René Marqués en la cultura y la política puertorriqueña del 1960: el caso Alfred Kazin


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia

En 1960 René Marqués publicó en  The San Juan Star del 8 de marzo una respuesta a un artículo de Alfred Kazin (1915-1998), profesor visitante del literatura en la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras. “A critical view  at Puerto Rico” había sido difundido en la revista Commentary de Nueva York y una vez reproducido por el periódico de la capital, mereció la réplica de Marqués. El ensayo “El ruido y la furia de los críticos del Sr. Kazin”, la sexta entrada de la colección El puertorriqueño dócil y otros ensayos 1953-1971 fue producto de aquel encuentro. Según aclara el editor, aquella era una versión revisada de la columna y uno de los 10 textos incluidos en la edición de 1966 y de 1972 la cual vio la luz pública con el título de Ensayos.  El contenido, escrito originalmente en inglés, había sido “traducido, abreviado en algunos pasajes y readaptado en otros por el mismo autor” (Marqués 1977, 119).

Para un investigador eso significa que no se encuentra ante el mismo texto de 1960. Sería interesante, no lo he hecho por falta de tiempo, contrastar ambas versiones. Ello permitiría comprender con más precisión las tensiones que atenazaban al autor en uno y otro momento. Para los propósitos de este escrito trataré de aclarar los parámetros del atropellado diálogo o disputa a la luz del planteamiento de Kazin, mirada por lo regular pasada por alto por quienes se han acercado a este tema. La crítica se ha acostumbrado a revisar y validar los argumentos de Marqués sin echar una ojeada a los del interpelado.

¿Quién era Alfred Kazin?

Kazin era un intelectual judío nacido en Brooklyn hijo de inmigrantes rusos influido por el trascendentalismo y el vitalismo como tantos otros autores de la segunda posguerra. Aquellas formulaciones filosóficas y literarias se caracterizaban por una fuerte crítica a los valores “modernos” emanados del desarrollo del capitalismo de posguerra. Kazin estaba vinculado a los “New York Intellectuals”, un grupo que simpatizaba con el socialismo pero que era ostensiblemente antiestalinista, rasgo distintivo de las izquierdas estadounidenses visible desde fines de la década de 1940, al menos, y que se profundizó durante la Guerra Fría a partir de 1947. La discursividad de los “New York Intellectuals” los acercaba al trotskismo en el sentido de que ambas tendencias resentían  la violencia experimentada en el mundo soviético durante la era de la colectivización forzosa que desembocó en el gulag.

Dr. Alfred Kazin

Kazin se hizo experto en literatura estadounidense, materia que vino enseñar a Puerto Rico por invitación de  la Universidad de Puerto Rico en medio de la era de la “Casa de Estudios”. Su interpretación de la discursividad literaria estadounidense se apoyaba en la elucidación de  los indicadores sociales y políticos que los textos expresaban. La lectura de la literatura a partir de indicadores sociales e históricos era común en la tradición de la Historia Intelectual estadounidense de su tiempo. El crítico ruso-estadounidense dejó además una voluminosa  autobiografía valiosa a la hora de orientar al lector en cuanto a las dificultades que encontraban los inmigrantes o el exiliados en el proceso de integración al tejido social y cultural estadounidense en una época compleja que tanto marcó al siglo 20.

Su presencia en el más importante centro educativo puertorriqueño ocurrió en un momento en el cual la euforia innovadora de los portavoces del Estado Libre Asociado (1952) y el proyecto de industrialización por invitación expresado en “Operación Manos a la Obra” (1947-1976) podían ser en alguna medida celebrados. El  “crecimiento dependiente” se confundía con el “progreso” y la idea de que ser puertorriqueño y americano (estadounidense) a la vez era plausible y  enriquecería a una y otra parte sin contradicciones mayores, seguía viva en la mente de muchos. El terreno político partidista era más incierto. El poder de Luis Muñoz Marín y la hegemonía electoral del Partido Popular Democrático comenzaban a eclipsarse y, desde las elecciones de 1956, la presencia electoral del independentismo empezaba a menguar. La década de 1960 se caracterizó por la reformulación ideológica del movimiento independentista y el crecimiento de las simpatías hacia la estadidad entre las masas, sector ideológico que también atravesó por un proceso revisionista intenso. La visita de Kazin era parte del proyecto de hibridación cultural desde el poder que estimulaba la  “Operación Serenidad”.

El escrito de Kazin es una más de las numerosas representaciones de lo puertorriqueño que se generaron a lo largo de todo el siglo 20, conjunto que aguarda por una lectura abierta e incisiva según lo ha  propuesto el Dr. José Anazagasty Rodríguez en un par de libros que hemos trabajado juntos.  Desde la invasión de 1898 el asunto de la personalidad puertorriqueña y sus posibilidades dentro y fuera de la unión federal preocupó a observadores de ambas partes. En aquellos textos se aventuraron hipótesis y juicios que, sin embargo, informaban mejor sobre los  prejuicios de los emisores que sobre el problema que pretendían aclarar. Dado que lo puertorriqueño también fue un tema central de la ensayística y el teatro marquesiano, este se sintió  en posición de responder a Kazin. Algo que llama la atención es que Marqués resintió más las respuestas que ciertos sectores dieron a los apuntes de Kazin que sus posturas, muchas de las cuáles parecía compartir.

El “puertorriqueño dócil” de Kazin

El artículo de Kazin inició con la descripción de una escena callejera en una ciudad opaca, rústica, detenida en el tiempo, reiterativa, calurosa, sucia, húmeda, incómoda y habitada por seres extraños para gente como él. Su retórica proyectaba un orbe descrito por oposición al progreso y, por el contrario, ausente de dinamismo, premoderno y de un exotismo agrio y repelente. Los recursos a los que apelaba Kazin en su narración sugerían cuál era su percepción de los puertorriqueños. Los personajes que ocupaban aquel espacio anodino eran seres incompletos -homúnculos o zombis- que se movían en un tiempo lentificado o detenido en el tablado de un pretérito ominoso.

Un heladero que dos veces al día se desplazaba por la ciudad, “his truck playing Brahm’s  Lullaby over the loudspeaker, and after he is gone, the sweet and gluey tones (a little like the tastes local ice cream itself) still linger maddeningly on the air”. En aquellas calles los días transcurrían de manera rutinaria, sin novedad en el frente: “begins early, at it does in all the hot latin countries”. Los paisajes de los pueblos latinos se mostraban marcados por la inmundicia.   Aquellos seres pululaban “across the garbage-strew fields next to our house”, acosados por el calor extremo “interrupted only by the sudden rains that stop as quickly as they come”. La latinidad y el trópico abrasivo se expresaban en la sensación de humedad y calor que agobiaba al transeúnte. Completaban el cuadro un conjunto de seres anónimos: “brown-faced men and women are already going to work”, los cuales sabiéndose distintos, mostraban curiosidad ante la presencia del “otro”, el estadounidense que los observaba. La cercanía física no contradecía la distancia social y cultural que él les imponía. No había empatía alguna en la mirada sino una expresión más de la diferencia desde una situación de poder. El ejercicio de “zoom”, acercamiento o aproximación de Kazin, es por demás interesante.

Aquel fue el momento que el observador utilizó para introducir su experiencia como profesor en la Universidad de Puerto Rico. La imagen de los mulatos silentes de la calle le traía a la memoria que  “…the curious stillness is already on them”, y que aquella actitud de “calma curiosa” no difería de la que expresaban sus estudiantes universitarios cuando asistían a su clases. Aquella condición no podía sino ser resultado de una “ deeply resistant shyness” común a unos y otros. La condición natural del puertorriqueño era la timidez y la inseguridad fronteriza en el miedo. El tímido es un ser que no se atreve, que manifiesta aprensión a hacer algo por instinto de conservación. La metáfora de Kazin reproducía la del miedo a que lo cojiera el holandés que, de acuerdo con las fuentes españolas, acompañó al criollo después de la agresión  holandesa de 1625 según Fray Damián López de Haro.

Kazin iba más allá. Asociaba la timidez a la imagen del cordero: “this people  are lamblike”, incapaces para la violencia, la agresividad, para tomarse un riego, sumisos, perezosos, en síntesis,  dóciles. La imagen invocada llama la atención porque el discurso nacionalista también apeló a ella con el fin de estimular la lucha por la independencia. La canción popular “El Yunque y el cordero” cantada por Pedro Ortiz Dávila (1912-1986), Davilita, hizo una referencia similar. Lo que Kazin denominaba la  “famous docility” del puertorriqueño, asunto que como se sabe también llamó la atención de Marqués, tenía desde su punto de vista fuentes no solo culturales sino también biológicas y ambientales. Expresaba “the apathy of tropical countries”, una condición natural que marcaba el temperamento y estimulaba la timidez o “shyness”. A ello había que añadir un componente aprendido, la asimetría, la extrañeza o enajenación en las que convergía una relación de sumisión colonial.

René Marqués

Según Kazin la timidez natural era sociamente fortificada y ello explicaba porqué los puertorriqueños mostraban “the Step’n Fetchit sloth in the presence of Americans barking questions in the language they do not know and no longer pretend to know…”. La “Step’n Fetchit sloth” era una metáfora que provenía de los medios de comunicación masiva estadounidenses. Usada para representar a los puertorriqueños reiteraba la pereza universal que numerosos observadores hispanos y estadounidenses adjudicaron al insular de un modo original. En Kazin sugería el estereotipo del manipulador, el jaiba o el aguzado que se movía con cuidado entre la sumisión y la resistencia y, claro está, recordaba la concepción del Juan Bobo de Marqués. Stepin Fetchit era el alias mediático de Lincoln Theodore Monroe Andrew Perry (1902-1985), primer actor negro exitoso en el mercado estadounidense, de fe islámica por cierto, cuyo personaje articulaba el estereotipo negativo del afroamericano holgazán y racista signo que, dadas las condiciones imperantes en la década de 1960, adoptaba un carácter potencialmente subversivo. Como aquél, el puertorriqueño no era sino un manipulador calculador y compulsivo.

Para Kazin, Puerto Rico era un país habitado por gente que no sabía inglés y que tampoco quería aprenderlo, que se conformaba con lo mínimo para no llamar la atención del estadounidense. La jaibería lo hacía capaz de acomodarse a cualquier situación que le impusiera el “otro” sin ofrecer resistencia. Sus observaciones no se limitaban al abajo social o a las clases populares. También tocaba al arriba social y señalaba hacia aquellas elites que a lo largo del siglo se habían mostrado siempre dispuestas a colaborar con el invasor y habían medrado de su sumisión al poder. Lo que sugería el profesor invitado era que arrimar la brasa a su sardina no era una táctica exclusiva de los desposeídos y los subalternos. Los sectores de poder pecaban de lo mismo.

La vida de los puertorriqueños estaba marcada por la artificialidad y la pasividad calculada. Mirando al arriba social y las elites, reconocía que a nadie parecía molestarle que “the  bishops are still never Puerto Ricans but are American irish”.  Mirando hacia el abajo social y las clases populares destacaba con ironía  que “the girl behind cash register at the super-mercado (run by Grand-Union, development by Laurence Rockefeller), may not speak English but she has learned to say okay, you bet, next aisle, please, and my lambs are reading Emerson and Thoreau, you bet!” Kazin extrapolaba las situaciones que ironizaba en la sociedad puertorriqueña y las aplicaba a sus estudiantes universitarios, esos “corderos” para los cuales discutía a dos maestros de trascendentalismo literario, a saber, Ralph Waldo Emerson y Henry David Thoreau.

La imagen de Kazin no se limitaba a afirmar que se trataba de un defecto moral naturalizado. También resentía ciertos comportamientos o hábitos sociales concretos con los cuales llamaba la atención sobre la errática apropiación de los valores materiales de la vida moderna en el país. Los puertorriqueños eran “the most erratic drivers in the world, with a sickening record of accidents…”, lentos en la carretera “as if they were on muleback”, y viajaban “en famille, arms perpetually hanging out of the car, talking and eating as if they were home”. La anormal relación de los puertorriqueños con el automóvil, uno de los signos más emblemático del progreso estadounidense, había sido parodiada también por el novelista Wenzell Brown en Dynamite on our Doorstep: Puerto Rican paradox publicada en 1945 en el contexto concreto de los conductores de carros públicos y privados de Ponce.

Para Kazin la “famous docility” del puertorriqueño tenía otro rostro: era “docile because someone has always taken them over”. Era un pueblo infantil, bisoño e inmaduro que siempre habían encontrado alguien que se encargara de sus asuntos. Nunca habían sido libres ni se habían visto forzados a hacerse responsables de sus problemas por lo que habían aprendido el arte de  sacar provecho de su imagen de fragilidad. Para Kazin “Puerto Ricans are always being reformed, educated, studied, analyzed, worked on, develope by others”.

Acostumbrados a no hacerse cargo de sus asuntos, su proyección como muestrario, escaparate o vitrina del desarrollo y la democracia la debían, no a su esfuerzo, sino a “the massive infusión of American capital” en su economía. Kazin lamentaba que los jóvenes estudiantes que visitaban el continente “are very quick to suspect, to misunderstand, to be hurt- and somehow I hear from them more of what they have suffered from Americans than of what they think of Americans”. La tendencia a la auto victimización y la ausencia de babilla del puertorriqueño se asociaba a su emocionalidad, un rasgo fácil de atribuir a la latinidad, argumento con el que se reafirmaba su incapacidad para razonar. La cosificación del puertorriqueño colectivamente visto estaba completa. Para Kazin entre los puertorriqueños y los estadounidense existía un abismo que 62 años de ocupación e interacción no había podido superar.

La docilidad del puertorriqueño explicaba que no existiese una buena historia de Puerto Rico, asunto respecto al cual también se expresó Marqués en sus ensayos, y ayudaba a comprender por qué ese campo de estudio estaba tomado por sociólogos y antropólogos continentales que miraban hacia Puerto Rico sin empatía alguna como si se tratara de un laboratorio de observación social controlado.

Marqués vs Kazin: unas notas preliminares

De acuerdo con Marqués, los “puntos débiles o vulnerables” o las “torpezas” de la reflexión de  Kazin eran varios. El primero tenía que ver con su formación: Kazin no era “ni sociólogo ni historiador” (Marqués 1977, 120) tareas que valoraba mucho y cuyas carencias reconocía como un defecto de la academia puertorriqueña. Marqués adolecía del mismo mal: había estudiado agronomía en Mayagüez y se había transformado en dramaturgo y escritor. El hecho de que Kazin no ofrecía un análisis “científico” sino “impresionista” de la sociedad puertorriqueña, “torpeza” que iba de la mano de la otra, llama poderosamente la atención. Marqués también ofrecía una visión impresionista de la sociedad puertorriqueña. La única diferencia entre ellos era la nacionalidad.

Lo cierto es que Marqués poseía una noción tradicional de la “ciencia” que vinculaba el concepto con la idea de un cosmos legislado, cognoscible y predecible. En ese sentido, la “cientificidad” era equiparaba a la idea de la “certeza” y la “verdad”. El imaginario moderno del dueto ciencia/verdad tenía un fuerte sustrato teológico y religioso que estimulaba ese tipo de paralelismo y conminaba al culto.

Por último, Marqués llamaba la atención sobre la manía de Kazin de apelar a la autoridad del hispanoamericanista Richard Morse (1922-2001) y sus expresiones en “The Deceptive Transformation of Puerto Rico” (“La transformación ilusoria de Puerto Rico”) investigación leída por aquel en la Conference on Social Sciences de la  Universidad de Michigan en 1959. El ensayo de Marqués era algo más que un diálogo con Kazin. El otro interlocutor era Morse, por lo que revisar sus argumentos se hace necesario. A ello me dedicaré en otra columna.

Publicado originalmente en 80 Grados el 8 de mayo de 2020

Seva: historia de una (re)lectura


  • Mario R. Cancel
  • Escritor e historiador

A Víctor Cabañas, colega tan ficcional como yo

La pregunta que me hago es sencilla ¿por qué vuelvo a leer este cuento?  Hace apenas 3 días volví ese relato clásico y escandaloso y la sensación fue como, en cierto modo, parecida a  la de la primera vez. Por eso voy a tratar de contestar esta interrogante personal del modo más intempestivo y peligroso. En diciembre de 1983 cuando me enfrenté a Seva en las páginas de un semanario socialista, me asaltó la misma emoción del hallazgo que invadió a tantos ilusos. Se trataba de una sensación contradictoria entre el dolor y la furia. Por aquel entonces yo acababa de cumplir 23 años, me habían expulsado de dos recintos del sistema público universitario por mi activismo político y, prácticamente. Era testigo de cómo se disolvían mis sueños de ser un historiador profesional.

El autor y Luis López Nieves

En 1983 ser historiador profesional significaba ser un cazador de la verdad más verdadera en el oscuro panorama colonial que se vivía. La verdad se hallaba velada por el manto de la mentira heredada o bajo el poder y la impertinencia del Otro y sus aliados: la intelectualidad colonizada. Seva cumplió aquel empeño por la verdad de la manera más cruda apoyándose en la fuerza de un mito procaz y morboso.  El descubrimiento de la masacre de un pueblo de la costa este de Puerto Rico por los invasores del 1898, era el mecanismo más apropiado para combatir en aquella época en que reverdecía la Guerra Fría bajo el palio del dueto Reagan-Thatcher. Yo era uno de aquello jóvenes que, desde la izquierda radical,  veían crecer aquel rejuvenecido derechismo, a la vez que reconocía la precariedad del Socialismo Real y las ficciones seniles con que trajinaba el Nacionalismo Cultural Hispanófilo domesticado por la cultura del populismo más conservador. Ninguna coyuntura podía ser más auspiciosa para el burla burlando, como el “Soneto de repente” de Lope, que acababa de producir Luis López Nieves.

Seva salió, ahora lo reconozco desde la comodidad de mi escritorio, un 23 de diciembre, dos días antes de la Natividad en el periódico Claridad, órgano en aquel entonces del Partido Socialista Puertorriqueño. La semana del 23 al 29 de diciembre terminaba en el Día de los Santo Inocentes. López Nieves y Luis Fernando Coss, entonces Director del semanario y a quien había conocido durante la huelga universitaria de 1981, completaron el lance perfecto. El problema no radicaba, pienso ahora, en el hecho específico del engaño o de tomarle el pelo a la gente. En aquel entonces la gravedad radicó en la cuestión de a quien le tomaron el pelo: a los historiadores más adustos, a los nacionalistas más comprometidos y a un segmento visible de las vanguardias políticas consideradas conscientes. La imagen retraída del intelectual objetivo, capaz de apropiar con sobriedad y desapasionamiento la realidad y de convertir el conocimiento era un instrumento eficaz de lucha, quedó en entredicho. Su capacidad para discernir entre lo posible y lo deseado, también. La procacidad de López Nieves lo colocó en una posición peligrosa y en objeto de unos medios de comunicación masiva que todavía resultaban amenazantes para las generaciones intelectuales dominantes.

Las elites intelectuales que adoptaron la ficción o lo deseado como una posibilidad, pisaban un terreno movedizo. Parecían malsanamente ansiosas por la posesión de la memoria de aquel hipotético derramamiento de sangre. Los hechos contados en Seva eran tan patéticos que podían opacar o devaluar la sangre nacionalista derramada en Ponce en marzo de 1937. Por la fecha en que surgieron, venían a mezclarse con la de dos chicos torturados en el Cerro Maravilla apenas en julio de 1978, conspiración que apenas comenzaba a develarse en toda su crueldad por aquel entonces. En verdad en el ambiente había mucho acelerante presente: el ficticio diario de Nelson A. Miles, citado por el inexistente historiador Víctor Cabañas, suprimía la descripción de los combates de los yanquis con los valientes sevanos entre el 6 de mayo y el 6 de junio de 1898 y lo reducía todo a una mera sugerencia de la estadística de los muertos.

La sangre y la violencia que se percibía por todas partes  en tiempos del atropellante Romerato, fue responsable de que la resistencia derrotada de los inexistentes sevanos causara aquel furor acompasado a los tristes acordes del leitmotif  “Seva vive”. Ni Betances, ni Hostos, ni José Maldonado el Águila Blanca, ni los combates de la Patrullas Volantes o Macheteros, habían sido capaces de levantar el diezmo de aquellas pasiones arracionales. De una manera oblicua y cínica, los vociferantes demostraban que no se equivocaban: las luchas políticas en Puerto Rico necesitaban de la ficción para mantenerse vivas.

La eficacia de Seva demostró que el desgano con el pasado heredado era una realidad exuberante. El país podía tener el pasado heroico o trágico que quisiera. Pero estaba constreñido a la posesión insegura del pasado que se merecía y en consecuencia, como podrían concluir  los buenos Liberales Progresistas, tendría que ajustarse al futuro que se había labrado. Seva demostró que la Nación, como había sugerido Ernest Renan en 1882, dependía también de “el error histórico”. Renan decía que “los estudios históricos (son) a menudo un peligro para la nacionalidad”.  López Nieves demostraba que la Literatura Creativa también podía serlo y de un modo más radical que la misma Historiografía. Hoy pienso que, después de Seva, los años de labor de creación de un orgullo nacional colectivo respetable que habían invertido los historiadores, resultaron perdidos. A los lectores les alcanzó el gatillo de la mentira bien urdida de un cuentista que dejaba morir felizmente  a 720 de 721 sevanos a manos de los yanquis para sentirse de otro modo.

Desde mi lectura de Seva en 1983 me cuestioné lo que significaba ser un historiador profesional. Yo era un tipo con carácter: no me gustaba que me engañaran. Algunos de mis maestros en la disciplina, pienso en Germán Delgado Pasapera, resintieron la publicación de aquella infamia ficcional de López Nieves y lamentaron su capacidad de adulterar el pasado y seducir a la recta razón. A mí me demostró que entre la Razón y la Pasión solo pende un hilo. También me aclaro que la relación del sujeto cognoscente con la realidad o la ficción, solo depende de la actitud y la decisión del sujeto. Claro que el cuento de López Nieves no tenía esas intenciones filosóficas ni nada por el estilo: el cuentista jugaba con la inocencia colonial más larvada de las clases políticas locales a la vez que configuraba su fisonomía de escritor a la manera de un Orson Welles tropical. Seva me convenció de que para ser historiador profesional, había que aceptar la idea de que ello conllevaba mucho de juego.

Posfacio en una tarde nublada

Hoy soy historiador bona fide si es que tal cosa como un historiador de buena fe sigue siendo posible. Publiqué mi primer libro de historia en 1994: una fría biografía crítica de Segundo Ruiz Belvis y su tiempo. Desde 1997, me sedujo aquel cambio de siglo tan lleno de (im)posibilidades, retractaciones y (anti)heroísmos. He publicado numerosos trabajos investigativos e interpretativos sobre el 1898. Hace apenas dos semanas, presenté mi último título al respecto en La Tertulia de Río Piedras: Porto Rico: hecho en Estados Unidos, volumen que preparé con José Anazagasty Rodríguez. Sólo para profundizar la tensión, López Nieves estuvo allí conversando con nosotros sobre los pasados conspirativos.

¡Qué sinuoso es el tiempo! Con los años me acostumbré a la fluidez y la fragilidad de las verdades históricas: dejé atrás a los pontificadores de lo cierto. También me adiestré en la  contingencia de una cultura literaria. Comprendí que, cada día, la escritura se ve impelida a reinventarse si pretende asegurarse un nicho en la hiperrealista (des)organización del mercado global desenfrenado. Hasta he llegado a aceptar con una sonrisa cínica que el pasado está determinado por el presente, y no del otro modo. También me he convencido de que la escritura literaria es un palimpsesto y que el papel ideal para imprimirla es el cadáver de los que nos antecedieron.

Me parece que esa es razón suficiente para volver a leer ese cuento.

Nota: ¡Dios mío! Acabo de darme cuenta de Víctor Cabañas se equivocó: aquel Luis M. Rivera, no fue el padre de Luis Muñoz Marín y el esposo de Amalia. Aquel individuo sabía inglés y el viejo autonomista de Barranquitas no. A la desaparición del historiador en la zona de Ceiba, debo añadir la búsqueda de la identidad de aquel traidor.

Conversatorio sobre Porto Rico: hecho en Estados Unidos


La Editora Educación Emergente   y la Librería La Tertulia de Río Piedras, anuncian la celebración de un conversatorio en torno al libro Porto Rico: hecho en Estados Unidos escrito por el sociólogo José Anazagasty Rodríguez (RUM) y el historiador Mario R. Cancel (RUM). La actividad se llevará a cabo el próximo Jueves 28 de abril de 2011 desde las 7:00 de la noche en la referida librería. Los comentarios sobre el libro estarán a cargo del historiador Pedro San Miguel (UPR).

Porto Rico: hecho en Estados Unidos es una colección crítica de seis ensayos que interpelan la historia puertorriqueña y estadounidense. Cómo fue imaginado Puerto Rico por los agentes imperiales… Cómo esas figuraciones han impactado las narraciones de una historia y otra. Lea este texto y encontrará respuestas y, sobre todo, muchas preguntas para la enseñanza de la historia de Puerto Rico y Estados Unidos.

La propuesta se apoya en el andamiaje del “nuevo sentido común,” un acercamiento anti-fundacionalista que, una vez asume la lingüisticidad del ser, aplica el modelo hermenéutico de los textos literarios al ámbito ontológico. Los autores argumentan que la imagen americana del Otro, el Puertorriqueño, se sostiene sobre una “economía de la alegoría maniquea” que inventa a Puerto Rico no solo como un opuesto, sino como un opuesto inferior. La reevaluación de la invasión de 1898 a 13 años del Centenario de su conmemoración, es una invitación no sólo a la reescritura de las teorías en torno a las relaciones entre Puerto Rico y Estados Unidos, sino de todo el pasado colonial con España y de las relaciones simbólicas del país con El Caribe, Hispanoamérica y el mundo en la Era Global.

Están todos invitados.

A %d blogueros les gusta esto: