independencia en Pelo. La República tiene el trasunto del Proyecto Plattista de José de Diego. Lo más interesante es que la incapacidad para la Libertad no es adjudicada al líder. El responsable es el Pueblo, que sigue siendo “niño” e incapaz para apropiar ese valor supremo de Imaginario Liberal que es la Libertad.

La narración inicia con un curioso proceso judicial contra Puerto Rico, que permite al autor aclarar la tesis del texto.  La Nación es acusada del delito de “incapacidad para regir sus propios asuntos” (7). El interrogatorio desemboca en una síntesis del pasado nacional propio de la Generación de 1930. El 1898 fue el “gran colapso moral” (11) que produjo la pérdida de la moral y de la identidad. La diferencia es que España no es Madre Reverenda porque fue capaz de entregar a Puerto Rico como “botín de guerra” (10) a los americanos. España se ha transformado en una patética figura sanchesca.

Las respuestas al interrogatorio que ofrece el acusado, Puerto Rico, legitiman la Independencia como opción última a la vez que justifican los medios para obtenerla. Los contrastes entre la imagen de España y Estados Unidos son típicos de los pensadores anteriores al 1930. El pasado hispánico se dibuja con atributos  devastadores. El presente estadounidense se mira con condescendencia. España no pudo dar lo que no tenía: la llave de la Modernidad. No está de más recordar que los Socialistas de principios de siglo, tuvieron en el régimen impuesto en 1898 un aliado invaluable. El impacto de aquella relación fue crucial en su percepción del problema del estatus y en el tono del sindicalismo que practicaron. El Partido Socialista sólo representó un peligro para el Capital extranjero y nacional, durante  las primeras dos décadas del siglo 20.

El Puerto Rico acusado se defiende por medio de la discursividad del Nuevo Trato y el naciente Populismo. Una concepción neomalthusiana (13) y la idea de la redención del industrialismo (15) se combinan para criticar la “teratología jurídica política” que es la colonia (19). El juicio quedará irresuelto, pero esa situación embarazosa abrirá el camino hacia la Independencia, que es el tema del resto de la breve narración.

La cultura socialista de Abella Blanco es rica. La arquitectura narrativa recuerda textos clásicos del pensamiento social decimonónico. La novela posee el tono magisterial y racionalista de la “Parábola” (1819) de Henri de Saint-Simon, el teórico de la Sociedad de los Industriales y, en cierto modo, uno de los antecedentes del Socialismo de Estado o del Corporativismo. Su redacción es análoga también al texto “Los enemigos de la Libertad y de la felicidad del Pueblo” (1832), de Augusto Blanqui por su construcción como las minutas de una inquisición jurídica intensa.

La República de Puerto Rico de 1932 se consolida tras un cuartelazo encabezado por Albozo del Campo y se apoya en una alianza entre la República y Estados Unidos por medio del “Tratado de Palo Seco” (43 ss). Pero la secuela de toda esta ficción es que el radicalismo albizuista, exclusivista por demás en la teoría y orgulloso de la Raza y la Nación, se suprime después de triunfo. Puerto Rico Libre es una sumisa República Asociada que depende financieramente de un empréstito americano que se verá precisado a admitir la construcción de estaciones carboneras para la U.S. Marine. El tratado bilateral incluso reconocerá el derecho de intervención de Estados Unidos cuando sea necesario. La República de 1932  disfruta de una Libertad Fingida, a la manera de su antecesora, la  República Cubana Plattista.

Una nota clave para entender el debate entre Nacionalistas y Socialistas se encuentra en la decisión del Gobierno de la República de declarar Persona Non Grata y expulsar del país a Santiago Monasterio Patín (43). Su imagen como el “Lenine de las Islas del Mar Caribe” (49), ratifica el respeto que los obreristas puertorriqueños expresaban al legendario Viejo Gallego. El problema que quiero resaltar es que la tensión entre Socialistas y Nacionalistas, estaba alimentada por las diferencias de estatus, no por diferencias en términos de la percepción de la clase obrera como fenómeno social o del compromiso que se debía manifestar con la misma. La pregunta que me hago es si un Partido Socialista independentista, hubiese sido apropiado de un modo distinto por el Partido Nacionalista. Dado el hecho de que numerosos Rojos y Comunistas colaboraron con el Partido Nacionalista hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, el planteamiento no me parece desacertado.

Albozo del Campo es construido con los rasgos de un estratega experto. El Ejército Libertador aprovecha el día de paga en el orbe cañero -sábado 4 de febrero-para articular un exitoso grito insurreccional en 8 localidades urbanas (31-32), eventualidad que sirve para resarcir el fracaso del 1868. El apoyo de una guerrilla rural a un vigoroso ejército formal de 7 brigadas que suman  100,000 efectivos (35-36), permite que el 8 de febrero de 1932, se asegure la Independencia. Los paralelos de estos combates con los inventados por Luis López Nieves en su clásico Seva (1984), no deben ser pasados por alto. ¿Se trata de la nostalgia por un pasado bélico inexistente? La Independencia, sin embargo, no produce el efecto esperado. Lo que sucede al triunfo es una borrachera de la Libertad que impide el despegue de la economía nacional, por lo que los lazos de dependencia de Estados Unidos en lugar de romperse, se estrechan. La clave de la parodia es esa paradoja para el independentismo inocente e idealista que ve en la Libertad una Panacea o la Piedra Filosofal de los viejos alquimistas.

Albozo del Campo, tolerante con la versión de la República Feliz de las Tres B’s que vive el país recién liberado, un Piripao Tropical, tendrá que imponer la ley con mano dura. Tras reconocer que el Pueblo no está preparado para Libertad, en “Proclama Oficial” del 27 de marzo de 1933, establece una dictadura férrea con tal de restablecer el orden y garantizar el desembolso del préstamo de 10 millones que espera sane la economía nacional (72-75). El signo  de ese autoritarismo es la censura, prisión y fusilamiento del director del periódico “El estoque” Guillermo Atila Garcés (84). Abella Blanco ha conseguido su meta: minar el proyecto Nacionalista y el culto a Albizu Campos, el Mártir.

¿Cuál fue el futuro de la República de Puerto Rico?  En la frontera de la dictadura, Pedro Albozo del Campo recapacita en torno a su obra política. El punto de giro es el arribo de los 10 millones del empréstito americano el 4 de mayo de 1934 (95). El escenario está lleno de contradicciones: la salvación de la Nación representa a la vez su condena.  Los observadores están muy conscientes de que Puerto Rico terminará “convertido en un tributario de Estados Unidos” (95) o, como quien dice, que la independencia ratificará la dependencia. El patético oxímoron político de la Independencia Dependiente, puede ser interpretado como otra “teratología jurídica” o un borrador muy tenue del Neocolonialismo más vulgar.

Abella Blanco argumenta sobre el asunto en un complejo discurso médico insertado en el texto. El Puerto Rico Libre es más pobre, menos sano y menos seguro que el Puerto Rico Colonial (96-103). La paradoja es interesante: la Independencia pone en fuga el proceso de Modernización que abrió el 1898. ¿Qué es más importante en todo caso? ¿La Modernización o la Libertad? ¿Cuál el sitio de Puerto Rico en el Relato Liberal? ¿Está excluido del mismo como Hegel y Marx excluían a los pueblos no occidentales?

El país, además se convierte en el espacio de conspiraciones financieras complejas: el National City Bank, competidor del Banco Nacional Puertorriqueño, acapara capitales y conspira contra la República (104) en estrecha alianza con un poderoso partido anexionista que crece en los intersticios de la sociedad y promueve una intervención americana en el territorio (105). Las analogías con la actitud de los Separatistas Anexionistas que encabezaron la Sección de Puerto Rico del Partido Revolucionario Cubano antes de 1898, son notables. El pasado imaginado es el borrador de este falso futuro inventado por Abella Blanco. La pregunta que me hago es ¿qué resulta más distópico: el pasado o el futuro? Vistos desde la perspectiva del Relato Liberal, ambas partes de la línea resultan atrofiantes y deformadas, sin duda.

El homenaje más significativo que hace este autor Socialista a Albozo del Campo y al Albizu Campos real, es el reconocimiento de una racionalidad e inteligencia política que lo conduce, en privado, a reconocer su error y hacerse responsable del desastre en el que ha culminado el sueño de la Libertad. La frase que sintetiza su arrepentimiento es muy interesante: “no es lo mismo decir misa que tocar campanas ¿Hasta dónde me ha llevado mi locura?” (106) El prócer acepta su condición de iluso e incluso la de  loco, diagnóstico que usó eficazmente lo mismo el FBI que el Populismo en el poder, con el fin de minar la imagen del líder rebelde.

Su reflexión histórico-mística culmina cuando escucha una décima callejera cantada por un ciego que guarda gran parecido físico con el periodista fusilado Atila Garcés (112). En ese momento Albozo del Campo se suicida de un tiro en la cabeza, en su oficina presidencial, el 10 de diciembre de 1934 (113). Esa acción, una aporía para cualquier nacionalista de corazón, no es un acto de debilidad suprema sino un acto de amor y rectificación. Albozo del Campo se quita la vida por amor a la Nación o, como quien dice, para liberar a Puerto Rico de su presencia. El cristianísimo sentido de culpa por un pecado perdido en la memoria colectiva, lo explica todo.

El cierre de la novela no deja de resultar grotesco y hasta irrisorio. Sin el caudillo, la República no sobrevive: nadie es capaz de suceder  a Albozo del Campo en el poder. ¿Tuvo sucesores Albizu Campos después de su encarcelamiento en 1936?  La respuesta es que no, cada sucesor terminó siendo la sombra de aquel titán. Todo parece indicar que, por su energía, ese tipo de caudillo iluminado autoritario ejerce una fuerza castrante sobre su militancia y estimula la sumisión. Ni siquiera el fiel Marcelo Gotary alias Luchía, su Jefe de Policía, se sentía en posición de cuestionar las decisiones del Líder. Este Cristo Antillano no consiguió otro Pedro que fungiera de Pontífice Romano. Tal vez por ello Gotary también se suicida en el primer aniversario de la muerte del Señor Presidente. En la lápida de Albozo del Campo obrará como homenaje una reescritura prosificada del poema a “Bolívar” de Lloréns Torres. Allí donde abre el libro termina el mismo con una interesante paradoja. La nota de fracaso es total.

Por fin, el 22 de diciembre de 1934 la Isla es invadida por los americanos esta vez por la bahía de San Juan. Una puesta al día del 1898 se impone con otro breve Régimen Militar que culmina en la creación del Estado Libre Asociado de Puerto Rico (115-116). El pretexto del ELA se refiere al Proyecto Phillip Campbell de 1922, antecesor del plan de Miguel Guerra Mondragón de 1943. La idea de Abella Blanco es que el ELA, mata y subsume la Independencia (115). El ELA es un tipo peculiar de Estado Incorporado a la Unión, como el que todavía buscan  en sus pesadillas lo populares de derecha. Pero en todo caso se trata de un correctivo provocado por el el ilusionismo Nacionalista. Esa teoría del ELA como placebo de la Libertad es fascinante. Luis Abella Blanco ha dado en el clavo.

La lectura de este texto informa sobre el contenido de una imagen de Pedro Albizu Campos que el Nacionalismo Político, Cultural y Académico ha emborronado en el proceso de consolidación de un culto civil al líder. Pero la apropiación de un mito de esta naturaleza tiene que estar informada para que fructifique.

 

Comentario en torno al libro de  Luis Abella Blanco. La República de Puerto Rico. Novela histórica de actualidad política. San Juan: Editorial Real Hermanos, 19–. 123 págs. Publicado originalmente en la revista 80 Grados

 

El pasado-futuro imaginario: reflexiones sobre dos parodias


  • Mario Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

 

La reflexión sobre los comicios de 2012 ha sido enriquecedora. Al margen de las reflexiones y las pasiones, la percepción de que el país se encuentra en un cabo se confirma. Parece ser un momento apropiado para tomar decisiones. San Juan y el Estatus siguen siendo los asuntos más dramáticos en este escenario. Por un lado, se celebra un cambio administrativo que calmará a muchos por algún tiempo: se trata del regreso al poder de los populares a la capital que ellos inventaron.  Por otro lado, se abre una fisura en el entramado de la relación colonial que vuelve a dejarlo tras una nube de niebla. Vale la pena mirar ambas cosas de una manera esquiva.

 

Alejandro Tapia y Rivera y Salvador Brau Asencio, historiadores y escritores

Primer movimiento: San Juan

Para Carmen Yulín Cruz

En 1880, Alejandro Tapia y Rivera (1826-1882), publicó un cuento ingenioso: “El loco de Sanjaunópolis”. El texto volvió a imprimirse en 1938 en Cuentos y artículos varios, publicado por  la Imprenta Venezuela de la capital. En aquel relato, la pasión por lo fantástico que caracterizaba a Tapia, lo condujo por los caminos de la locura. La enajenación de Don Venancio, su personaje, era el apoyo idóneo para que el escritor pudiera decir lo que pensaba en torno a la hoy venerada ciudad de San Juan. La actitud de Tapia, un consumado hegeliano como los había en Puerto Rico y además buen conocedor del árabe, recuerda  la de Manuel Alonso Pacheco. En su estampa “Los sabios y los locos en mi cuarto”, publicada en El gíbaro (1849), irrumpía en una nave de los locos con el fin de demoler  las prácticas de los alienistas y el inhumano trato que se daba en los sanatorios de España y Puerto Rico a aquellos pacientes / delincuentes.

El producto del ejercicio de Tapia fue excelente. En los pliegos que componen “El loco de Sanjuanópolis”,  no hay nada que se parezca ni por un asomo a los versos manidos que inyectan la letra de “En mi Viejo San Juan”, uno de los iconos de la nostalgia romántica del migrante de la Era del Populismo. Tapia aprovechó la locura de  Don Venancio, como Cervantes la de Vidriera, para fiscalizar el signo más fiel del Imperio Español en Puerto Rico, la Ciudad Amurallada. Esa ciudad fue transformada en el siglo 20 en el emblema de una Hispanidad que hoy resulta disfuncional y anacrónica. Las figuras de la Princesa Fela y el Pedronavidas Santini, parecen brotar como un hongo de las paredes del Callejón del Tamarindo.

La Sanjuanópolis de Tapia, como el San Juan de Santini, era “una ciudad de las Quimbámbulas: ciudad desgraciada,  si  las hay”. Claro que aquel autor miraba el asunto desde otros extremos. Incluso no vacilaba en hacer burla de su ubicación contradiciendo al propio Joan Ponce de León: montada “en un islote largo y estrecho como no sé qué, sin agua corriente y sin más espacio que el que podía necesitar allá en su origen”, en ella solo podía crecer el “vecindario”, la gente, “pero no la ciudad”. Sanjuanópolis es un intento fallido de polis o civitas.

En aquel escenario pululaba Venancio o “don Venancio, como las gentes le designaban para hidalguizarle”. Tapia duda de aquella hidalguía, como antes había dudado Fray Damián López de Haro en su  Carta (relación) (…) a Juan Diez de la Calle (1644). Con un humor bien calculado y ácido, López de Haro aseguraba que en San Juan “los que no vienen de la casa de Austria, descienden del delfín de Francia u de Carlomagno”. Tapia no se queda atrás. Entre el  “gran número de zánganos” que la habitan, la “abeja” Don Venancio adolece de falsa hidalguía y señorío hueco. Si acaso era hidalgo de gotera, reconocido sólo en los límites de su aldea pero invisible cuando salía a otra.  El cadáver de una sociedad que no ha nacido de Mis memorias, ya estaba allí como una imagen de satería.

Don Venancio enloquece y comienza a decir cosas impropias que nadie se atrevía proclamar. Enloquecer es decir lo que se ve a pesar de los cosméticos. El loco pedía “agua y ensanche para la desdichada San Juan o polis”. La demencia de Don Venancio, es cierto, se convirtió en un bien común, como cuando Sancho la añoraba en el lecho de muerte del Quijote. Tapia lo sintetiza en un acierto sencillo: “el sueño de hoy suele ser la realidad de mañana”. La parábola contenía, sin embargo, una lección trágica: a pesar de que todos reconocían que su locura era cordura “dieron con él en el manicomio” donde murió de viejo sin ver cumplidos su deseos.

En 1893 comenzaron a derribar las murallas.

 

Segundo movimiento: el Estatus

Para Ricky Roselló

Salvador Brau (1842-1912) da otra pista sobre este proceso electoral. Poco antes de morir escribió “El cuento de Juan Petaca” que apareció en la Antología puertorriqueña de Rosita Silva en 1928. Se trata de un relato fantástico montado en la idea del huida y el retorno, comparable a “Viajes de Escaldado” de Ramón E. Betances, pensado en 1887. Brau camina hacía el sci-fi político a la vez que elabora una distopía que, como la de Luis Abella Blanco, se fijaba en la independencia futura de Puerto Rico tanto como seduce a Ricky Roselló la Estadidad hoy.

En Brau, el antiamericanismo de los primeros años de la invasión, herencia de una hispanidad que perece y traducido en el programa de los partidos Liberal y Unión de Puerto Rico, son ridiculizados. El autor es tan cínico como cualquier republicano de su tiempo: las clases políticas nacionalistas responsabilizaban a Estados Unidos de la pobreza de Puerto Rico “por negarse a tomar café borinqueño y empeñarse en empacharnos con arroz de puyita”. La migración de Juan Petaca es un acto irracional marcado por la regla “¿Dónde vas, Vicente? — Donde va la gente”. En 1915 estaba en Yucatán cultivando maguey. Yo le diría a Brau, por lo menos ya no temían que “los cogiera el holandés”: el holandés estaba en casa.

Sólo lejos de la patria Petaca aprende “lo que representan la inteligencia, actividad y método de cada abeja en el maravilloso producto que se acumula en la colmena.” El pesimismo de Brau con la nación viene del 1886 o antes, me consta, lo he leído en su correspondencia. El retorno de Petaca-Odiseo se da en 1915 al proclamarse la Confederación de las Antillas y la soberanía en el país. Es el triunfo de las ideas de Betances, Eugenio M. de Hostos y José de Diego. Brau era un profeta: murió antes de la Gran Guerra pero imaginaba lo que se soñaba sobrevendría al cabo de las paces de aquel conflicto. El nuevo Puerto Rico dejó atrás la caña, el café y las frutas: es una potencia vitícola.

Durante el regreso a la patria vía Santomás, conoce un catalán que procedía de Puerto  Rico. El catalán, como Gabriel García Márquez, pensaba que a los puertorriqueños no se les podía hablar de lógica “pues eso implica razonamiento y mesura y los puertorriqueños son hiperbólicos y exagerados”. Sus comentarios son aclaradores: el vino estaba hecho de uvas playeras y la Confederación no era sino un remedo construido con la isla grande, las islas municipio y los cayos que las rodean. El Gobierno Provisional había decretado el cultivo obligatorio de sansevieria -“Espada de San Jorge” o “Lengua de Suegra”- para producir tejidos sin poseer la infraestructura para la industria textil,  y Estados Unidos se había ido porque no soportaba el Caribe: “¡Hasta el mismo Job, con toda su paciencia, hubiera hecho otro tanto!”

Una vez en Puerto Rico, Petaca se pone conversa con Cándido Manganilla, botero de Cataño y militante de una sociedad secreta llamada “El Coco Sarazo”, la cual está adscrita a la Junta Revolucionaria de Nueva York -Brau sabía lo que estaba parodiando-. Su opinión es terminante: la “confederación” es “conflagración” y la revolución es necesaria. Hay que “traer otra vez a los americanos; pero con Sampson y dos vapores de tres chimeneas, como aquel que les sacó andadura a algunos tullíos, cuando la guerra”.

Brau proyectaba a su país como uno que esperaba demasiado del Imperio, pero que no tenía poder de regateo para conmover a los yanquis. “Una cosa es la humanitat y el negosio es otra cosa”, sostenía el catalán citando  El tanto por ciento, comedia de Abelardo López de Ayala. Antes, como ahora, el lenguaje amenazante que se usa ante Estados Unidos se reduce al contradictorio “o firmas este puñal o te clavo este papel”. El Juan de Brau se reconoce como el más Petaca de todos los Juanes. La idea de que el puertorriqueño era “masa” y no pueblo, principio con el que jugaron Hostos, Rosendo Matienzo Cintrón y Antonio S. Pedreira, está allí otra vez, como siempre.

En 1917 impusieron a los puertorriqueños la ciudadanía estadounidense.

Final

Ya Tapia y Brau hicieron su esquiva propuesta. Ahora le corresponde al lector…

Nota: publicado originalmente en la revista 80 Grados

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 2.370 seguidores

%d personas les gusta esto: