Las ciudades de Lucía: Comentarios

  • Margarita Iguina Bravo
  • Escritora

                                                                                          No soy de aquí, ni soy de allá

                                                                                                 Facundo Cabral

Las ciudades de Lucía de la escritora Beatriz Navia Antezana es una novela que atrapa al lector desde los comienzos del libro. Dos características principales son fáciles de detectar a medida que se continúa con la lectura: el delineamiento de los personajes principales, nieta y abuela, como el ensamblaje de su estructura como si fuera un trabajo arquitectónico con un diseño donde se incorporan los saltos temporales junto a las  idas y venidas entre San Juan, P.R. y La Paz, Bolivia.

Beatriz Navia Antezana

Los datos  se presentan como si fueran hilos o fotografías para completar un cuadro. Sin haber visitado Bolivia, la contemplas  por la capacidad  de la autora de descripción en detalle  de los paisajes del altiplano: El Illimani, El Alto, Charazani, La Paz, junto a  la variedad de modismos al hablar  en español  urbano, coloquial, familiar, quechua y aymara.  Además, Navia borda la narración utilizando  un lenguaje erudito, lírico con símiles y metáforas  originales.

El conflicto comienza en San Juan. Una modalidad del  tema literario el  ubi sunt  es reconocible  en el texto en los inicios de la obra.

Ubi sunt, ¿dónde está?  ¿Dónde está aquello que fue? Y como si fuera una especie de telemaquia, una búsqueda del pasado  en este caso datos sobre la vida de una abuela en lugar del padre, su vida se paraliza y sale al encuentro de una verdad.

Acostumbrada  a una vida adulta en un exilio involuntario sin nostalgias ni sobresaltos hasta que un día, en el momento menos esperado aparece una foto, olvidada o ignorada, se da cuenta de que esa persona  ya no existe. Comienza  entonces la vuelta a los orígenes en busca  de contestaciones a  las preguntas que luego del enfrentamiento llueven a raudales y cambia su vida. ¿Qué insatisfacción de la existencia  la lleva a esos comienzos?

En la búsqueda reconstruye la historia de una abuela con características muy adelantadas en una sociedad machista durante  el primer cuarto de siglo 20. A la misma vez recuenta la vida de la nieta y la de la familia inmediata en momentos críticos de incertidumbre social y política de Bolivia.

Sin embargo, es a través  de un encuentro que podríamos llamar místico con personajes que se formaron junto con cada célula del altiplano que se enfrenta a una filosofía de vida que cambia su perspectiva.

Termina  la obra con un ritual efectuado  por una especie de chamán creyente de una divinidad protectora de los pueblos andinos, Pachamama, donde le transmite  a la protagonista una enseñanza  que hace de la novela una pieza admirable. Yéndote te quedas, quedándote te vas. Siempre va a ser la misma aunque viva en diferentes lugares. Su esencia no va a cambiar. Tiene que disfrutar lo que le tocó vivir. Solo tiene que estar en paz con ella y con su entorno.

 

Colofón

Quiero añadir que como obra literaria además de la belleza de la palabra utilizada y todos los recursos para desarrollar la misma, presenta una filosofía de vida que se extrae al finalizar la obra y que puede aplicarse en el aspecto personal y familiar tanto  como en la relación con los pueblos. Aunque esto no haya sido el propósito principal al escribirla.

Luego de conocer la historia del país hay que tratar de hacer lo mejor posible con los elementos que tenemos a la mano para adelantar como pueblo y como personas sin estar  continuamente lamentándonos y rebelándonos  por lo que pudo haber sido. Hablo en esta ocasión de la Isla.

Policíacas: El ángel del verso de Francisco R. Velázquez

  • Mario R. Cancel
  • Escritor e historiador

El ángel del verso, obra de Francisco R. Velásquez, es un relato sintético y bien escrito, sin duda, capaz de hipnotizar a un lector versado en la cultura popular y mediática de la década del 1940, que el autor conoce bien. Por su edad me parece que aquel tempo resultó crucial en la configuración de su imagen de mundo. La capacidad para invertir esa “pasión” de la novedad de la revolución de los medios en un sistema coherente de referentes culturales, es evidente en este autor.

Francisco R. Velázquez

Pero para el que no conozca aquella tradición, la narración puede resultar en un jeroglífico difícil de comprender en ausencia de una Piedra Rosetta inexistente. El wikiconocimiento y el youtubeo, dos recursos comunes para la interpretación que todo lector del presente utiliza en algún momento de su vida, pueden informar en torno a las generalidades del problema. Pueden decirle quien fue Marcel Cerdan, o sugerir en qué radicó la magia de la CMQ de La Habana y hasta donde llegó su influencia en el Puerto Rico de la posguerra. Tal vez, incluso, pueda aclarar quien fue Zoilo Galíndez o qué significó, hasta el día de hoy, la comedia radial de La tremenda orte, con Leopoldo Fernández alias “Tres patines”: a veces la escucho con mi padre para oírlo reir.

Pero siempre reducirán esas cuestiones a una nota al calce que se olvidará después de un rato. En la práctica, y en ello radica el conflicto de este texto, las alusiones a los medios se transforman en un mero ornato pintoresquista, parecido al que cumplía la narración de ciertas acciones sociales en el Costumbrismo decimonónico más larvado. Ocasionalmente, lo digo sin respeto alguno, Velásquez me remite al tempo nostálgico de un Gilbert Mamery o de un Rafael Quiñones Vidal.

Claro que un análisis político-social de lo que significó la televisión o la radio y sus iconos en aquella época, por ejemplo, es plausible después de una lectura de la narración de Velázquez. Una tevé en un bar, fenómeno  que es capaz de reunir a los fans de un boxeador internacional y motivar el consumo de bebidas alcohólicas y las apuestas, es un acontecimiento cultural significativo desde la perspectiva de una probable Historia Cultural puertorriqueña. El tema de la cotidianidad urbana, visto a la luz de un  sport bar de 1947, no es un asunto detestable desde el punto de vista intelectual.

Pero si se le trabaja poco, como ocurre en el caso de Velásquez, a la postre el recurso se reduce a la anécdota y deja de referir con precisión respecto al entorno o ambiente social en que se desarrolla la narración. Su potencial se desperdicia. El problema de este texto es la brevedad y la aparente prisa con que se amontonan los acontecimientos a lo largo del mismo. En ocasiones, da la impresión de que se han podado fragmentos de la acción con alguna finalidad inicua, por lo que la narración toma un cariz telegráfico. Las oraciones cortas de “Los asesinos” de Ernerst Hemingway –en el cuento y en los parlamentos de su versión cinematográfica-, son una joya. Aquí no dejan la misma impresión. Del mismo modo, los “saltos” y “aceleraciones”, que funcionarían bien en un film noir clásico detrás de una disolvencia  o de una cortinilla bien articulada, no generan el mismo efecto en la narración con palabras.

Lo que sí me parece una virtud de este relato es la capacidad de Velásquez para jugar con el lector, cuando este permite el juego. Yo lo permití en mi lectura: es mi manera de leer. Si el lector no se deja engañar no hay disfrute en la obra. El descubrimiento de que el asexuado detective Dolores Cardona es una mujer embarazada que aborta después de una intervención policial, es interesante. El recurso me parece un logro. La masculina vida policial del 1940 se ve “infestada” por una mujer de armas tomadas que lo mismo ejecuta a Tabaco y Tito Ford, a la vez que es capaz de seducir con la “pájara” sin pantaletas al corrupto detective Ernesto Casillas con el fin de darle una lección de fuerza. De hecho, no conozco muchas alusiones a mujeres policías o detectives en los registros policiales de aquella época. El duro conflicto entre los Nacionalistas e Insular Police, luego Policía de Puerto Rico, siempre fue uno masculino.

Lo otro que me parece extraordinario en este texto es la vitalidad de las descripciones de las calles de Ponce. Acabo de leer una novela de Wenzell Brown de 1945, Dynamite on our Doorstep. Puerto Rican Paradox, que se desarrolla en el mismo espacio, y el efecto de los espacios sociales es muy distinto. En Velásquez, sin embargo, Ponce, Río Piedras, San Juan, la Plaza de Las Delicias o la de Armas, son espacios vivos. Tan vivos, por ejemplo, como podía serlo la Calle O’Reilly o el Vedado en Nuestro hombre en La Habana de Graham Green.  Las escenas de Coamo y Villalba son apenas un borrador. El carácter urbano de la narrativa policial se impone en la textualidad de Velásquez por el hecho de que la trama policial representa la forma en que la Ciudad –un tipo peculiar de esperanza de orden-, piensa y enfrenta el desorden.

El otro logro de este relato radica, me parece en la construcción de los personajes. Se trata de figuras convencionales no hay que dudarlo pero, quizá precisamente por ello, convincentes. Pedro Soto, el corresponsal de El nacional es el columnista de crímenes que se espera. Su presencia sirve para demostrar el apalabramiento de la presunta prensa libre con la corrupción, el poder y el engaño. Un detective manco,  Rafael Canel, experto en sacar confesiones a pesar de su defecto, resulta en un hallazgo valioso. Pero estos productos se desvanecen como aparecen. Los personajes no proyectan una sicología compleja por la fugacidad de su presencia.

El gran tema social de este relato –la corrupción de poder-, resulta poco elaborado. Es probable que la apretada síntesis que intenta Velásquez trabaje contra sus propósitos. Esta narración, insisto,  debió ser más extensa y más trabajada. La década del 1990 así lo reclamaría. La corrupción no es un asunto nuevo: solo es un viejo alarde repintado que eternamente retorna con facciones nuevas como las modas cosméticas o las vestimentas de invierno. Por lo demás, desde el sonado caso de Jorge de Castro Font, se ha hecho necesario aceptar que la corrupción es un hecho de todos los días, consustancial al orden en que se vive. Pero eso no es suficiente y a la postre lo que estimula en una lección de pesimismo que algunos, yo no, condenarían.

El ángel del verso de Francisco R. Velázquez, deja a Dolores Cardona, una detective sin ideales al servicio de un capo innominado que le agradece la destrucción moral y emocional de Ernesto Casillas. El final no está en ninguna parte: la historia continuará, es probable, como la vida misma que tampoco termina. Pero en ninguna parte se sugiere la posibilidad de una  traición. Ese no es el lenguaje de estos personajes hundidos en el fangal del mundo. ¿Una lección cínica?  Es posible, pero la vida está tan llena de ello, que nadie debería sorprenderse, nadie.

Policíacas: comentarios sobre el subgénero en Puerto Rico (I)

  • Mario R. Cancel
  • Historiador y escritor

¿Es posible que la novela policíaca represente la plenitud de la conciencia política en tiempos de disolución del compromiso social?  Eso me sugirió en una ocasión  un novelista al que admiro y respeto mucho: Elidio La Torre Lagares. Ni siquiera recuerdo en qué momento ocurrió  el evento. Fue en medio de una de esas largas conversaciones que entablamos como resultado de  la casualidad de un encuentro o al cabo de la presentación de alguno de sus libros. La idea me dado vueltas en la cabeza desde aquel remoto entonces.

Cuando me correspondió prologar políticamente la antología de poesía que publiqué con Alberto Martínez Márquez, El límite volcado (2000), me vi forzado a evaluar el compromiso social en lo que entonces veía como nuevos poetas con nuevos lenguajes literarios. Hablé, recuerdo, de un “callado compromiso”, que contrastaba con los alardes triunfalistas y el reclamo a todo pulmón que dominó, por ejemplo, a la Generación del 1960 y que tantos equívocos produjo en su momento. En verdad lo que veía en el año 2000, era que la nueva generación resultaba menos pretenciosa e idealista, pontificaba menos y aceptaba una posición menos protagónica en el orden y el proceso de cambio social.  Si esa actitud desembocaba en conservadurismo o en la renuncia a la vida heroica, era otra cosa.

Todavía a la altura de 2011, estoy convencido de que el problema no radica en la disyuntiva de estar comprometidos o no con la humanidad, sino en la actitud que se adopta cuando el escritor, por medio de su obra, reinventa la vida social y la poetiza (re)fundándola en la palabra. La sensibilidad del escritor, enmascarada a veces en el cinismo o apoyada en la piedad más irrisoria, siempre es el resultado de una transacción con la vida ridícula que le rodea. Una vida en la  que el poder y sus ejecutores se pavonean en la inmundicia o con los problemas de la escasez, la violencia o la crueldad rampante. En cierto modo, la evaluación de esa crisis, me ha forzado a volver a la Novela Policíaca con tanta avidez en los últimos meses.

Después de todo, algunas de la piezas claves en el derrumbe de la Novela tal y como la inventó la Modernidad desde los nichos del Romanticismo, el Realismo Social y el Naturalismo, son narraciones policiales que sembraron la semilla de la incertidumbre en el seno de la imago mundi dominante. La Novela Policíaca de corte Existencialista Fenomenológico, y aquellos ejercicios que se  ubicaron en la frontera de la Anti-Novela, fueron claves para el desenvolvimiento de  la Cultura Literaria Postmoderna.

El asunto despierta mi interés precisamente porque la trama policial es el producto racional por excelencia, poseedor de una arquitectura dominado por una lógica inflexible que, teóricamente, existe para plantear un misterio y debe conducir a su resolución definitiva y final –el hallazgo de la Verdad- del mismo modo que lo pretendía la Ciencia de raíz newtoniana. El desencaje más abrupto ocurre cuando se ejecuta todo ese ejercicio y se decide que la Verdad no aparecerá, por lo que la Racionalidad y la Ciencia, resultan traicionadas por el imperio de lo incierto.

Dos casos narrativos llamaron siempre mi atención en esta dirección. Ambos son de 1956 y producto de dos distinguidos narradores de cultura francesa. Primero, La doble muerte del Profesor Dupont de Alain Robbe Grillet, vuelta a publicar posteriormente con el título de Las gomas. Wallas es policía o asesino, Dupont podría estar o no muerto, la verdad se reduce a la volubilidad de la hipótesis y, en el proceso, la narración se descoyunta, es demolida e inorgánica. La novela ¿deja de ser novela por ello? ¿el carácter policial se diluye por la ausencia de una verdad?

La otra es  Retrato de un desconocido de Nathalie Sarraute en la cual Jean-Paul Sartre leía una parodia de las “novelas de indagación” que es casi como decir una burla de la búsqueda de la Verdad. El personaje, aficionado a las técnicas detectivescas, y cercano al voyeurismo, inventa misterios tras  la vida trivial y aburrida de un padre y una hija bastante adultos y gastados que a nadie llaman la atención. La búsqueda del personaje, en fin, no conduce a ninguna parte porque más allá de aquella ordinariez no hay nada, solo las fantasías del mirón furtivo. ¿No habrá detrás de ese aserto una parodia dura de las presunciones de toda ciencia o de toda filosofía?

Las novelas policíacas puertorriqueñas que me ocuparán en las próximas páginas no albergan  ese tipo de  pretensiones. Más bien encajan en el marco de lo que fue la Novela Policíaca tradicional, tan vinculada al proyecto Racional y a la aspiración de Universalidad heredada de la Ilustración y del Siglo de la Ciencia. Por su lenguaje y su estructura, recuperan el artificio del engranaje del misterio y su resolución con maestría. Pero  la vez se insertan en el ideal del Romanticismo, el Realismo Social y el Naturalismo, en la medida en que cumplen con el deber moral del comentario social. Después de todo, esa ha sido la “naturaleza” pretendida de la novela, como género que mejor significa la Modernidad: la de ser un espejo o speculum del mundo económico, social y cultural que permite su producción.

El caso de Wilfredo Mattos Cintrón y sus Desamores (2001), y el de Francisco R. Velásquez y su relato El ángel del verso, escogidas muy al azar, me servirán de modelo para elaborar un comentario sobre la situación del subgénero en Puerto Rico y el papel que puede cumplir en la literatura presente y futura. Desterrado del nicho universitario, moviéndose como quien repta en círculos de heterodoxos elitistas que confían demasiado en su excepcionalidad, estas narraciones son piezas para leerse en una banca de La tertulia de Río Piedras o en un bar de la capital después de varios tragos. Pero también podrían ser leídas en otros espacios menos exclusivos. Me consta y espero que así sea.

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