Caroba: reflexiones de un lector y un testigo


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

 

carobaConocí a Juan de Matta García en el año 2005, durante el lanzamiento de un libro de cuentos que yo acababa de publicar, Intento dibujar una sonrisa, en la Universidad del Sagrado Corazón en Santurce. Creo que Luis López Nieves me lo había presentado antes de esa fecha pero no lo podría asegurar. En la sesión de preguntas y respuestas, la cual siempre aspiro a que se transforme en un diálogo rico para todas las partes interesadas, Juan de Matta protestó unos comentarios míos sobre la pertinencia en el presente de la obra, excelente sin duda, de Enrique Laguerre.

La breve discusión con Juan de Matta, una de las cosas más interesantes que recuerdo de aquella tarde, giró en torno al culto que se genera hacia las figuras de los clásicos, en especial los muertos, en el lenguaje cultural y aun en el académico. La condición de clásico huele a cadáveres, siempre me lo he dicho de ese modo. La recuerdo bien, con todo detalle porque cuando Juan de Matta salió con lo que presumí era su brigada de apoyo o grupo de choque, me di cuenta de que es la misma cara de Morgan Freeman, uno de mis actores favoritos. En realidad la base de la breve disputa tenía que ver con un choque en la percepción sobre el asunto que había entre Juan de Matta y yo.

Eso me trae a la memoria otra situación que viví con posterioridad. Fue cuando me hicieron la peligrosa pregunta que siempre había temido: ¿Por qué debemos leer los clásicos? Todo venía a cuento de una publicación que iba a hacerse en la desaparecida revista Letras nuevas. Desaparecida, no por falta de ímpetu o calidad que mucha tenía, sino por las desgracias de la crisis actual del capitalismo que envejece y se renueva siempre para bien de pocos y mal de muchos. La inquisición fue culpa de la escritora Mara Daisy Cruz. Después de darle muchas vueltas por varios minutos al asunto, escribí algo como lo que sigue y que ahora regalo al novelista que me ocupa:

Un clásico es una expresión única y personal que habla el lenguaje propio de una época. No se trata solo de eso. Al hablarlo comunica ideas a una diversidad de receptores distantes en el tiempo y en el espacio. La eficacia de su expresión y la de su recepción se presume. A la eficacia de ese proceso llamamos universalidad. Entre lo clásico y lo universal imaginamos una relación estrecha. La obra clásica y universal convertida en piedra, en gesto o en texto, demuele la diferencia entre París y Macondo, entre Nueva York y Comala. Cancela las fronteras entre El Cid y Toño Bicicleta, y entre Friné e Isabel La Negra. En eso radica su magia. Leo los llamados clásicos con la esperanza de encontrar una explicación a muchas de las aspiraciones colectivas y prejuicios de la humanidad. También para saber lo que no soy. De ese modo los aprendo con más fuerza y me libero de algunas pesadillas. Lo universal no es lo escrito, sino el hecho de escribir.

Juan y yo chocamos por la interpretación de lo que significaba Laguerre, un clásico puertorriqueño, y su obra para alguien  como yo. Elidio la Torre Lagares y  Marta Aponte Alsina, podrían atestiguar lo que he dicho porque vieron los hechos y es probable que lo recuerden mejor o peor que yo. Es parte de mi oficio, siempre le doy mucha importancia a ese tipo de evento que, para otros, podría pasar inadvertido: soy historiador y me fijo en los pequeños acontecimientos.

A la luz de la relectura de Caroba, vuelvo a reflexionar en torno a aquel hecho. A Juan de Matta quiero explicarle quién soy. Lo cierto es que, en el marco de la sociología de pop, yo soy un baby boomer nacido en aquella ruralía que iba camino a la desaparición en 1960. Recuerdo los retornos del anciano Luis Muñoz Marín a la isla para apoyar, como un fetiche, a los candidatos políticos de su partido en el momento de la pubertad del anexionismo. Crecí en un campo que no tenía nada de simple, la simpleza del campo es un prejuicio urbano muy estúpido, y mi primera ansiedad fue la de escapar de allí a como diera lugar como quien sale de la selva. La única localidad con aspiraciones ciudadanas en la zona era Mayagüez. Sólo más tarde me llamaron la atención Río Piedras, San Juan o la diversidad de ciudades que he disfrutado en cada uno de mis viajes.

 

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Juan de Matta García, escritor

Mi peculiar experiencia académica y creativa me ha demostrado que la ruralía y el campo que viví, y el que aprendí luego en el sistema escolar y revisité en el universitario, eran cosas distintas. La imagen de ambos en mi caso, nieto de Socialistas Amarillos, estaba  filtrada por el aura del Populismo del 1940 y el tesón de Obrerismo Rural y Urbano Moderados. Las herencias son cosas que se meten bajo la piel como una espina o un microchip con un complejo programa que semeja un virus. Fui configurado como un ser que ansiaba desprenderse del campo, a la vez que miraba el urbanismo a la distancia, como un espacio para el debate cultural y el reto y el crecimiento.

 

Eso fue la forma en que viví el proceso de Modernización de Puerto Rico porque esos valores, en lo esencial anti-rurales, eran de crucial importancia en la formación de un chico como yo, nacido en el año 1960. Luego todo fue una vorágine que no es necesario contar. Pero cuando en la adultez fui a establecer un hogar donde refundar mi humanidad, volví a la Ruralía Postmodernista: la que está adornada con una megatienda a 15 minutos de distancia, y el acceso a la Internet y a la televisión por cable o satelital es cosa común. Lo que quedaba de la vieja sociedad rural en la casa en que me radiqué se reducía a las manías de algunos vecinos, y al hecho de que la urbanización estaba construida sobre lo que había sido una pieza de caña.

La forma en que Juan de Matta enfrenta la cuestión rural en Caroba es completamente distinta. Claro, entre él y yo hay una diferencia generacional que no debe ser pasada por alto: Juan de Matta es más viejo que yo, que conste. Además en él convergen con diafanidad, lo sé por lo que conozco de su trabajo creativo, la valoración de la cultura de la ruralía adjunto con la de la raza, como ocurrió en algunos de los grandes escritores del 1970, en especial el olvidado narrador viequense Carmelo Rodríguez Torres. Para Juan de Matta,  esos elementos representan el proyecto de una Nación Emergente que nos asedia desde hace siglos y que no parece encontrar el agujero de gusano que permita abrir el atajo que conduzca de la esclavitud colonial a la libertad.

Esta preocupación por lo rural y lo político como nicho identititario que domina la obra de Juan de Matta, puede parecer una anomalía cuando se le mira desde el territorio de una narrativa dominada por la temática urbana real o virtual, y que ha invisibilizado los trazos de un campo que imagina moribundo. Pero lo cierto es que un fenómeno análogo de ruralización del lenguaje ocurrió en la narrativa de la vieja y desmembrada Unión Soviética, luego de la muerte por mucho tiempo prescripta del Socialismo Real. En aquel contexto, la novela rusa de tema campesino se hizo de un espacio que el sueño del Comunismo industrial y urbanofílico, había reprimido. Claro, la diferencia radica en que en la Unión Soviética, a pesar del Bolchevismo Moscovita, el campesinado y sus tradiciones constituían una realidad más palpable que en el Puerto Rico de hoy. El Comunismo veía en aquel mundo adversario la meta de la disolución de la propiedad privada. Mientras en Puerto Rico, el campo y sus signos seguía siendo para muchos una esperanza de recuperación de la Identidad conculcada. Ahora me atrevo sostener que la obra de Juan de Matta no es una anomalía: es un esfuerzo político legítimo, que plantea un proyecto concreto.

En este prefacio no me propongo contar una novela que resultará una grata sorpresa para quien la tome en sus manos y la apropie. Solo pretendo resaltar algunos de los rasgos que me han llevado a reconocer que Juan de Matta es un narrador natural, como aquellos bardos que daban sentido  a la vida de una comunidad sobre la base de una narración que les servía de espejo. Juan de Matta posee una capacidad extraordinaria para narrar y tejer una trama bien articulada que nunca pierde su consistencia. Se trata, en ese sentido, de un narrador maduro con el cual no hay que discutir mucho la naturaleza de sus procedimientos narrativos.  Eso, para un asesor de tesis, es un fenómeno especial porque entonces uno puede, y así lo he hecho, sentarse con el escribiente a conversar sobre su imago mundi y la narración te atrapa por su fluidez y su coherencia o, por decirlo de otro modo, por su peculiar poética.

La otra característica de la escritura de Juan de Matta es el dominio de los diálogos, elaborados con un lenguaje mesurado, sugerentes cuando tienen que serlo e incluso de una comicidad natural y singular cuando el caso lo amerita y también capaces de transmitir la mayor de las amarguras. Poseen el sentido de la oralidad no calculada. Todo ello se consigue con un lenguaje coloquial, llano, muy humano que recuerda las destrezas de los autores del 1970 con el habla popular. El nicho narrativo de Juan no es, sin embargo, la ruralía imaginaria que inventó la cultura literaria del 1930 o la del Populismo. De lo que se trata es de una ruralía concreta y material, muy contemporánea, que todavía subsiste engastada en el Puerto Rico urbano del siglo 21. No se trata de un mito hasta el punto de que algunos de sus personajes han tomado de vez en cuando una cerveza o un café conmigo.

La otra virtud del arte de narrar en Caroba es ese interesante juego con los tempos que Juan de Matta pone en práctica. La novela camina a un ritmo más o menos pausado en las partes I a la IX; se acelera, en especial al cabo de la parte X y en la parte XI, llegando al final. En ese sentido tiene la tesitura de la memoria y de la historia vivida. Esa asimetría me parece ahora un logro en un texto que, si se narra a una velocidad media, se vería en peligro de perder mucha de su eficacia.

Lo otro es la técnica del final  abierto, la irresolución que se respira al cabo de la lectura. Es como si el autor hubiese querido tan solo plantear el problema, y esperara con paciencia la reacción de los contertulios-lectores. En efecto, al lector no le cabrá la menor duda de que se encuentra ante una novela de tesis. Pero me parece que debo decir que aquel que piense que hacer una novela de tesis es un problema, que tire la primera piedra. Una novela sin tesis de ninguna índole, representa por sí misma la proposición de una tesis.

Lo más notorio de Caroba y donde el autor se presenta como un verdadero maestro, es en el manejo del lenguaje del mundo de los caballos y el deporte de los caballeros, del deporte del paso fino, tan emblemático de la Nacionalidad que en el texto se discute de una manera sesgada pero obvia. Me sorprendió que me dijera que se considera un novicio en ese aspecto. La selección de ese icono popular, no podía ser más acertada. La sola reflexión sobre ese orbe cultural y social implica una discusión profunda sobre la Identidad. Se trata, desde mi punto de vista, de un  discurso autónomo que no necesita recursos alternos manidos para conseguir el fin de articular con claridad las opiniones del autor.

La historicidad del caballo antillano y puertorriqueño es un valor colectivo que muchos, incluyéndome, desconocen. La lectura de la obra de Juan ha sido para mí un taller. A lo largo de la novela, Juan hace alarde del dominio de ese lenguaje, lo problematiza y lo transforma en un código legítimo para discurrir en torno al dilema de la Identidad y sus recovecos más íntimos. Cuatro indicios me vienen a la memoria cuando paso revista sobre la posición que ocupa la narrativa de Juan en ese caso. Esas cuatro pistas resultan en cuatro pilares mayores de Metarrelato Nacional que puntean el imaginario de una historia colectiva que siempre, siempre se reinventa: no hay historia colectiva fija.

La primera es el papel protagónico del caballo puertorriqueño en el siglo 16 en el proceso de consolidación del control sobre México y Perú, hecho documentado por las crónicas de la Conquista. El segundo es la imagen del caballo puertorriqueño y el contraste del mismo con el caballo inglés, presente en un documento de 1598 firmado por el cronista de guerra inglés el Reverendo John Layfield. La tercera, el comentario sobre el equino firmado en 1797 por el naturalista francés André Pierre Ledrú en visita científica a Puerto Rico. Y el cuarto, el personaje del caballo según lo dibujó en 1849 en un cuadro de costumbres Manuel Alonso Pacheco. Mi imaginación histórica es la única autora de este palimpsesto. Ella juega conmigo como la dama seductora que me visita de vez en cuando.

Aparte, voy a dejar los juegos que acometió Abelardo Díaz Alfaro en sus textos poéticos y simbólicos “El josco” y “Los perros”. El papel de la elementalidad de lo agrario y lo rural es variable en ambos textos, por lo que su lectura apela más a la posibilidad de un relato mítico existencialista que al Criollismo Trascendentalista al que ocasionalmente los había asociado. Confieso que cuando me enfrenté por primera vez a Caroba, pensaba que se trataba de un ejercicio de esa naturaleza. La apelación a la Identidad en los referidos relatos es exógena, quien la aporta es el lector consciente de la agonía de su contradicción.

En el caso de la obra de Juan de Matta eso no ocurre. La narración no ofrece oportunidades para la confusión. Cuando se invoca la década del 1950, el signo es la Insurrección Nacionalista. Cuando se buscan espacios concretos que, como un templo, sugieren la Identidad, allí aparece Lares. No se trata de decisiones simples. De lo que trata es de posturas con las cuales el autor no transige. En el mundo bipolar que se construye en la novela, las medias tintas se ahorran del todo. Caroba y Constantino, el puertorriqueño y el cubano, la Nación ante el Imperio, son códigos que no permiten una sola fisura. Esa aparente claridad da a la novela la transparencia que garantiza una fácil y sabrosa lectura y que hacen de Juan de Matta un excelente escritor. Invito a la lectura de Caroba a todos los interesados y sobre todo a aquellos que como el avestruz ocultan su cabeza para no enfrentar la realidad. La garantía de que la disfrutarán está allí. Escribir es pensar, y pensar es imaginar el mundo. Narrar es teorizar sobre el mundo desde un lugar muy específico. Yo acepté la convocatoria de Juan de Matta García. Espero que ustedes también.

En mi casa de Hormigueros, 26 de julio de 2011.

La promesa de los Rayos Gamma


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador y escritor

Los Rayos Gamma siguen siendo un espectáculo único. Verlos durante su reciente presentación en Aguada me lo ha demostrado. Es cierto que la ausencia de Horacio Olivo me resulta irreparable. Su comicidad en el escenario producía una impresión surrealista que me demostraba que se podía ser a la vez un rebelde o un crítico agresivo del orden y vivir la vida con alegría.

Jacobo Morales es una institución que aprendí a apreciar durante la adolescencia. Lo recuerdo desde que lo conocí a fines de la década de 1970 siendo yo un chico que se iniciaba en el activismo cultural y Jacobo leía aquella poesía minimalista y sugerente que tanto me apasionaba. En mi memoria su imagen se grabó como la de uno de esos seres inmortales o atemporales que nunca envejecería. Verlo a mis 55 años al lado de su esposa representa para mí una lección de humanidad que debo aprender. Sunshine Logroño, por otro lado, representa para mí un contrapunto interesante que le da a esta agrupación un balance extraordinario a la vez que garantiza una conexión directa con la cultura popular urbana que se difundió entre la juventud puertorriqueña a la luz de la violencia lingüística de los autores de la generación de 1970. La riqueza de su humorismo, entre la sutileza y el atrevimiento procaz, es inigualable.

Los Rayos Gamma y Teatro Breve

Silverio Pérez siempre ha estado al “alcance de la mano”. Lo escuchaba cuando cantaba en “Viva la gente” o en dúo con Roxana y yo admiraba su condición de hippie benévolo. Lo recuerdo por su vida de artista comprometido, de nuevo trovador al cual oía con fruición cuando las conmociones de fines de la década de 1970 y principios de la del 1980 me llevaron a la conclusión de que quería ser escritor e historiador porque, lamentablemente, yo no sabía cantar.

Volví a encontrarlo cuando publicó en 2004 su colección sobre el “humor nuestro de cada día” y las “tres tristes tribus” cuyas máculas ocupan todavía hoy el cielo político de la nación que asumimos como una causa legítima. Me topé con él cuando estudiaba escritura creativa en la Universidad del Sagrado Corazón y yo enseñaba en esa institución, y vuelvo a verlo ahora cuando trabaja una reflexión testimonial e histórica sobre el siglo patético y engañoso que nos correspondió vivir y la metáfora de la “vitrina rota”. Las circunstancias me han conducido a considerarlo un “amigo” en las mismas condiciones en que ubico a un puñado de personas que admiro y respeto pero que casi nunca veo porque este orden social es complicado. El abono que alimenta esas amistades poco usuales es el respeto al trabajo, nada más.

El fantasma benévolo de Eddie López, cuyo trabajo disfruté cuando chico, está presente siempre alrededor de estos cuatro adolescentes/senescentes que siguen mostrando una vitalidad que envidio. Dos cosas llaman poderosamente mi atención y me sirven para explicar la capacidad de supervivencia de un estilo como el suyo en un orden acostumbrado al “úselo y bótelo”, a las modas fugaces y a esa aceleración deshumanizadora que invade todo lo que nos rodea.

La primera es la capacidad de los Rayos Gamma para penetrar el presente armados de una genuina conciencia de pasado, conciencia que no se llama a engaños. La imagen del pasado y sus relaciones con el presente puede convertirse en una trampa y el pasado inmediato se envilece incluso cuando el que lo mira, como es mi caso, lo hace desde la autoritaria y cómoda  postura del historiador. La experiencia del pasado sábado en Aguada me lo corroboró. El ejercicio de vincular las insanias de Cornelius P. Rhoads, el oncólogo que odiaba a los puertorriqueños y aseguraba que deseaba verlos muertos en una carta de 1934, y el peculiar y poco convencional estilo del candidato presidencial Donald Trump y su desprecio a los hispanos, posee una agresividad política inusitada. De igual modo, la escena de esa familia plural y diversa que discute con la joven pareja su decisión de emigrar a cualquier parte del mundo sobre la base de la ignorancia más procaz respecto a lo que les espera, ofrece un revelador cuadro respecto a cómo mucha gente se ubica ante el mundo en el mundo desde el Puerto Rico en crisis del presente. El espectáculo conduce al auditorio a la frontera del horror con solo imaginar el hecho que Jenniffer González sea la hija del antes referido Trump según lo asegura un anciano arcano o incógnito cuando se acerca a la muerte.

Escucharlos cantar o actuar en el 2016 con los ritmos que utilizaron en la década de 1970 y los 1980 y ser capaces de seguir haciendo críticas con sentido, me demuestra que muchas cosas no han cambiado en el país a pesar del paso de los años. Los personajes concretos cambian, es cierto, pero los instintos que alimentan a esta bestia política sobreviven de generación en generación y se refinan  hasta más no poder. Lo interesante es que llamar la atención de ello con los instrumentos de los Rayos Gamma no conduce ni al suicidio ni al homicidio: invitan a la risa y a la reflexión.

Lo otro que llama mi atención es la conexión con las generaciones jóvenes. La adición del grupo experimental “Teatro breve” en esta presentación no tiene precio. Ese lazo de continuidad transgeneracional es la mejor herencia que puede dejar un trabajo artístico profesionalmente hecho. Después de todo, aquello que los Rayos Gamma señalan se seguirá repitiendo durante mucho tiempo y las voces críticas siempre serán necesarias.

La política electoral se ha transformado en un espectáculo deplorable desde hace mucho tiempo. Alegar que se trata de una condición propia de la colonia no sería preciso. Ocurre lo mismo en muchos lugares de América y Europa. A nadie debería sorprender el derrumbe de que somos testigos. Los Rayos Gamma representan un tipo de romancero satírico que nos cuenta los desaliños de ese orden que se derrumba. Para bien se desmorona, para mal se reconstituye con facilidad casi mágica. Una pena que el derrumbe sea tan lento y la reconstitución tan eficaz.

Al cabo la gran ganancia es la fortuna de las carcajadas que se cuajan entre el cinismo más refinado, la conmiseración más profunda o la amargura más contenida. Sin duda buena parte de ellas se las debemos a los Rayos Gamma. Yayo acumulé suficientes provisiones por lo menos hasta el día de las elecciones. Cuando termine el conteo y proclamen un ganador habrá que empezar a acumularlas otra vez.

  • En Hormigueros, PR
  • 18 de septiembre de 2016

Divertimento: Reflexiones de un escritoriador (2)


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Historiador o escritor

En una ocasión me encontraba de viaje de incógnito fuera del país y unos aspirantes a historiador me preguntaron sobre sus homólogos de Puerto Rico. Los buenos historiadores puertorriqueños, les dije, son una especie anómala.  Los viejos historiadores imaginan que son la conciencia ínsita y preclara del país y que caminan sobre hombros de gigantes. Confían en que la edad les ha refinado la capacidad de ver no solo el pasado, sino también el presente y el futuro. Están seguros de que una diferencia de opinión con ellos siempre será un error interpretativo y suponen que cualquier apelación a su saber es un reconocimiento  de su superioridad o un acto de nostalgia sumisa de quien la pronuncia.

Algunos piensan que el tiempo histórico terminó con la colonización española, otro que inició en el siglo 18 y acabó con la invasión yanqui pero los más simpáticos y visibles están seguros de que todos se equivocan porque el alfa de las cosas comenzó después de la Segunda Guerra Mundial y piensan que la geopolítica es el oasis infalible de todos los saberes. A ese fenómeno, entre otras cosas, denominan especialización o escuela historiográfica. Los únicos que se resisten a ese criterio son los que afirman que todo empezó con la abolición de la esclavitud y el desenvolvimiento  de las modernas luchas de clases en el país y que esa es la quintaesencia o la piedra filosofal añorada.

"Melancolía" de Munch

“Melancolía” de Munch

Aquel historiador, viejo o no, que quiera hacer la historia de una idea, de una moda cultural o de un tema de los márgenes, será acusado de filósofo, antropólogo o sociólogo e insistirán en que tome un tratamiento intenso de archivos tradicionales -el General o el de Indias- para que mejore su estado espiritual. Los críticos más furiosos de ese tipo de libelo asegurarán que aprendió el oficio de historiador en la academia estadounidense o que se ha degradado a la condición inicua de postmoderno.

Los viejos historiadores están seguros de que si se es monje jesuita o pastor presbiteriano, habrá más posibilidades de convertirse en una vaca sagrada. Después de todo, los cristianos concibieron la historia tras reinventar la tiranía del dios de los judíos sobre su pueblo elegido y convertirla en la tiranía de la razón y la naturaleza sobre su civilización elegida. Todos están contestes en que los independentistas y los estadoístas no pueden ser buenos historiadores: el hecho de que ambos aspiren a un proyecto por hacer los transforma en activistas, pero la discusión de lo que ya está hecho -reconocidos sus defectos- se equipara con la imparcialidad.

Aseveran que ejercer la profesión de manera seria es un privilegio de la universidad porque el escenario burocrático intrincado y la cercanía a los focos de poder así lo posibilita: allí están los presidentes y sus becas, los espaldarazos, los apretones de mano y los candidatos perfectos para asesorar al gobierno fugaz que se imponga un proyecto administrativo fracasado cuatro años.  La circunspección los caracteriza. Insisten en que la adolescencia senescente y la alegría de vivir es un pecado de lesa humanidad impropio para un historiador y que ser parte de esta clase debe apropiarse como una profesión de depresión: la risa es pecado de novelistas, no de historiadores. Están convencidos de que la condición de historiador sesudo debe sazonarse con una dosis de seriedad senil y aristocratismo vacilante propia de jubilados achacosos. Para garantizar esos fines se reunirán en asociaciones y academias para discutir cuánto pagarán de cuota de membrecía, dónde será la próxima reunión y en quienes desplazarán la tarea de pensar libremente, capacidad que en general, perdieron debido a su avanzada edad.

Por último, imaginan que todas las disciplinas sociales y humanísticas son auxiliares de la historia pero que la suya no tiene porqué auxiliar a ninguna de ellas y están contestes en que aquellos historiadores que se acercan a la literatura creativa han sido atacados por un virus letal que promueve la vacilación entre el esplín y la excitación. Recomiendan que aquellos que se sientan tentados a escribir poesía o cuento, lo hagan en secreto o lo dejen para después de su retiro y difundan su producto en los espacios más ominosos o invisibles que puedan encontrar. Nunca los detectarás en los medios cibernéticos a menos que sea citados por otros y ocultarán su incapacidad para manejar esos espacios detrás de la máscara elitista de que la Internet es un lugar que abre paso a la imbecilidad, condición sobre la cual ellos parecen reclamar la posesión de un monopolio.

Los jóvenes historiadores son más sumisos que los jóvenes aspirantes a escritor: la autoridad de un viejo historiador se presume más ponderada que la de un viejo escritor. Nacen con un microchip o un código genético activo que les conduce a convencerse de que los buenos historiadores son los que les antecedieron y escribieron los libros que les asignan un montón de maestros que fueron discípulos sumisos de aquellos. Por ello no son capaces sino de figurarse como simples acólitos, adláteres o repositorios. La familia patriarcal judía y cristiana es reproducida con precisión: papá historiador modela a hijo historiador aunque mamá historiadora no se encuentre en el panorama. Me parece que se trata de un fenómeno de generación espontánea pero ello sigue siendo un misterio.

Se pasarán la vida leyendo a la misma gente, tratando de pensar como la gente que leyeron y convertirán el inmovilismo y el estancamiento en una virtud. Hay sectores que tienen la esperanza de que algún día aprenderán a escribir y podrán aspirar a ser algo más que un maestro. Evitarán conversar sobre el presente inmediato por temor a que se les confunda con un activista o un escritor de ficción y, si se les cuestiona sobre ello, responderán con monosílabos y bisílabos agresivos: je, mierda, cabrón. La situación los ha conducido a suprimir sus curiosidades más dulces, padecen estreñimiento en el órgano de la originalidad y calambres en las extremidades del atrevimiento. Lo más interesante es que tanto los viejos como los jóvenes historiadores son invisibles para todos los casos porque siempre hablan de “lo que pasó” o “creen que pasó”. Por ello precisamente  son fáciles de diferenciar de los científicos políticos y de los economistas quienes siempre hablan de “lo que pasará” pero “nunca pasa”.

Con todo los admiro frenéticamente. Son más humanos  y menos obtusos que sus pocos ancestros del siglo 19 y de principios del siglo 20. Aquellos historiadores estaban hipotéticamente dispuestos a morir por la patria suya (España) o por la ajena (Estados Unidos)  o por una copa de vino tinto y, aunque muchas veces lo afirmaron con fervor, pocas lo hicieron. Estos del presente prefieren vivir hasta el último segundo y manifiestan la fina ironía de un gato callejero del Paseo de la Princesa cuando algún turista se les acerca a darles de comer.

¿Defectos? Tienen y muchos, como cualquier ser humano común o como los historiadores de cualquier parte del mundo. Lo digo porque soy uno de ellos, ni viejo ni joven eso sí,  o al menos eso intento muy de vez en cuando…

En Hormigueros, 15 de julio de 2016.

 

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